La Villa de Don Fadrique convirtió las gravas del Cigüela en un taller paleolítico
En las terrazas del Cigüela aparecieron lascas y núcleos de sílex, huellas de trabajo humano junto al río. La historia empieza con una pregunta: ¿qué ofrecía aquella orilla para que la gente volviera a ella?
Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, en La Villa de Don Fadrique (Toledo, España).
En Molino Nuevo, Pozo de Zonga, El Monte y El Castillejo, el suelo conserva una escena que empezó mucho antes de que existiera La Villa de Don Fadrique. En superficies abiertas, hoy alteradas por las labores agrícolas, se han documentado herramientas de piedra y restos de su fabricación. No son piezas aisladas en un paisaje cualquiera: los yacimientos se encuentran en suaves terrazas fluviales, a unos dos o tres kilómetros del Cigüela. Para seguir la pista de quienes trabajaron allí, hay que mirar primero lo que el río dejó en sus orillas.
El Cigüela dejó una mesa a la orilla
Una terraza fluvial es una antigua superficie vinculada al río que queda a un lado de su cauce actual, como un escalón o una mesa baja en el paisaje. Las terrazas de la margen derecha del Cigüela reúnen gravas cuarcíticas, y en esos depósitos aparecen nódulos de sílex. La corriente había reunido materiales distintos; mucho después, esos recursos estuvieron al alcance de quienes supieron reconocerlos y trabajarlos.
La pregunta no es solo por qué hubo herramientas, sino por qué en esos lugares. La posición de los yacimientos aporta una respuesta concreta: se sitúan cerca del principal curso de agua de la zona y sobre depósitos que contenían sílex. La arqueología permite proponer que las terrazas ofrecían dos ventajas juntas: materia prima y proximidad al río. Es una interpretación apoyada en la localización y los objetos, no una escena conservada con sus protagonistas.
El paisaje que ves hoy ha cambiado. Las suaves terrazas están desmontadas y alteradas por la agricultura, pero la relación entre los hallazgos y el Cigüela sigue siendo legible en su emplazamiento. El cauce actual funciona como una referencia para comprender un terreno formado por superficies fluviales más antiguas, no como una fotografía exacta del agua de entonces.
El sílex convirtió la terraza en taller
La pista decisiva no es una herramienta espectacular, sino la abundancia de fragmentos. En los conjuntos descritos predominan las lascas y los núcleos. Una lasca es un fragmento desprendido al golpear una piedra; el núcleo es la pieza de la que se van extrayendo esos fragmentos. Dicho de otro modo, el suelo conserva no solo objetos acabados, sino señales de una labor realizada allí.
En los depósitos de gravas cuarcíticas afloran los nódulos de sílex aprovechados para fabricar la industria lítica. La cuarcita aparece en algunos ejemplares aislados, pero las herramientas se hicieron principalmente sobre sílex. La diferencia importa: la grava ofrecía un conjunto de materiales, mientras que quienes trabajaban en la terraza seleccionaban el que servía para producir sus útiles.
La presencia de casi todos los elementos de la cadena de trabajo llevó a inferir que eran lugares de aprovisionamiento y explotación de materia prima. La cadena operativa, en lenguaje sencillo, es el recorrido desde obtener la piedra hasta transformarla en piezas. En estos yacimientos, las lascas y los núcleos permiten reconocer partes de ese recorrido. No hace falta imaginar un asentamiento permanente para entender la escena: el indicio más firme es una actividad de talla asociada a los recursos disponibles en la terraza.
Hay además instrumentos retocados, es decir, piezas cuyos bordes fueron modificados después de desprenderlas. Su presencia plantea la posibilidad de que allí ocurrieran actividades más allá de la transformación de la piedra. La cercanía del Cigüela permite considerar también posibles actividades de caza o espacios de hábitat al aire libre, pero esa lectura se mantiene como posibilidad, no como certeza. La piedra demuestra el trabajo; no reconstruye por sí sola cada jornada.
Molino Nuevo y las huellas del Paleolítico Medio
Los hallazgos de Molino Nuevo, Pozo de Zonga, El Monte y El Castillejo se adscriben de forma genérica al Paleolítico Medio, dentro de un intervalo que la fuente sitúa entre 128.000 y 35.000 años antes del presente. La atribución concreta de algunos yacimientos es difícil, así que conviene mantener la precisión de esa descripción: se trata de evidencias paleolíticas asociadas a industrias líticas, no de una identificación segura de cada grupo humano.
También cambia la escala de la historia local. La presencia humana documentada en el término no comienza con la aldea medieval ni con el nombre de La Puebla de la Isla. Las terrazas guardan indicios de actividades muchísimo anteriores, aunque no dibujen una línea continua de ocupación entre ese pasado y la población posterior. Cada conjunto arqueológico cuenta una visita o una actividad posible; no autoriza a llenar los intervalos con una historia inventada.
El propio estado de los yacimientos forma parte del relato: son hallazgos de superficie, al aire libre, en terrenos alterados por el cultivo. Las piezas pueden reconocerse en relación con su entorno geológico, pero no aparecen dentro de una escena intacta. Aun así, su distribución y la mezcla de lascas, núcleos e instrumentos retocados bastan para sostener una historia concreta: las terrazas del Cigüela proporcionaron piedra y fueron lugares de trabajo.
La Isla dependía de más de un cauce
Mucho después, el agua siguió ordenando la vida de este territorio, aunque la historia ya era otra. La población conocida inicialmente como La Puebla de la Isla surgió en el entorno de la Laguna del Salobral y de la cabecera del Arroyo de la Fuente, en una zona llana con recursos hidráulicos. Su nombre antiguo no era una metáfora desligada del paisaje: el municipio se encuentra entre los ríos Cigüela y Riánsares, y para acceder desde cualquier dirección había que cruzar uno de los ríos o los arroyos que los unen.
La relación con el agua también fue productiva. En la región, la organización de los cursos del Cigüela y el Riánsares se vinculó a la explotación ganadera e hidráulica, con cañadas, fuentes y molinos. Dentro del término de La Villa de Don Fadrique se conserva la referencia al Molino de Paulés, hoy desaparecido, situado sobre el Riánsares. El cauce no era solo una línea en el paisaje: formaba parte de las actividades y las conexiones entre poblaciones.
La geología no permite confundir estas épocas. Las gravas con sílex explican la elección de las terrazas para trabajar piedra; los ríos y arroyos ayudan a comprender por qué un núcleo posterior se reconocía como una isla. Son dos capítulos diferentes unidos por un rasgo persistente del lugar: la presencia de cursos de agua y de terrenos cuya historia se deja leer junto a ellos.
De La Puebla de la Isla a la villa de Fadrique
En el siglo XIII aparecen las primeras noticias escritas referidas al lugar, en el contexto de la repoblación de territorios al sur del Tajo. La aldea dependía de Corral de Almaguer. En 1343, Fadrique Alfonso de Castilla, gran maestre de la Orden de Santiago, se refugió en estas tierras mientras huía de su hermanastro Pedro I. Según el relato histórico recogido para la localidad, encontró ayuda en la población y, desde el campamento que cercaba Algeciras, concedió el privilegio de villa el 25 de abril de ese año y otorgó el fuero de Sepúlveda.
El nombre cambió con la nueva condición: pasó a llamarse La Puebla de Don Fadrique, denominación que mantuvo hasta 1916. El agua había dado forma a la antigua identidad de La Isla; el episodio de 1343 dejó el nombre que la localidad aún lleva. Entre ambas historias no hay una causa geológica directa, pero sí un paisaje local compartido, donde los cauces condicionaban los accesos y sostenían actividades humanas.
La ficha geotécnica de la localidad registra pizarras y esquistos (71.91 %) y gravas y arenas compactas (28.08 %). Esa clasificación del terreno es una lectura técnica actual; no debe confundirse sin más con los depósitos superficiales concretos donde se hallaron las industrias paleolíticas. El dato ayuda a completar la imagen del subsuelo local, mientras que las terrazas del Cigüela ofrecen la conexión arqueológica directa entre piedra, río y actividad humana.
Cuando pases cerca del Cigüela, las terrazas quizá parezcan solo suaves cambios de nivel en una llanura trabajada. Pero en Molino Nuevo, Pozo de Zonga, El Monte y El Castillejo esa forma del terreno señala algo más preciso: una fuente de sílex aprovechada por grupos del Paleolítico Medio. La Isla y la villa medieval llegaron después; antes, el río ya había dispuesto la piedra que alguien convirtió en herramienta.
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