La Codosera, entre pizarras y ríos
El Gévora atraviesa La Codosera entre sierras, huertas y lugares donde el agua ha sido aprovechada de muchas maneras. Bajo ese valle, pizarras y esquistos acompañan una historia en la que el río dio oportunidades, pero también marcó un límite.
La carretera hacia Portugal atraviesa el paisaje de La Rabaza, uno de los caseríos de La Codosera.
El Gévora cruza La Codosera y sigue presente en la vida del municipio: sus riberas albergan huertas, sus aguas atraen a pescadores y en su cauce se levantaron molinos harineros y de aceite. Pero el río no ha sido un recurso sin medida. El cultivo de arroz, importante tiempo atrás, terminó abandonándose por la gran demanda de agua que suponía para el Gévora.
Para entender ese cambio hay que mirar el valle y el terreno que lo rodea. La Codosera se asienta junto a la sierra de La Calera, y el término está surcado por el Gévora y sus afluentes. En ese paisaje, las aguas han acompañado tanto las huellas humanas más antiguas como los trabajos y cultivos que todavía dan forma a la historia local.
La Calera encierra el valle del Gévora
Las cumbres ayudan a reconocer la escala del relieve. La Lamparona, con 596 metros, es el punto más alto del municipio; la sierra de Matasiete alcanza 538 metros. Junto a la sierra de La Calera, configuran el marco montañoso del valle en el que se asienta La Codosera. El Gévora y sus afluentes atraviesan ese territorio, llevando la presencia del agua desde las laderas hasta las riberas.
La red de cauces también acompaña un paisaje vegetal variado. En el municipio crecen castaños, olivos, encinas, alcornoques, pinos, alisos y otras especies; junto al Gévora, las riberas reúnen árboles como sauces, fresnos y alisos. El contraste entre el valle y sus márgenes se nota asimismo en los cultivos: junto al río hay huertas de hortalizas y legumbres. Agua, relieve y actividad humana aparecen aquí muy próximos, aunque cada uno cuenta una parte distinta de la historia.
Pizarras y esquistos bajo La Codosera
La clasificación geotécnica del término identifica pizarras y esquistos en el 100,00 % de su superficie. Son los materiales que el estudio registra para el municipio, y su ficha añade una característica importante para entender el agua subterránea: las formaciones se describen como generalmente impermeables o de muy baja permeabilidad. En otras palabras, el agua no circula con facilidad a través del conjunto de la formación.
Eso no significa que no pueda encontrarse agua bajo tierra. El mismo estudio indica que estas formaciones pueden albergar acuíferos superficiales cuando intervienen la alteración o la fisuración: zonas modificadas o fracturadas en las que el agua sí puede alojarse. Suelen ser acuíferos poco extensos y de baja productividad, aunque pueden tener interés local. Así se entiende una diferencia importante: que haya cursos de agua visibles no implica que todo el subsuelo almacene agua de manera abundante o uniforme.
El Gévora es la presencia más reconocible de esa red en la vida cotidiana, pero no hace falta atribuirle un origen geológico que no está documentado para seguir su papel. El valle, las sierras y los materiales descritos ofrecen el escenario; los usos del cauce muestran cómo sus habitantes aprovecharon esa condición y dónde tuvieron que ponerle límite.
En El Marco, el paso sobre el Abrilongo enlaza España y Portugal; junto al camino, el hito señala la frontera.
El Marco: el Abrilongo cruza la frontera
La historia de los cauces locales no termina en el Gévora. En el caserío de El Marco, el río Abrilongo pasa bajo un pequeño puente internacional que une España y Portugal. Es un paso fronterizo muy reducido, pero hace visible algo esencial del paisaje de La Codosera: los ríos no solo recorren el territorio, también forman parte de una geografía compartida a ambos lados de la frontera.
El puente no debe confundirse con los molinos del Gévora: se encuentra sobre otro río y cumple otra función. En lugar de mover una actividad ligada al agua, conecta dos orillas y dos países. La proximidad entre estos lugares ayuda a leer el municipio como una red de valles y cauces, no como un único río aislado. En uno, el paso internacional; en el otro, huertas, molinos y piscinas naturales.
Valdescargar y Carrión guardan huellas junto al agua
Mucho antes de esos usos, las orillas del Gévora ya conservaban rastros de presencia humana. En Valdescargar y Carrión se han encontrado útiles de piedra atribuidos al Paleolítico Inferior. Son vestigios de una época muy antigua, localizados junto al río; no permiten reconstruir escenas concretas, pero sitúan la presencia humana en este paisaje fluvial desde tiempos remotos.
También se han hallado restos del Neolítico tardío: hachas pulimentadas, molinos de mano, molederas y placas de barro cocidas. Son objetos distintos de los útiles paleolíticos y corresponden a otra etapa. Juntos muestran que la relación entre las personas y el territorio tiene una larga profundidad temporal. El Gévora no explica por sí solo por qué se eligieron esos lugares, pero sus orillas conservan algunos de los rastros más antiguos registrados en el municipio.
El Gévora sostiene huertas y riberas
En las márgenes del río, el agua acompaña cultivos de tomates, judías, garbanzos, cebollas y otras hortalizas y legumbres. También cambia el aspecto de la ribera, donde crecen árboles y arbustos como sauces, fresnos, saúcos, mimbreras, alisos y adelfas. La vegetación hace visible el contraste que la geografía local describe entre las zonas de cultivo y el entorno más amplio del municipio.
El Gévora sigue formando parte de actividades y lugares reconocibles: hay piscinas naturales y un centro de interpretación dedicado al río, y la pesca de la trucha y el barbo tiene muchos aficionados. Estos usos no son idénticos a los del pasado, pero mantienen al cauce en el centro de la vida local. La misma agua que acompaña los cultivos y la ribera tiene, sin embargo, un límite cuando una actividad exige demasiado de ella.
El arroz se retira del cauce
El cultivo de arroz fue importante tiempo atrás en La Codosera, pero se abandonó por la gran demanda de agua que suponía para el Gévora. Ese dato concentra el conflicto de la historia local del río: aprovecharlo para producir tenía un coste para un recurso del que dependían otros usos. La información disponible no fecha el abandono, pero sí deja claro el resultado: el arroz dejó de cultivarse en el municipio.
En cambio, las riberas siguen asociadas a huertas, y el cauce conserva otros vínculos con la población, desde los molinos harineros y de aceite sobre el río hasta la pesca y las piscinas naturales. La secuencia no describe un río que desaparece, sino un uso que se retira cuando su demanda resulta demasiado alta. El Gévora permanece en el paisaje y en la vida local, aunque no todas las actividades que dependían de él hayan perdurado.
Al comienzo, el valle parecía una forma del relieve entre sierras. Ahora también puede leerse como el lugar donde se cruzan materiales poco permeables, cauces visibles y decisiones sobre el agua. El Gévora sigue atravesando La Codosera; el arroz, en cambio, quedó atrás, y esa diferencia cuenta cómo el río sostuvo la vida local sin poder ofrecerlo todo a la vez.
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