Los Guájares, la caliza y el temblor
Sobre una roca caliza escarpada, junto al río Toba, El Castillejo conserva las murallas y las casas de un poblado medieval. Una investigación propone que un terremoto pudo cambiar su destino y dejar paso, con el tiempo, a los tres Guájares actuales.
Guájar Fondón se extiende por la ladera; es uno de los tres núcleos que hoy forman Los Guájares.
En El Castillejo, el terreno sube desde la margen derecha del río Toba hasta una roca caliza escarpada. Allí, a 405 metros de altitud, se asentó un poblado fortificado que hoy conserva buena parte de su perímetro amurallado y de su distribución interior. No hace falta reconstruir una escena para reconocer la apuesta de sus habitantes: vivir sobre un relieve abrupto, en un recinto capaz de ordenar casas, accesos y defensas. La roca y el río no son un decorado lejano. Son el marco concreto de una historia cuyo giro pudo llegar desde el subsuelo.
El protagonista de este recorrido es el propio asentamiento: primero ocupado, después probablemente abandonado y, finalmente, convertido en una huella visible entre las sierras. Su historia principal se sitúa en el siglo XIII. Una investigación en la que participó la Universidad de Granada plantea que un terremoto pudo provocar su abandono. La formulación importa: es una explicación probable, no una certeza absoluta. Aun así, permite seguir una pregunta local y tangible: ¿cómo pudo un temblor alterar la vida de un poblado levantado sobre una ladera escarpada?
El Castillejo se alza sobre el río Toba
El yacimiento ocupa una posición elevada sobre la ribera derecha del Toba. Desde allí se ven Guájar Faragüit y Guájar Fondón, dos de los núcleos que hoy forman el municipio. Esa relación entre alturas, cauce y poblaciones da escala al lugar: El Castillejo no es un nombre aislado en un mapa, sino un asentamiento situado sobre una roca y frente a un valle habitado. La ficha patrimonial describe el enclave como un complejo amurallado andalusí; la ocupación principal corresponde al siglo XIII.
La pendiente y la roca caliza condicionan el escenario, pero no autorizan a atribuir a sus habitantes una estrategia concreta que las fuentes no describen. Sí sabemos que construyeron un recinto fortificado y que todavía se distingue su trazado. El relieve ofrece una forma reconocible para el poblado: un espacio acotado en altura, con defensas y casas en su interior. El río Toba queda abajo, mientras el asentamiento se recorta sobre la ladera. Esa diferencia vertical es parte de la geografía que hacía singular a El Castillejo.
Una roca caliza dentro de un término de pizarras y esquistos
La piedra del enclave merece detenerse un momento. La ficha de la Diputación sitúa El Castillejo sobre roca caliza escarpada. En cambio, el estudio geotécnico de Los Guájares clasifica los suelos del término como pizarras y esquistos, con un 100 %. Son descripciones de ámbitos distintos: una identifica la roca del asentamiento; la otra presenta la clasificación municipal. Para contar esta historia, la referencia concreta al espolón calizo explica el soporte inmediato del poblado, sin convertirlo en una descripción de todo el municipio.
El mismo estudio geotécnico registra también zonas de formaciones carbonatadas medianamente karstificadas y posibles hundimientos kársticos actuales o potenciales. La karstificación es una modificación de rocas carbonatadas asociada a su disolución; el registro municipal no localiza esos procesos específicamente bajo El Castillejo ni los relaciona con el terremoto medieval. Por eso, el vínculo geológico más claro para el relato es el que sí está localizado: una roca caliza abrupta que sostiene el enclave, junto al cauce del Toba. No se ha documentado aquí la edad de esa caliza ni un origen geológico más preciso.
La diferencia entre escala municipal y lugar concreto se entiende bien al volver a mirar el relieve. Un dato general sobre los suelos no reemplaza la descripción de la roca donde se levantó el asentamiento; tampoco una fotografía por sí sola identificaría materiales. En este caso, la caliza está nombrada en la ficha patrimonial. Esa precisión permite hablar de El Castillejo sin extender la misma litología a las casas actuales o a cada ladera de Los Guájares.
Murallas y casas dibujan una vida rural
El recinto no es solo un perímetro. Las estructuras que permanecen dejan ver parte de la organización interior y muestran que hubo un espacio doméstico protegido por murallas. En el acceso se conservan elementos de fortificación. Sobre el tapial de la muralla —una técnica de construcción con tierra apisonada— aparece una decoración que imita la división de sillares. La imagen dibuja bloques de piedra, aunque el soporte sea tapial: un acabado que da forma visual a la superficie de la defensa.
También hay casas con configuraciones distintas. La llamada «Casa 00» figura entre las consideradas de tipo complejo. La cerámica y el espacio doméstico del poblado han sido objeto de estudios arqueológicos; esos trabajos permiten acercarse a la vida del asentamiento a través de sus restos, sin convertir cada estructura en una biografía inventada. Lo que se puede seguir es suficiente: un poblado rural amurallado, con construcciones y accesos organizados, habitado durante su principal fase de ocupación en el siglo XIII.
La roca, las defensas y las viviendas forman un conjunto que aún se reconoce. El Castillejo conserva con claridad tanto el perímetro como buena parte de su distribución interior. Esa permanencia da cuerpo al episodio: el poblado no desapareció de la geografía, aunque dejara de ser un lugar habitado. Las ruinas permiten leer la forma de la comunidad en el terreno, y el terreno explica por qué el recinto se alza sobre un punto abrupto junto al Toba.
Una calle de Guájar Faragüit, núcleo que asumió la capitalidad municipal tras la unión de los tres pueblos en 1973.
El temblor que pudo vaciar el poblado
El giro de la historia está en una hipótesis sísmica. La investigación difundida por la Universidad de Granada plantea que un terremoto probablemente causó el abandono de El Castillejo en el siglo XIII. La fuerza de esa explicación no está en añadir detalles dramáticos, sino en conectar un proceso natural con un resultado local: tras la ocupación principal, el poblado dejó de estar habitado. La noticia universitaria presenta el episodio como el primer terremoto registrado en Granada.
Un terremoto hace vibrar el suelo y puede afectar a las construcciones que se levantan sobre él. En El Castillejo, la investigación propone ese temblor como causa probable del abandono; no ofrece en el material disponible una magnitud, una fecha exacta ni una descripción pormenorizada de los daños. Por eso no cabe afirmar que las murallas se derrumbaran entonces ni que cada ruina visible sea consecuencia directa del sismo. Lo documentado permite contar un desenlace más preciso: un terremoto pudo contribuir a que sus habitantes dejaran el poblado.
El conflicto, así, enfrenta una comunidad construida en altura con una sacudida capaz de cambiar las condiciones de vida en el asentamiento. No conocemos las decisiones de cada familia ni el recorrido de su salida. Sí conocemos el contraste entre el recinto ocupado y la hipótesis de su abandono. Con el paso del tiempo, las casas y defensas quedaron como estructuras legibles en el paisaje, y el poblado fortificado se convirtió en un lugar arqueológico desde el que se contemplan las poblaciones del valle.
De El Castillejo a los tres Guájares
La historia del término no se reduce a aquel posible abandono. La información municipal sitúa siglos después otros cambios: durante la rebelión de los moriscos, a finales del siglo XVI, las tropas del marqués de Mondéjar remontaron el curso del río Toba. Tras la expulsión de los moriscos se repobló el lugar con colonos procedentes de distintos territorios. La descripción histórica señala que las alquerías del valle terminaron reducidas a los tres núcleos actuales. Es una transformación de la ocupación humana del territorio; no demuestra que el terremoto del siglo XIII, por sí solo, la causara.
También los tres pueblos conocieron otro temblor. En la Navidad de 1884, un terremoto provincial afectó a Guájar Faragüit, Guájar Fondón y Guájar Alto, con graves daños materiales y numerosos inmuebles convertidos en escombros. Es un episodio distinto del que pudo afectar a El Castillejo siglos antes. En ambos casos, el terreno dejó de ser un fondo inmóvil: la sacudida alcanzó construcciones y comunidades, aunque los datos disponibles no permiten equiparar sus efectos ni sus circunstancias.
En 1973, Guájar Faragüit, Guájar Fondón y Guájar Alto se fusionaron en un municipio único, Los Guájares, con capitalidad en Guájar Faragüit. El poblado fortificado no volvió a ser el centro de la vida local; los tres núcleos actuales quedaron unidos bajo un ayuntamiento común, mientras El Castillejo permaneció como una huella del pasado en la ladera. Allí siguen el recinto y las casas, sobre la caliza que marca el lugar. El temblor pudo vaciar aquel poblado; la roca conserva la forma de lo que fue.
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