Ibias, el oro que cambió las laderas
En Ibias, la búsqueda romana del oro dejó cortes, galerías y canales en las laderas del río. La Senda del Oro permite seguir hoy esa transformación y entender cómo el agua entró en la historia del paisaje.
Una vista de Pelliceira en el paisaje montañoso de Ibias: las aldeas y las laderas comparten el valle que atraviesa el río.
En San Antolín de Ibias, el río marca el comienzo de una historia que no se ve solo en el cauce. Durante la dominación romana, la búsqueda de oro removió partes del territorio y dejó señales de una intervención extensa: galerías, cortas a cielo abierto y canales unidos a depósitos de agua. No fue únicamente una excavación bajo tierra. También hubo que conducir agua por un relieve montañoso y hacer que su fuerza llegara hasta los trabajos.
El episodio tiene una puerta de entrada actual: la Senda del Oro. La ruta comienza y termina en San Antolín, cruza el río Ibias y enlaza aldeas, laderas y huellas arqueológicas. Entre viñedos, prados y castañares, el camino permite acercarse a un paisaje donde conviven el cauce que atraviesa el concejo y las señales de una antigua explotación. El oro ya no es el propósito del recorrido; lo que atrae ahora es entender qué cambió en el terreno para buscarlo.
El río Ibias, entre el valle y las sierras
El contraste de alturas ayuda a leer el escenario. El concejo baja hasta unos 200 metros en el río Ibias y alcanza cerca de los 2.000 en sus sierras; el pico Miravales, el más elevado, llega a 1.969 metros. El río atraviesa Ibias de este a oeste y recibe afluentes como el Forma, el Cervos y el Piliceiro. Así, el agua que los trabajos romanos aprovecharon pertenece a una red que recoge escorrentías de las montañas y las conduce hacia los valles.
Ese desnivel importa porque el agua se mueve cuesta abajo. Para emplearla en la minería no bastaba con encontrarla: había que encauzarla. La historia del concejo describe canales y depósitos construidos para llevar la fuerza del agua hasta los trabajos de oro. Los canales la conducían; los depósitos permitían reunirla en puntos del sistema. El paisaje montañoso, que hace difícil el paso entre unas zonas y otras, ofrecía también la pendiente que daba movimiento al agua una vez dirigida.
Pizarra y esquisto bajo las aldeas
El subsuelo municipal ofrece otra pieza del escenario. La clasificación geotécnica de Ibias atribuye a pizarras y esquistos el 83,79 % de las categorías de suelo recogidas. Es una cifra referida al concejo, no una identificación automática de cada ladera o de cada resto minero. Sirve, en cambio, para situar dos materiales dominantes en la descripción local del terreno. En Villamayor, las casas de pizarra y sus tejados inclinados muestran cómo la roca forma parte también de la arquitectura cotidiana.
La iglesia de San Antolín, con la pizarra presente en sus muros, muestra el uso local de este material en la arquitectura.
La iglesia de San Antolín añade una huella visible de ese uso: el edificio y el muro exterior están hechos de pizarra. No hace falta confundir ese material constructivo con el soporte exacto de cada galería romana. Son escalas distintas. Aun así, la presencia de la pizarra en la clasificación municipal y en la arquitectura local ayuda a comprender que la historia del oro ocurrió en un territorio de rocas y pendientes, no en un escenario separado de la vida de sus aldeas.
De Villarcebollín a Folgoso: el relieve removido
La transformación más clara aparece en lugares concretos. La historia publicada por el Ayuntamiento destaca las áreas removidas en los márgenes del río Ibias entre Villarcebollín y Folgoso, además de las de la sierra de Uría. Allí se reconocen trabajos mineros romanos de dos tipos: galerías abiertas en el subsuelo y cortas a cielo abierto, es decir, excavaciones realizadas desde la superficie. A ellas se suma la red de canales y depósitos que conducía agua hasta las explotaciones.
La combinación de obras cuenta una estrategia más amplia que una galería aislada. Algunas tareas avanzaban bajo tierra; otras alteraban directamente la superficie. Y el agua, en vez de limitarse a seguir los cauces naturales, era guiada por una infraestructura construida para alcanzar los puntos de trabajo. El resultado fue una modificación del relieve que todavía puede seguirse en sectores señalados por el municipio. Las fuentes no asignan una fecha concreta a cada canal o corte; el conjunto se inscribe en la explotación romana del oro, cuya importancia en la zona está documentada.
San Antolín y las vetas de la comarca
Una tesis doctoral sobre mineralizaciones de Ibias estudia filones de oro, plata, hierro, plomo y zinc en el entorno de San Antolín, y menciona mineralizaciones alojadas en rocas cuarcíticas. Un filón es una concentración mineral que ocupa una franja dentro de la roca. Este dato aporta contexto geológico a la presencia de metales en el concejo, aunque no permite identificar por sí solo qué veta alimentó cada trabajo romano ni relacionar automáticamente las cuarcitas con todas las cortas del río.
La distinción importa para imaginar correctamente la escala de la explotación. El río Ibias y sus márgenes ofrecen un paisaje de agua y pendientes; San Antolín, Villarcebollín, Folgoso y la sierra de Uría señalan espacios donde se documentan rastros de actividad minera. El oro explica el objetivo; las galerías, las cortas y los canales muestran distintas maneras de perseguirlo. Juntas, esas huellas conectan la geología mineral del entorno con una obra humana extendida por varios puntos del territorio.
La Senda del Oro conserva el recorrido
Hoy la ruta devuelve esas señales al paisaje vivido. Desde San Antolín, la Senda del Oro cruza el río y pasa por El Trigal, donde los bancales recuerdan el cultivo tradicional de la vid. Después alcanza lugares como La Pena’l Corvo y Villamayor, entre prados, viñedos y aldeas. El itinerario no convierte cada huella en una mina visible a cada paso, pero sí recorre un valle donde los desmontes antiguos forman parte del patrimonio que la ruta invita a descubrir.
La historia municipal recuerda también que Ibias conserva dólmenes y restos de castros, mientras que la explotación del oro durante la dominación romana dejó galerías, cortas y una red hidráulica. Son rastros de épocas distintas, no una sola escena continuada. En el episodio que cuenta la Senda del Oro, el cambio decisivo fue que la búsqueda del metal no se limitó a extraerlo: alteró márgenes y laderas, y exigió conducir agua por canales y depósitos. La obra minera quedó como modificación del terreno; el camino actual le da otra función, la de acercar al visitante a esa memoria.
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