Llanera de Ranes, la llanura sacudida
En 1743, un terremoto que asoló la comarca afectó gravemente a Llanera de Ranes. La historia de aquel golpe se entiende mejor al recorrer el valle, conocer el terreno diverso del municipio y seguir cómo el pueblo volvió a crecer.
La iglesia parroquial de San Juan Bautista, edificio del siglo XVIII, forma parte del casco de Llanera de Ranes.
El casco de Llanera de Ranes se levanta a 139 metros sobre el nivel del mar, en un término cuyo relieve desciende desde los 288 metros del extremo occidental hasta los 120 del este. Casi todo es llano; hacia poniente, cerca del límite con Estubeny, aparece una pequeña cadena montañosa. Alrededor, los campos de regadío y el valle del río Canyoles ponen el paisaje en movimiento. Pero la llanura no cuenta por sí sola la historia del pueblo: en 1743, un terremoto sacudió la comarca y dañó gravemente la población.
Un valle abierto entre dos alturas
La posición de Llanera permite leer el término como un recorrido de oeste a este. La elevación mayor está en el extremo occidental, y la menor, hacia el este; el núcleo queda cerca de la cota baja. No hace falta imaginar un relieve abrupto para advertir el contraste: el municipio combina tierras predominantemente llanas con aquella modesta cadena montañosa occidental. Esa forma es el escenario local de una historia marcada por cambios humanos, por el terremoto y por la continuidad de la vida en el valle.
La ruta de la Costera de Ranes atraviesa tierras llanas del valle del Canyoles y conecta Llanera con municipios vecinos. En el entorno agrícola, los cultivos de regadío incluyen cítricos, hortalizas, maíz y tubérculos; en secano se cultivan, entre otros, olivar, algarrobo, vid y cereales. El paisaje de hoy, por tanto, no es solo una superficie uniforme: reúne un valle habitado y trabajado, un borde occidental más elevado y distintas clases de materiales bajo el término.
El terreno reúne rocas y sedimentos distintos
La clasificación geotécnica municipal recoge calizas, dolomías y mármoles; también gravas y arenas compactas, yesos, anhidrita y sales, además de arenas finas y limos. No son nombres intercambiables. Las calizas, dolomías y mármoles son materiales carbonatados; las gravas, arenas y limos son sedimentos de tamaños diferentes; el yeso y la anhidrita pertenecen a las formaciones yesíferas. En conjunto, describen un subsuelo municipal diverso, no una única roca que pueda atribuirse sin más a cada edificio o rincón.
Parte de esa diversidad importa porque algunas rocas pueden disolverse con el agua. El estudio geotécnico señala que las formaciones carbonatadas pueden presentar karstificación moderada y, a veces, formas kársticas importantes dispersas. Karst es el conjunto de huecos y formas producido cuando el agua disuelve rocas solubles. En las formaciones yesíferas, la clasificación indica karstificación escasa o casi nula, aunque admite sistemas aislados locales. Son comportamientos distintos dentro del mismo municipio, no una explicación del terremoto de 1743.
Las gravas y arenas compactas, por su parte, son sedimentos; las arenas finas y los limos corresponden a fracciones más pequeñas. La información disponible los agrupa en una descripción geotécnica del término, sin reconstruir aquí una secuencia de capas ni fechar su formación. Así, el terreno aparece como un mosaico de materiales y condiciones. Ese dato ayuda a situar la llanura, pero el episodio que cambió la vida del pueblo debe seguirse en la cronología histórica, sin convertir una clasificación de suelos en causa de un sismo.
Antes del terremoto, ya había huellas de población
En el límite con Rotglà i Corberà, la cima de l’Alt de Carrasposa ha proporcionado cerámicas lisas hechas a mano y algunos sílex atípicos, considerados quizá indicios de un poblado de la cultura del Bronce Valenciano. En los Alts de la Llacuna se descubrieron restos de un poblado ibérico: fragmentos de cerámica rústica y de un plato decorado con motivos geométricos. Son señales de ocupación en lugares concretos del término, no pruebas de que todas las comunidades vivieran en el mismo núcleo o al mismo tiempo.
Mucho después, el primer señorío de Llanera correspondió a Diego de Fenollet. En el siglo XVI lo poseyeron Francisca de Vilaragut y de Sanz y, posteriormente, su hijo Jorge. La historia local enlaza así lugares elevados con restos antiguos y un núcleo sometido a cambios de población y de dominio. Nada en esas huellas permite atribuir a los materiales del subsuelo una acción sobre sus habitantes; sí permite reconocer que el territorio fue ocupado y recorrido antes de que el terremoto de época moderna entrara en la memoria escrita de la localidad.
La expulsión dejó al pueblo casi vacío
En 1609, la expulsión de los moriscos dejó Llanera de Ranes casi despoblada. El efecto todavía se advierte en la cifra de 1646: el pueblo contaba entonces con 44 casas. La cantidad no describe cómo era cada vivienda ni cuánto tardó en levantarse, pero ofrece una medida clara de la escala de la pérdida. El protagonista de esta parte de la historia es la propia comunidad, reducida y enfrentada a la dificultad de sostener de nuevo el asentamiento.
Panel cerámico de Sant Vicent Ferrer en Llanera de Ranes. El casco antiguo conserva retablos religiosos realizados en el siglo XIX.
La población no quedó detenida para siempre en ese punto. En 1794 se registraban 105 casas y unos 500 habitantes; en 1897, 840 habitantes. Son fotografías de momentos distintos, separadas por décadas, no una curva anual, pero muestran el resultado de una recuperación demográfica de largo recorrido después de la casi despoblación. Entre ambas fechas se interpuso otro golpe: el terremoto que asoló la comarca en 1743.
El temblor de 1743 cambia el rumbo
La noticia histórica es contundente en un aspecto: el terremoto afectó gravemente a la población de Llanera de Ranes. No aporta una magnitud ni describe daños edificio por edificio, de modo que la escena local se sostiene en ese resultado documentado, no en detalles imaginados. Para el pueblo, el sismo fue una nueva dificultad después de la crisis demográfica del siglo anterior. El valle y sus habitantes no aparecen como espectadores de un fenómeno lejano: la población sufrió sus consecuencias.
El registro geotécnico recoge también cuatro eventos sísmicos en un periodo de treinta años, con magnitudes de 1,5 a 2,2. Esos valores pertenecen a movimientos recientes y no deben confundirse con el terremoto histórico, para el que aquí no consta una magnitud. Tampoco establecen que las calizas, los yesos o los sedimentos del término causaran los daños de 1743. La historia local permite afirmar que el sismo golpeó Llanera; el mapa de materiales permite describir el terreno sobre el que se asienta, y son piezas diferentes del relato.
Tras el terremoto, la localidad siguió existiendo y volvió a crecer. En 1794 ya contaba con 105 casas, más del doble que las 44 registradas en 1646, aunque la comparación no separa el efecto de cada acontecimiento ocurrido entre ambas fechas. El dato decisivo es más sencillo: el daño de 1743 no fue el final del pueblo. Un siglo después de aquel recuento de casas, Llanera había alcanzado 840 habitantes, y su historia pasó de la vulnerabilidad y la escasez a una población mucho mayor.
El pueblo permanece en el valle
El municipio incorporó Torrent de Fenollet en 1838, según la historia publicada por el Ayuntamiento. La cifra ofrece un cierre administrativo a otra transformación del territorio habitado: Llanera dejó de ser solo el núcleo que había atravesado la expulsión y el terremoto y pasó a incluir también ese municipio. En el casco, la iglesia parroquial de San Juan Bautista, del siglo XVIII, y los retablos cerámicos religiosos del XIX forman parte de un paisaje construido que acompaña a la vida actual.
Hoy Llanera de Ranes cuenta con 1.062 habitantes, según el dato del INE de 2025. El valle del Canyoles continúa conectando la localidad con los municipios vecinos; los campos de regadío y secano siguen expresando distintas maneras de habitarlo. Bajo ese escenario conviven rocas carbonatadas, formaciones yesíferas y sedimentos, mientras la historia conserva la noticia de un terremoto que dañó gravemente el pueblo y no consiguió borrarlo. La llanura que parecía quieta queda así bajo otra luz: es el lugar donde una comunidad soportó pérdidas, volvió a crecer y permanece.
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