Higuera la Real, el castro entre barrancos
A siete kilómetros de Higuera la Real, los barrancos del Sillo y el Álamo enmarcan las ruinas de Capote. Allí, el relieve ayudó a proteger un poblado que, tras siglos de ocupación, quedó abandonado y dejó otra huella: un lugar de culto.
Paisaje de Higuera la Real en el camino de Las Nieves, dentro del término serrano que rodea la villa.
Higuera la Real se levanta en las estribaciones de Sierra Morena, dentro de un término de lomas, arroyos y dehesa. A unos siete kilómetros de la villa, el Castrejón de Capote conserva un episodio mucho más antiguo: un poblado prerromano habitado entre los siglos V y I antes de nuestra era. No estaba en el emplazamiento del casco actual. Su posición, junto a profundos barrancos, hizo del propio relieve una parte visible de su historia.
El Sillo y el Álamo guardan Capote
Las excavaciones sitúan el castro en la cuenca del Ardila, entre las poblaciones célticas del suroeste peninsular. Allí, los barrancos del Sillo y el Álamo acompañaban las defensas de piedra. No eran un detalle del paisaje: flanqueaban el poblado y contribuían a protegerlo. En el término municipal, el arroyo del Sillo también forma parte de la geografía actual y marca por el sur el límite con la provincia de Huelva.
El terreno de Higuera la Real cambia de altura. La villa se encuentra a 626 metros sobre el nivel del mar; el cerro de San Cristóbal alcanza 774 metros, mientras que el término desciende hasta los 300 metros junto al Sillo. Esa diferencia acerca a escala local el contraste entre las elevaciones y los cauces encajados que caracterizan el entorno. En Capote, los profundos barrancos de dos cursos de agua aparecen expresamente vinculados a la protección del asentamiento.
Las rocas del término y el relieve
El estudio geotécnico municipal clasifica el 80,21 % de los suelos dentro de la categoría «Pizarras y Esquistos». También registra «Granito, Gneis y rocas ígneas», con un 7,61 %. Son nombres de materiales distintos y dan una idea de la diversidad del término, dominado por la primera categoría. El dato corresponde al municipio en conjunto: no identifica la roca concreta de las murallas de Capote ni describe un punto particular del castro.
La forma del paisaje aporta otra pieza que sí es localizable: las laderas y los cauces. El pequeño cerro donde se asienta la villa, las alturas próximas y el descenso hacia el Sillo ofrecen un marco para entender la geografía comarcal; los barrancos junto a Capote explican, a su vez, por qué el emplazamiento estaba bien resguardado. Las piedras de sus grandes murallas están documentadas, pero no su composición específica. Así, el sustrato municipal y las defensas del castro se relacionan en la historia del lugar sin confundir una escala con la otra.
El acceso abierto concentraba la defensa
Capote no quedaba aislado por completo. Uno de sus extremos era accesible, y precisamente allí se encontraba un foso ancho y una fortaleza con torres y bastiones. Las excavaciones describen estructuras conservadas de hasta nueve metros de altura. El diseño reúne dos obstáculos diferentes: los barrancos que bordeaban el poblado y una defensa construida en el lado más abierto. El relieve protegía los flancos; el acceso restante estaba fortificado.
Ese conjunto permite seguir una transformación concreta del lugar: un poblado se asentó junto a barrancos profundos y reforzó el punto donde el terreno ofrecía menos protección. No hace falta imaginar una batalla para reconocer lo que estaba en juego. La construcción de murallas, foso y fortaleza muestra que el control del acceso formaba parte de la organización del castro, mientras que el relieve marcaba los límites naturales de su defensa.
El poblado alcanza su auge y se vacía
El asentamiento tuvo su auge en la segunda mitad del siglo II antes de nuestra era. Quizá estuvo bajo la tutela de un jefe llamado Ablonios: su nombre celta se ha conservado en varios objetos hallados en el lugar. La cautela importa, pero la huella es concreta. Capote no es solo una fortificación; los objetos conservan un nombre asociado a quienes vivieron allí y a la etapa de mayor auge del poblado.
Hacia el año 100 antes de nuestra era, el poblado fue abandonado súbitamente. Las casas y las defensas dejaron de sostener una comunidad residente, y el emplazamiento perdió su papel como asentamiento habitado. Pero el lugar no quedó sin rastro humano. Un depósito de diversas piezas romanas fechadas en el siglo I de nuestra era se considera prueba de que permaneció allí un centro de culto. La ocupación terminó; la huella ritual perduró.
Ese desenlace distingue dos tiempos que a veces se mezclan al mirar un yacimiento: el de las viviendas habitadas y el de un espacio de culto que siguió teniendo significado. El castro no volvió a ser el poblado de sus siglos de auge. Dejó, en cambio, defensas conservadas, objetos que guardan el nombre de Ablonios y un depósito posterior que señala la continuidad de una práctica religiosa en el lugar.
Encinas y pastos de la dehesa extremeña de Higuera la Real: una vista actual del paisaje municipal.
La villa y su territorio toman forma
La historia de la Higuera actual continúa en otro escenario y bajo otras formas de poder. Se sabe que la localidad fue conquistada hacia 1247 y que en 1253 pasó a formar parte del territorio de Sevilla. Unas tres décadas después, Alfonso X donó a la Orden del Temple el castillo de Fregenal con su villa y término, del que Higuera formaba parte. Tras la extinción de la Orden en 1314, volvió a depender del Concejo de Sevilla. El paisaje seguía siendo local, pero su gobierno se repartía entre jurisdicciones.
En el siglo XV, la política de repoblación acompañó una etapa de expansión económica, social y artística. Santa Catalina y San Bartolomé son ejemplos de esa etapa. En 1633, Felipe IV concedió a Higuera el título de villa, delimitó su término y le otorgó jurisdicción autónoma en primera instancia, a cambio de 8.000 ducados. Sevilla conservó la Dehesa del Caño y tres molinos harineros. El episodio muestra cómo la comunidad fue definiendo su territorio; los molinos y las fuentes recuerdan también la presencia práctica del agua en la vida local.
Mucho después, otro episodio dejó constancia de la fuerza de un proceso natural sobre esa vida cotidiana. El terremoto de Lisboa de 1755 tuvo graves efectos en la región y, según los archivos municipales, en Higuera la Real interrumpió los cursos de agua y paralizó las fuentes durante más de una semana. No es el mismo conflicto que el de Capote: aquí no se trata de defender un acceso, sino de una alteración que alcanzó los cauces y las fuentes de la localidad.
Capote, sin embargo, conserva el desenlace más antiguo: hacia el año 100 antes de nuestra era, sus habitantes dejaron el poblado. Después, un centro de culto mantuvo una huella humana en el sitio. Enmarcado por los barrancos del Sillo y el Álamo, el castro guarda la imagen de una comunidad que organizó sus defensas con ayuda del relieve y que, finalmente, se marchó.
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