Fuente-Álamo, refugio entre las calizas
En Las Colleras, unas hendiduras abiertas en estratos calizos llevan un nombre de corral: los toriles. Entre esas formas de roca y los antiguos asentamientos del término se dibuja una historia de refugios, caminos y cambios en la manera de habitar el paisaje.
Vista panorámica de Fuente-Álamo, con el núcleo urbano extendido entre las elevaciones del entorno.
A siete kilómetros al oeste del núcleo urbano, Las Colleras guarda una huella que obliga a mirar el relieve de cerca. Allí, en la sierra del mismo nombre, aparecen hendiduras geológicas en estratos calizos, conocidas popularmente como toriles. No son solo formas del terreno: en ellas se han encontrado habitaciones neolíticas, junto con instrumentos de aquella época y arenisca utilizada para pulimentar. La roca y quienes la ocuparon comparten así un mismo escenario, aunque sus historias transcurran a escalas muy distintas.
Para seguir esa historia hay que atender a dos protagonistas: las calizas que dibujan el paisaje y las comunidades que encontraron cobijo en sus accidentes. El terreno no cuenta por sí solo cómo vivían, pero sí conserva lugares concretos donde se asentaron. Y, al pasar de Las Colleras al monte Fortaleza y después al pueblo, aparecen otras huellas de una relación prolongada con las lomas, los abrigos y los recursos del término.
Las Colleras abre sus toriles
El nombre popular de los toriles evoca recintos; el hecho geológico que se describe es más sobrio y, a la vez, más sugerente: hendiduras en capas de caliza. Las Colleras no es un topónimo lejano añadido a la historia de Fuente-Álamo. Es un paraje situado a siete kilómetros al oeste de la población y una de las localizaciones donde se han documentado habitaciones neolíticas. Allí la ocupación humana se encontró con una forma particular del relieve.
Una hendidura ofrece un espacio delimitado por la propia roca. En el término, los primeros núcleos de población se localizaron en las montañas y aprovecharon cuevas y abrigos naturales, además de pequeñas edificaciones frágiles. Ese dato permite reconocer una respuesta práctica al paisaje: algunos lugares ofrecían protección natural; otros requerían levantar construcciones. No hace falta imaginar una escena concreta para advertir el contraste entre ambos recursos.
Las Colleras suma una evidencia especialmente clara: junto a las habitaciones neolíticas se encontraron instrumentos de ese periodo y arenisca para pulimentar. La piedra no era únicamente el marco de la ocupación; ciertos materiales también formaban parte de las tareas humanas. La caliza de los estratos y la arenisca hallada allí son rocas distintas, y el registro local las reúne en un mismo lugar sin que eso permita atribuir a ambas el mismo uso.
Un sustrato de calizas, arenas y limos
Las hendiduras de Las Colleras hacen visible la roca caliza. A escala municipal, la clasificación geotécnica aporta un panorama más amplio: registra arenas finas y limos en el 44,47 % de las categorías recogidas, y calizas, dolomías y mármoles en el 19,20 %. También aparecen areniscas, conglomerados y flysch, entre otros materiales. Estas proporciones describen el término en conjunto; no identifican automáticamente la composición de cada paraje, edificio o parcela.
Caliza, dolomía y mármol pertenecen a las formaciones carbonatadas, capaces de experimentar karstificación. En ese proceso, el agua puede disolver lentamente parte del carbonato y ensanchar discontinuidades de la roca, hasta generar conductos o huecos. Así se entiende por qué la cartografía geotécnica reconoce formaciones carbonatadas medianamente karstificadas y posibles hundimientos kársticos actuales o potenciales en determinadas zonas. Es un contexto para comprender el comportamiento posible de esos materiales, no una explicación demostrada del origen de cada toril.
El otro gran conjunto municipal, arenas finas y limos, ayuda a recordar que el suelo no es una lámina uniforme extendida sobre una sola roca. Los materiales cambian dentro del término y también lo hacen sus propiedades. El estudio geotécnico reúne información de sondeos que alcanza profundidades muy distintas; uno de ellos, identificado como Cerro Collera, llega a 178 metros. Esa escala de exploración permite describir el subsuelo en puntos concretos, mientras que el paisaje visible de Las Colleras ofrece una evidencia distinta: estratos calizos hendidos.
Entre cuevas y abrigos en las montañas
La ocupación antigua de Fuente-Álamo no se concentra en un único enclave. Se han encontrado restos de asentamientos neolíticos en Las Colleras, El Mainetico y El Mainetón. En el monte Fortaleza, tres kilómetros al sur de la población, también hay restos neolíticos, además de evidencias celtíberas y romanas. Son nombres y hallazgos que sitúan distintas presencias en el territorio; no demuestran que formaran una comunidad continua ni que todas eligieran el mismo tipo de emplazamiento.
Lo que sí permite enlazarlos es la relación entre asentamiento y relieve. La información local señala que los primeros núcleos se instalaron en las montañas, aprovechando cuevas y abrigos en la roca o construcciones pequeñas y frágiles. En ese paisaje, un abrigo natural podía ofrecer un techo que no había que levantar desde cero. Pero las comunidades también tuvieron que crear espacios propios cuando la roca no bastaba. La diferencia entre refugio natural y edificación aparece como una de las respuestas humanas a las condiciones del terreno.
En Las Colleras, las habitaciones neolíticas, los instrumentos y la arenisca para pulimentar convierten esa relación en algo más que una posibilidad general. Son hallazgos vinculados a un sitio preciso. No cuentan por sí solos cuánto tiempo duró la ocupación ni cómo se organizaba cada habitación, pero sí muestran que aquellas hendiduras calizas estuvieron asociadas a espacios habitados y a objetos de trabajo. En el término, el terreno fue tanto lugar de estancia como soporte de actividades.
Fortaleza conserva huellas de varias épocas
El monte Fortaleza reúne una secuencia de evidencias distinta. En su cima se han hallado restos de una gran fortificación y vestigios neolíticos, celtíberos y romanos. La fortificación convierte la altura en un rasgo visible de la historia del lugar; los materiales de distintas épocas muestran que el monte fue escenario de presencias humanas separadas en el tiempo. La información disponible no permite convertir esa sucesión en un relato de ocupación ininterrumpida.
Entre los restos neolíticos hay armas fabricadas con sillimanita, una piedra que no existe en la región. Esa procedencia aporta una pista singular: ya entonces había comercio. El dato amplía la historia más allá del refugio inmediato. La gente que dejó huellas en Fortaleza no dependía solo de los materiales presentes a su alrededor; algunos objetos incorporaban una roca llegada desde fuera del ámbito regional.
Las Colleras y Fortaleza, por tanto, no cuentan una única escena repetida. En el primero destacan las hendiduras calizas, las habitaciones y la arenisca para pulimentar. En el segundo, la cima fortificada, los restos de varias épocas y las armas de sillimanita. Juntos revelan cómo distintos lugares del término alojaron ocupaciones y rastros diferentes. El terreno ofrece formas y posiciones; las evidencias humanas muestran que las comunidades las utilizaron de maneras diversas.
De los parajes a la aldea de pastores
La historia escrita sitúa hacia 1265 los primeros datos concretos sobre Fuente-Álamo, entonces territorio de Alpera. Tres años después pasó a ser aldea de Chinchilla de Monte-Aragón, dentro del señorío de Villena. En esa etapa se convirtió en lugar de paso para el ganado y aparecieron las primeras viviendas de pastores. La vida del territorio no se limitaba ya a los asentamientos antiguos de las montañas: el paso ganadero y las casas abrían otra relación con el espacio.
El nombre primitivo, Fuentes del Álamo, se ha relacionado tradicionalmente con una fuente junto a un gran álamo, hoy desaparecido. También se ha descrito el territorio del siglo XIII como rico en manantiales naturales. El agua forma parte, así, de la memoria del topónimo y de la historia local. La fuente y el árbol pertenecen a la tradición que explica el nombre; no son una identificación de los manantiales con una cavidad o un estrato concreto.
La trayectoria administrativa siguió cambiando: el territorio pasó a poder directo de la Corona de Castilla en 1480 y, durante el siglo XVI, ya existía una pequeña aldea con ermita y cementerio, hoy desaparecidos. En 1833 Fuente-Álamo se integró en la provincia de Albacete y recibió ese mismo año el título de villa. Son transformaciones políticas y humanas, no cambios geológicos; ayudan a seguir cómo el nombre y la comunidad se mantuvieron mientras variaban las formas de organizar el territorio.
El pueblo crece y el paisaje sigue presente
En el siglo XIX, el impulso colonizador asociado a Miguel López del Castillo Tejada favoreció la ocupación y el cultivo del suelo, y el casco urbano creció en dirección al Cerrón. La agricultura siguió condicionada por la escasez de agua y las temperaturas extremas: la vid y el olivo ocuparon un lugar principal, con cebada, avena y almendro en menor medida. Aquí la relación con el medio aparece en decisiones y actividades concretas, sin que eso convierta las categorías geotécnicas municipales en causa directa de cada cultivo.
La iglesia parroquial de San Dionisio Areopagita, consagrada en 1798, forma parte de la historia construida del núcleo de Fuente-Álamo.
La iglesia parroquial de San Dionisio Areopagita, construida en el siglo XVIII y consagrada en 1798, señala otra etapa del núcleo. En su parte baja se empleó sillería y en la alta mampostería. Es una huella de construcción y de trabajo con piedra en el pueblo, aunque la información local no identifica esas piedras con las formaciones de Las Colleras. La imagen de la iglesia permite situar el centro habitado junto a una historia del término que también pasa por sierras, lomas y abrigos.
Desde la década de 1960, el aumento de población impulsó la mayor expansión del casco urbano de la historia de la localidad. En 1957 se había fundado la Cooperativa Vitivinícola San Dionisio, que agrupó a la práctica totalidad de los productores y fue ampliada con el tiempo. El cultivo y su transformación se afirmaron así en la economía local. La aldea vinculada al paso del ganado dio paso a un municipio con nuevas actividades y un núcleo urbano más extenso.
La historia no borra los lugares más antiguos. Las Colleras conserva sus hendiduras en caliza y los hallazgos neolíticos; Fortaleza mantiene restos de una fortificación y evidencias de distintas épocas; el pueblo concentra las huellas de su crecimiento más reciente. Al volver a los toriles, las formas de la roca dejan de ser solo un nombre curioso: son parte del escenario en que algunas comunidades encontraron habitación y dejaron objetos. El paisaje permanece; las maneras de vivirlo cambiaron.
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