Ibi asentó a sus íberos entre el agua y los caminos
Al pie de San Miguel, una rotonda sacó a la luz cerámicas y recipientes de un antiguo asentamiento. ¿Qué ofrecían las tierras y los barrancos de Ibi a quienes eligieron vivir aquí?
Vista panorámica de Ibi desde el Teixereta, con la población encajada en la hoya y rodeada por el relieve montañoso.
En Ibi, el agua dejó dos rastros distintos: Les Caixes, parcialmente canalizado al cruzar el centro urbano, y la Rambla Gavarnera, cuyo cauce ya no existe. Aún puedes contemplar el primer tramo del río en el Barranco de los Molinos. ¿Qué tenían estos valles para atraer a sus pobladores más antiguos?
San Miguel devolvió una escena al abrirse la rotonda
La respuesta apareció en 2004, cuando las obras de una rotonda junto al cerro de la ermita de San Miguel sacaron a la luz un yacimiento. El hallazgo se produjo en la vertiente oriental del cerro, en un lugar donde la ciudad moderna se encontró, literalmente, con rastros de ocupación antigua.
La excavación arqueológica se realizó entre el 19 de enero y el 16 de febrero de 2005. Aparecieron fragmentos de recipientes para transportar y guardar productos, además de cerámica de cocina. Parte de las piezas tenía decoración geométrica en tonos vinosos. Eran pocos restos y estaban fragmentados, pero pertenecían a uno de los escasos yacimientos iberorromanos excavados en las comarcas centrales de Alicante.
Su datación no se puede fijar con precisión a partir de ese repertorio. La decoración encuentra paralelos en materiales de yacimientos de los siglos III y I antes de nuestra era. Esa cautela no le quita fuerza a la escena: alguien almacenó alimentos, cocinó y vivió junto a San Miguel mucho antes de que allí se trazara una rotonda. Los materiales fueron depositados en el Museo Arqueológico Municipal Camil Visedo Moltó de Alcoy.
En L'Horta del Pont Sud, el agua daba una ventaja diaria
El yacimiento de San Miguel no estaba solo. En L'Horta del Pont Sud, una zona de bancales situada entre las bocas de los barrancos dels Molins y de les Raboses, se han encontrado restos ibéricos. La descripción del lugar destaca dos recursos decisivos para asentarse: tierra fértil y agua. No era un decorado; era una oportunidad cotidiana para cultivar y vivir.
Los fragmentos hallados allí incluyen tinajas y tinajillas, recipientes de almacenaje, ánforas ibéricas y platos. También hay cerámica de cocina. Los restos no reconstruyen una jornada completa, pero sí permiten acercarse a sus tareas: transportar, guardar, preparar y servir alimentos. El paisaje reúne el espacio de cultivo abancalado y las entradas de dos barrancos. La relación entre lugar y asentamiento, en este caso, está documentada de forma directa.
La Hoya de Castalla ocupa una posición de transición entre distintas comarcas de la zona, y el territorio de Ibi forma parte de ese paisaje de valles y relieves. A escala local, los yacimientos se distribuyen junto a cerros, caminos y áreas con agua. Si recorres hoy el entorno de los barrancos, cuesta imaginar una frontera rígida entre campo y población: para quienes vivieron aquí, el paso del agua y la tierra cultivable eran parte de un mismo escenario.
La Cova de la Moneda se asomaba al camino de montaña
Hay otra manera de ocupar el paisaje. La Cova de la Moneda se encuentra en una posición elevada, con amplio dominio visual y junto a un camino de montaña que comunica las dos vertientes de una sierra. Allí se han recuperado materiales de uso ritual. ¿Por qué subir hasta una cueva? La evidencia permite vincularla con prácticas rituales y con un lugar desde el que se contemplaba el entorno; no hace falta atribuirle una función más precisa.
En la Masía de Fernoveta, entre el cerro de San Miguel y el Alt de Santa María, los restos dibujan una actividad distinta. La explotación rural estaba en lo alto de un collado, cerca de terrenos agrícolas y recursos hídricos; también contaba con un lugar de enterramiento. Tinajas, tinajillas, platos y cerámica de cocina hablan de almacenamiento y labores domésticas.
Dos fragmentos de cerámica ática de barniz negro —una cerámica importada— y varios fragmentos de pasta vítrea se suman a esos hallazgos. En conjunto, hicieron pensar en una posible necrópolis ibérica en la zona. La posibilidad se expresa como tal, pero la asociación entre vivienda rural, agua, agricultura y enterramiento sí muestra cómo diferentes usos podían quedar próximos en el paisaje de Ibi.
Les Caixes y Gavarnera dejaron un nombre entre cauces
El nombre de Ibi quizá conserve una pista de ese mapa. Una de las teorías más aceptadas lo relaciona con una voz ibérica que significaría “zona o lugar entre dos ríos”: Les Caixes y la Rambla Gavarnera. El origen no es seguro, pero la interpretación encaja con una geografía en la que ambos cauces formaban parte de la vida del lugar.
El paisaje del agua ha cambiado. La Rambla Gavarnera se describe hoy como desaparecida y Les Caixes fue canalizado parcialmente al pasar por el centro urbano. En cambio, la primera parte del río desde su nacimiento no está canalizada y puede verse en el Barranco de los Molinos. Así, el río no es solo una referencia antigua en el posible significado del topónimo: conserva un tramo visible y tiene otro recorrido transformado por la ciudad.
Los cauces y las tierras fértiles ayudan a explicar por qué hubo asentamientos, pero no borran las diferencias entre cada episodio. Una cueva elevada junto a un camino, una explotación rural en un collado y un área de bancales entre barrancos son lugares distintos. La geografía local ofrecía recursos y rutas; cada comunidad los aprovechó de una forma propia.
Las piedras de Ibi cuentan otro tiempo
El agua y la ocupación humana no son la única historia que guarda el terreno. El resumen geotécnico de Ibi registra como grupos principales areniscas, conglomerados y flysch, y calizas, dolomías y mármoles. En ese desglose, los dos primeros conjuntos citados representan, respectivamente, el 42.55 % y el 40.98 % de las categorías registradas.
Esos nombres hablan de materiales formados en ambientes diferentes. Las calizas y dolomías se asocian a antiguos fondos marinos tropicales y poco profundos, comparables en su ambiente a los mares cálidos que bordean algunas islas actuales. Los conglomerados se forman cuando ríos enérgicos arrastran cantos y los dejan unidos en una roca; imagina un torrente mediterráneo cargado de piedras. El flysch, por su parte, reúne capas alternas de arena y arcilla depositadas al pie de una plataforma continental, como una sucesión de láminas de distinto grano.
La piedra ofrece así una escala mucho más larga que la de los asentamientos, aunque no convierte cada hallazgo arqueológico en efecto directo de una roca concreta. En Ibi confluyen dos relatos complementarios: los materiales registran antiguos ambientes de sedimentación, y los cauces, las laderas y las tierras fértiles explican el marco local en el que se establecieron las comunidades.
De la explotación romana a una villa del siglo XVII
La ocupación no terminó con el mundo ibérico. En Ibi se ha documentado un pequeño asentamiento romano dedicado a la explotación agrícola y ganadera, datado entre los siglos I antes de nuestra era y I de nuestra era. El dato prolonga una historia de aprovechamiento rural que ya se intuye en Fernoveta: cultivar y criar animales formaban parte de la relación entre las comunidades y el territorio.
Mucho después, en la Edad Media, el lugar estaría formado por una o varias pequeñas alquerías. Ibi no se constituyó como villa hasta el siglo XVII, tras un proceso histórico iniciado con la conquista y la repoblación cristiana. El paisaje que había sostenido asentamientos dispersos fue también el escenario de la formación de una población reconocible como villa.
La pregunta inicial vuelve a los barrancos. La evidencia no atribuye a una sola roca la decisión de vivir aquí: muestra tierras fértiles, agua, caminos y lugares adecuados para diferentes actividades. Cuando mires el Barranco de los Molinos, verás algo más que un cauce; verás una pieza de ese paisaje que, junto a sus cerros y bancales, hizo posible la larga historia de ocupación de Ibi.
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