Mallén perdió el castillo, pero el monte siguió ordenando la villa
En 1813, la fortaleza de Mallén quedó dañada y fue desmontada; el caserío, en cambio, siguió alrededor del monte que la había sostenido. ¿Qué cuentan ese relieve y el cercano río Huecha sobre la larga historia de la villa?
La iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, en el casco urbano de Mallén.
En el verano de 1813, los combates que liberaron Mallén dejaron muy dañada la fortaleza que ocupaba su monte. Derrotado el ejército francés, el castillo fue desmantelado. Desapareció el edificio, pero no el relieve alrededor del cual se había desarrollado la villa. Esa diferencia —entre una obra humana que puede desmontarse y un paisaje que permanece— permite seguir una historia en la que el río Huecha, los caminos y la forma del terreno acompañan a los habitantes desde mucho antes de la guerra.
Para encontrar el capítulo más antiguo hay que salir del centro actual y acercarse a El Convento, junto al Huecha. Allí, a menos de un kilómetro del casco urbano, se localiza el yacimiento que las fuentes relacionan con la Belsinon celtíbera y la Balsio o Balsiones romana. No es el monte del castillo: es otro lugar, y esa distancia importa. Mallén reúne en su paisaje huellas distintas, dispersas entre el río, los caminos y la elevación que dominó la villa medieval.
El Convento, entre el Huecha y la ruta romana
El río estaba cerca cuando Belsinon ya era un asentamiento. Más tarde, en época romana, el lugar recibió los nombres de Balsio o Balsiones y tuvo una parada —una mansión, en el vocabulario de las fuentes— en la vía número 32, que unía Tarraco con Astúrica. El dato no convierte al Huecha en la causa única de la ocupación, pero sí dibuja una escena concreta: un enclave junto al agua, conectado con una ruta de largo recorrido.
¿Qué queda de aquella parada? En El Convento han aparecido cerámicas de diversas procedencias. Entre ellas destaca la terra sigillata hispánica, de tono rojizo, fechada entre los siglos I y II después de Cristo. Un fragmento de cerámica es pequeño; su viaje, no necesariamente. La diversidad de procedencias habla de objetos que llegaron desde distintos lugares, aunque el registro no permite reconstruir aquí quién los transportó ni qué trayecto siguió cada pieza.
El terreno ayuda a leer el escenario, con cuidado de no confundir el mapa entero con una excavación concreta. Mallén se encuentra en la margen derecha del Huecha, frente a Cortes, y cerca de la confluencia del río con el Ebro. El término desciende desde los 370 metros de su extremo occidental hasta los 260 metros junto al Huecha. El agua y el desnivel forman parte de la geografía visible del municipio; es razonable pensar que su proximidad contribuyó al atractivo de algunos emplazamientos, aunque la evidencia disponible no atribuye a ese factor, por sí solo, la elección de El Convento.
El inventario geotécnico local registra arenas finas y limos, además de gravas y arenas compactas. En términos sencillos, son materiales que pueden aparecer en paisajes modelados por corrientes de agua: las gravas, en particular, son cantos transportados y depositados por flujos capaces de moverlos. No se debe trasladar automáticamente esa descripción a cada punto del municipio, pero sí permite comprender por qué el entorno del Huecha forma parte de una historia de terrenos y aguas, no solo de una línea en el mapa.
El mismo inventario recoge areniscas, conglomerados y flysch, junto con calizas, dolomías y mármoles. Son nombres para materiales distintos: las areniscas conservan arenas cementadas; los conglomerados, cantos unidos; y el flysch, alternancias de capas arenosas y arcillosas. En conjunto, evocan paisajes antiguos variados, desde corrientes que acumularon arena y guijarros hasta fondos donde se alternaron sedimentos. La ficha municipal no asigna una edad ni un origen único a cada unidad; lo importante para esta historia es la diversidad del subsuelo que acompaña a la llanura y a sus relieves bajos.
El monte del castillo cambió de dueños, no de sitio
Mucho después de la parada romana, la historia vuelve al monte que rodea el núcleo de Mallén. En 1119, Alfonso I reconquistó la villa, entonces en manos musulmanas. En 1132 le concedió fueros y entregó conjuntamente la localidad a las órdenes del Temple y de San Juan de Jerusalén. Fueron los hospitalarios quienes se instalaron en el castillo; desde 1144, su responsable fue Guillem de Belmes, prior de Aragón y Cataluña. En 1151, Ramón Berenguer IV confirmó la posesión de Mallén para los sanjuanistas.
La fortaleza no fue un simple telón de fondo. En 1209 acogió el encuentro de Pedro II de Aragón y Sancho VIII de Navarra, reunidos para resolver sus desavenencias. En 1354, una sentencia permitió al concejo elegir a sus miembros, salvo al justicia, que seguía siendo elegido por el comendador. Y en 1452 el castillo sirvió de prisión para don Carlos, príncipe de Viana, por orden de su padre, Juan II. Cada episodio atribuyó al mismo lugar una función distinta: sede de poder, escenario de negociación y prisión.
El relieve ofrece una explicación posible de esa persistencia, no una causa demostrada de cada decisión política. El pueblo se desarrolló alrededor del monte del castillo y el municipio está marcado por colinas bajas, entre ellas el monte de la Horca, de 300 metros. Una elevación reconocible domina el entorno inmediato y ofrece un punto de referencia estable. La geología sugiere que esas formas del terreno pudieron orientar la organización del asentamiento; las fuentes históricas, por su parte, documentan el uso del castillo, no el razonamiento exacto de quienes lo eligieron.
El agua también está presente bajo la superficie. El estudio geotécnico describe acuíferos generalmente extensos, muy permeables y productivos. Dicho sin jerga: en ciertos materiales, el agua puede circular y almacenarse con facilidad. Es una característica relevante en un municipio situado junto al Huecha y próximo al Ebro, aunque no equivale a afirmar que cada edificio o cada asentamiento dependiera de un acuífero concreto.
En 1813 cayó la fortaleza; el terreno siguió contando
La última etapa del castillo fue turbulenta. En 1706 Mallén fue sitiada y saqueada por tropas del archiduque Carlos, pretendiente al trono. Durante la Guerra de la Independencia, entre 1808 y 1813, la fortaleza alojó a una guarnición francesa y funcionó también como centro de recaudación de suministros para los invasores. En el verano de 1813 sufrió graves daños durante los combates que llevaron a la liberación de la villa por tropas españolas al mando de Francisco Espoz y Mina. Después, el castillo fue desmantelado.
El episodio muestra cómo el monte pudo seguir siendo un lugar estratégico mientras la fortaleza conservó utilidad militar. No demuestra, sin embargo, que la roca o el tipo de suelo decidieran el resultado de la guerra. La conexión más firme entre geología e historia es otra: la forma del terreno permaneció después de que desapareciera la construcción y siguió haciendo reconocible el emplazamiento alrededor del cual se había organizado la villa.
El subsuelo municipal guarda además una historia menos visible. El estudio geotécnico identifica formaciones yesíferas medianamente karstificadas, con algunos karsts importantes dispersos, y áreas con hundimientos actuales o potenciales. Karstificación significa que el agua disuelve lentamente ciertas rocas —en este caso, yesos— y puede abrir huecos; si el terreno pierde apoyo, pueden producirse hundimientos. Es un proceso geológico, no una explicación de la caída del castillo: el derribo está ligado a los daños de guerra y a su desmantelamiento posterior.
En Mallén, por tanto, el agua deja más de una señal. En la superficie, el Huecha acompaña a El Convento y al paisaje que se extiende hacia el Ebro; bajo tierra, la permeabilidad y los yesos describen materiales que responden de maneras distintas al agua. Las gravas y arenas compactas, las rocas sedimentarias y las formaciones yesíferas pertenecen a un mosaico municipal, no a una sola capa uniforme. El terreno no ofrece una causa para cada capítulo histórico, pero sí el escenario físico en el que se asentaron poblaciones, pasaron caminos y se levantó una fortaleza.
El castillo de Mallén ya no corona el monte, pero la villa aún se reconoce alrededor de aquella elevación. Y, cerca, el Huecha sigue marcando el paisaje junto al que se asentó El Convento: dos lugares distintos que recuerdan que la historia local no se escribió sobre un suelo inmóvil ni uniforme.
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