Jumilla convirtió la roca de un volcán en abono y vías de tren
En las Minas de la Celia, al noroeste de Jumilla, una roca volcánica reunió minerales que acabaron en los campos y en las infraestructuras. ¿Cómo pasó un episodio geológico a formar parte de la vida cotidiana de la comarca?
Viñedos de Jumilla entre la sierra de la Cingla y Peñarrubia; una vista del paisaje municipal, no de las Minas de la Celia.
En el extremo noroccidental de Jumilla, junto al límite con Albacete, las Minas de la Celia guardan una historia de lava, minerales y trabajo. Allí se encuentra la jumillita, una roca volcánica que no solo dio nombre a un tipo de roca singular: su mineralización fue explotada a comienzos del siglo XX y parte de la roca se aprovechó en obras. La pregunta es concreta: ¿qué tuvo este lugar para que una roca nacida de actividad volcánica terminara convertida en recurso?
Una roca con nombre de lugar
La pista está en la propia piedra. La jumillita contiene rellenos filonianos de oligisto, apatito y más de una veintena de minerales asociados. Un filón es una concentración mineral que ocupa una fractura o una banda dentro de la roca; aquí, esa disposición hizo del afloramiento algo más que una masa de lava. El apatito, en particular, fue el mineral que se extraía en las minas para fabricar abonos fosfáticos.
La roca fue denominada «jumillita» por A. Ossan en 1906. El nombre vincula una formación geológica con el municipio y señala una rareza: según la documentación recopilada, estas rocas ultrapotásicas solo se presentan en el sureste de España. «Ultrapotásica» describe una composición química particular; no significa que la roca sea un producto industrial ni que el potasio explique por sí solo su valor económico. La importancia minera que se documenta en La Celia está ligada, sobre todo, al apatito.
La distinción importa. El yacimiento no era simplemente un volcán convertido en cantera: en sus rocas volcánicas aparecía una asociación mineral de interés excepcional. La Celia reúne así dos escalas de una misma historia, la de un episodio volcánico y la de los minerales concentrados en sus rocas.
El paisaje conserva las señales de una erupción
La actividad volcánica de La Celia se sitúa en el Intraplioceno, entre 1,8 y 5 millones de años atrás. La fuente local describe, en las proximidades de las minas, restos de conos volcánicos erosionados y montículos con lava, bombas volcánicas y lapilli. Las bombas son fragmentos expulsados aún fundidos o parcialmente fundidos que se solidifican durante el vuelo; el lapilli son fragmentos volcánicos menores. Imagina una erupción que arroja material de tamaños distintos: el paisaje que queda después, ya desgastado por la erosión, no es un cono perfecto, sino un conjunto de relieves y depósitos que conserva parte de esas señales.
La erosión es la razón por la que hoy se habla de restos y montículos. El dossier no describe una secuencia detallada de las erupciones ni permite reconstruir cómo se formó cada veta mineral; sí documenta la presencia de productos volcánicos y la existencia del yacimiento de apatito en jumillita. Esa evidencia basta para reconocer que el entorno de La Celia no es un paisaje volcánico imaginado a partir de su nombre, sino un lugar con materiales volcánicos observables.
Jumilla, además, no se reduce a ese rincón. El municipio forma parte de las Zonas Externas de las Cordilleras Béticas y su relieve incluye sierras como Carche, Sopalmo y Sierra Larga, junto a otras elevaciones que dibujan el horizonte del Altiplano. Esas montañas y valles corredores componen el marco regional de la historia; no deben confundirse con el afloramiento concreto de las Minas de la Celia. Si recorres el término, el contraste entre sierras y espacios más abiertos ayuda a entender por qué un municipio extenso reúne paisajes geológicos distintos.
También aparecen otros materiales en la información geotécnica municipal, entre ellos arenas finas y limos, areniscas, conglomerados y flysch, además de calizas y dolomías. Son categorías del conjunto del municipio, no una descripción puntual de La Celia ni una explicación del origen de la jumillita. La geología del lugar, por tanto, se lee mejor a dos escalas: la variedad del territorio de Jumilla y la concentración volcánica y mineral que singulariza este enclave.
Del apatito a los caminos
A comienzos del siglo XX, las Minas de la Celia fueron explotadas para extraer apatito destinado a la fabricación de abonos fosfáticos. La cadena que une subsuelo y actividad humana queda documentada sin necesidad de suponer una industria mayor de la que se conoce: había un mineral aprovechable, se extraía y se destinaba a elaborar fertilizantes. Una concentración geológica localizada se incorporó así a una actividad agrícola mucho más amplia.
La jumillita tuvo un segundo uso. Por su dureza, se empleó para cimentar carreteras y vías de ferrocarril. El mineral extraído y la roca utilizada en obras eran, pues, dos aprovechamientos diferentes de un mismo entorno geológico: uno dependía del apatito contenido en la roca; el otro, de las propiedades resistentes de la propia jumillita. Los materiales se transportaban mediante una línea de ferrocarril hasta Minateda. El registro disponible no precisa aquí el volumen extraído ni permite atribuir a la roca una obra concreta, pero sí confirma el enlace entre mina, transporte y construcción.
Ese recorrido ayuda a comprender por qué La Celia importa más allá de su interés científico. Una roca que se reconoce por su composición y por su procedencia local entró en circuitos prácticos: primero como fuente de mineral para abonos y también como material resistente para infraestructuras. La geología no determinó por sí sola qué se haría con ella; ofreció unas propiedades y unos minerales que las personas supieron aprovechar.
El nombre de Jumilla viajó con la roca. En 1906, la denominación de jumillita fijó en la literatura geológica la conexión entre localidad y material; la explotación de las minas, a principios del siglo XX, añadió una consecuencia económica y material. La historia no requiere imaginar una gran ciudad minera: el dato sólido es más preciso y también más interesante, porque describe un yacimiento excepcional cuyo valor procedía de una combinación específica de roca volcánica y minerales asociados.
La Celia no explica por sí sola todo Jumilla
El contraste con el cerro del Castillo devuelve la mirada al núcleo urbano. El poblamiento original de la Jumilla actual se situó en su cima, donde se han encontrado vestigios de la Edad del Bronce y hubo ocupaciones sucesivas de íberos y romanos; la historia local también documenta la ciudad andalusí. Más tarde, a partir del siglo XV, la población fue dejando el recinto amurallado y descendió hacia la llanura por la vertiente oriental. La topografía visible —un cerro que destaca sobre el entorno— forma parte del escenario de esa historia, aunque las fuentes no atribuyen el traslado urbano a una causa geológica concreta.
Ese cerro y las Minas de la Celia cuentan episodios distintos, pero ponen en relación el territorio con la experiencia humana. En uno, la altura organiza la ubicación de un asentamiento que cambió con el tiempo; en el otro, una roca volcánica y sus minerales entran en una cadena de extracción y uso. En ninguno conviene convertir el relieve en una explicación automática: los documentos respaldan los lugares, los materiales y las actividades, y dejan clara la diferencia entre un proceso geológico y una decisión histórica.
Las Minas de la Celia están reconocidas como Lugar de Importancia Comunitaria, y la documentación también señala su protección como Área de Protección de Fauna Silvestre. Esa protección acompaña a un enclave cuyo interés no se limita a los restos de actividad minera: conserva un yacimiento de apatito en jumillita y señales de un paisaje volcánico erosionado.
Cuando vuelvas a mirar las sierras y los valles de Jumilla, La Celia añade una escala menos evidente a ese paisaje: la de una actividad volcánica antigua, preservada en rocas y minerales que llegaron a utilizarse en fertilizantes y obras. La pregunta inicial tiene una respuesta sencilla, aunque no trivial: fue la combinación local de roca volcánica, apatito y dureza la que convirtió aquel episodio geológico en recurso, y dejó una huella humana en el territorio.
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