Jimena, Cerro Alcalá cambia de mundo
En el término de Jimena, una cueva pintada y un asentamiento que atravesó épocas muy distintas forman parte de una larga historia local. Cerro Alcalá pasó de núcleo ibérico a punto fortificado, mientras el terreno de Sierra Mágina ofrece un paisaje de rocas y relieves diversos.
Jimena y sus campos de cultivo, con el relieve de Sierra Mágina al fondo.
Jimena se sitúa en el noroeste de Sierra Mágina. Hacia el sureste, el relieve se vuelve montañoso; en el resto del término predominan los campos de cultivo, sobre todo olivares, junto a higueras. Entre ese paisaje y los vestigios antiguos hay una historia hecha de cambios de uso y de poder. Cerro Alcalá, destacado en el inventario de asentamientos del municipio, permite seguir uno de sus recorridos más prolongados: desde la época ibérica hasta su papel como lugar fortificado en etapas posteriores.
La Graja abre el recorrido
La historia humana del término se remonta mucho más atrás que las ruinas visibles de sus asentamientos. Las pinturas rupestres de la Cueva de la Graja se relacionan con grupos de pastores que poblaban las sierras meridionales entre el IV y el III milenio antes de nuestra era. No son una crónica de cada jornada, pero sí una huella de presencia y de cultura en este paisaje antiguo.
En el término municipal se han inventariado varios asentamientos prehistóricos. Entre ellos sobresale Cerro Alcalá, señalado como referencia para la prehistoria y la historia antigua de Jimena, además de para la época medieval. La Cueva de la Graja y Cerro Alcalá son lugares distintos: juntos, sin embargo, ayudan a reconocer que la ocupación del territorio no pertenece a un solo episodio ni a una sola comunidad. La historia local se despliega en varias huellas y en tiempos muy separados.
Cerro Alcalá cambia de papel
En el siglo VI antes de nuestra era, Cerro Alcalá fue uno de los oppida ibéricos del entorno. El término designa aquí un asentamiento de entidad, y el lugar siguió ocupado durante los siglos siguientes, hasta época romana. No se trata de una sucesión de nombres sobre un mapa: las etapas dejaron rastros materiales que permiten reconocer que el asentamiento permaneció en uso a través de distintos momentos históricos.
Para la época romana, los hallazgos epigráficos —inscripciones— y constructivos apuntan a que Cerro Alcalá pudo tener algún tipo de estatus como municipium. La formulación es prudente: los vestigios sostienen esa posibilidad, pero no precisan más. Aun así, la transformación es significativa. El mismo lugar que había sido un núcleo ibérico quedó integrado en una organización romana, reconocible hoy por los restos encontrados allí.
Con cada etapa cambió la relación de las comunidades con el asentamiento; no tenemos base para convertir esa continuidad en la historia de una misma población inalterada. Lo que permanece es la huella de ocupaciones sucesivas. A partir de aquí, para entender el escenario conviene ampliar la mirada desde Cerro Alcalá hasta el sustrato del término, donde no hay una sola clase de material bajo el paisaje.
El Castillo de Jimena y la plaza, una vista del núcleo urbano que acompaña el recorrido por las distintas etapas de la localidad.
Bajo Jimena, un mosaico de materiales
El estudio geotécnico municipal agrupa buena parte del sustrato en areniscas, conglomerados y flysch; también recoge calizas, dolomías y mármoles, además de arenas finas, limos, arcillas y margas duras. Son nombres de materiales distintos, no distintas formas de llamar a una misma roca. La clasificación describe el término en conjunto y permite apreciar una composición variada, sin identificar por sí sola qué material se encuentra bajo un edificio o un resto arqueológico concreto.
La variedad importa porque los materiales no responden igual al agua ni a las deformaciones. El informe caracteriza de forma general muchas de estas formaciones como impermeables o de muy baja permeabilidad: el agua circula con dificultad, aunque la alteración o las fracturas pueden alojar acuíferos superficiales, normalmente poco extensos y de baja productividad. Algunos pueden tener interés local. Así, las fracturas y la alteración abren vías limitadas donde la roca menos permeable apenas deja pasar el agua.
El documento también señala procesos posibles a escala municipal: expansividad de arcillas, hundimientos kársticos en materiales carbonatados y movimientos, sobre todo deslizamientos, en formaciones blandas. La karstificación puede crear huecos en rocas carbonatadas; la expansividad alude a cambios de volumen de las arcillas, y un deslizamiento desplaza materiales ladera abajo. Son procesos potenciales recogidos para el término, no sucesos que podamos atribuir a Cerro Alcalá. El relieve montañoso del sureste y estos materiales componen el marco geológico local, sin convertirlo en una explicación automática de cada asentamiento.
Las fortificaciones y el cambio de poder
Durante la época andalusí, el término conoció una ocupación intensa por pequeñas poblaciones rurales o alquerías. Para refugio había varias fortificaciones, entre ellas Fuente del Moro y Cerro Alcalá. Las crónicas sitúan también entre esos enclaves a San Istibin o San Astabin, nombre que pervive en el paraje de Santisteban. Según esas crónicas, allí se rebelaron los Banu Hábil contra el poder del emir cordobés. Es importante mantener cada lugar en su sitio: el episodio de la rebelión se vincula a San Istibin, no a Cerro Alcalá.
En cuanto a Jimena, llamada Xemena en la fuente, pudo ser otro castillo o una alquería fortificada después de la conquista cristiana. La cautela forma parte de la historia de ese emplazamiento: el registro permite plantear esas posibilidades, pero no escoger entre ellas. Cerro Alcalá, por su parte, aparece expresamente en la relación de fortificaciones de refugio. Así, el lugar que había sido asentamiento antiguo tuvo también un papel en un territorio organizado en poblaciones rurales y puntos de protección.
El siguiente cambio decisivo llegó el día de Santiago de 1234, cuando Fernando III conquistó Jimena y la integró en las tierras del Concejo de Baeza. Después pasó a ser propiedad de Pedro Ruy de Berrio, en 1284. Durante los siglos XIV y XV fue un pequeño señorío, hasta que Juan II la entregó en 1434 a la Orden de Calatrava, que constituyó la encomienda de Torres, Canena, Jimena y el heredamiento de Recena. Las sucesivas transferencias modificaron quién gobernaba la villa; no borraron la larga secuencia de ocupaciones documentada en el término.
Jimena conserva más de una época
La historia política siguió cambiando. En el siglo XVI Jimena, alineada con Baeza, participó en el conflicto comunero y sirvió incluso de reducto oculto a comuneros. Tras esos sucesos, Carlos V vendió la villa a su secretario Francisco de los Cobos. Sus descendientes, los marqueses de Camarasa, mantuvieron el señorío hasta la extinción de los privilegios señoriales en 1812. Ese es el desenlace de esta cadena de cambios de poder: acabó el régimen señorial, mientras los restos de Cerro Alcalá conservaron las huellas de ocupaciones mucho anteriores.
El paisaje actual reúne otros usos y otras escalas de tiempo. En 2013, Jimena recogió unos 60.000 kilos de breva, con la participación de alrededor de 150 productores; el olivar y la industria transformadora también forman parte de su actividad económica. Y el pinar de Cánavas, con pinos carrascos centenarios, fue declarado monumento natural por su valor ecológico y paisajístico.
Desde las pinturas de la Graja hasta las piedras de Cerro Alcalá, las huellas no cuentan una ocupación inmóvil, sino una sucesión de presencias y transformaciones. El sustrato municipal es diverso; la historia de sus lugares también. En Jimena, cada resto pertenece a su época, y juntos dibujan un paisaje que ha cambiado de mundo sin perder sus marcas.
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