Fuenlabrada de los Montes, agua entre sierras
Entre los montes de Fuenlabrada, los arroyos descienden hacia el Guadalemar y una gran balsa retiene agua para dos pueblos. El recorrido une las formas del terreno con las fuentes y las obras que han organizado aquí el uso del agua.
Una calle de Fuenlabrada de los Montes abre la vista hacia las lomas que rodean la localidad.
El agua dibuja en Fuenlabrada de los Montes un trayecto de alturas y descensos. El pueblo se alza a 539 metros; al sur, la sierra del Quejigo alcanza 848, y el Guadalemar pasa por el término a 470 metros. Entre los cerros y las pequeñas sierras corren arroyos que bajan hacia el río. No forman un único cauce recto: atraviesan un relieve de collados y lomas antes de reunirse en las partes bajas.
Ese paisaje plantea una tarea concreta para quienes viven en él: conducir y disponer del agua. En el Guadalemar se construyó una gran balsa para suministrar a Fuenlabrada y a Garbayuela. Mucho antes de llegar a esa obra, el agua ya tenía otros puntos de paso y otros usos en la localidad: la Fuente Vieja abastecía al pueblo, y un pilón servía al ganado. El terreno no es un decorado de esa historia. Sus desniveles organizan el recorrido de los cursos de agua y acompañan las soluciones que sus habitantes construyeron.
De las sierras al Guadalemar
Las cifras de altura ayudan a imaginar el cambio de escala. Desde la cota de 848 metros del Quejigo hasta los 470 del río hay una diferencia de 378 metros dentro del término municipal. La sierra de la Rinconada llega a 840 metros y los Castrejones a 798. El núcleo, a 539 metros, queda entre las alturas y el cauce principal. Son referencias de un terreno quebrado: los arroyos discurren entre montes camino del Guadalemar, como describe la geografía local.
Para el agua, esa forma del relieve significa distintos tramos y destinos. Un curso pequeño puede recorrer una vaguada entre lomas; el río reúne las aguas en una cota más baja. La descripción del término registra esos arroyos y su dirección general, pero no asigna a cada uno un caudal ni un recorrido detallado. Lo que sí se conoce es el resultado humano de intervenir en uno de los cauces principales: sobre el Guadalemar se levantó una presa que forma una balsa destinada al abastecimiento de dos localidades.
Pizarras y esquistos bajo las lomas
El sustrato añade otra pieza al paisaje. En la clasificación geotécnica municipal predominan las pizarras y los esquistos: representan el 84,10 % de las categorías registradas. También aparecen arcillas y margas sobreconsolidadas, descritas como duras, con un 5,56 %. Son materiales concretos, no una identificación de la roca bajo cada casa o cada obra. La información caracteriza el término en conjunto; por eso no permite asegurar que la presa, la Fuente Vieja o un edificio estén asentados sobre una unidad determinada.
El estudio describe las formaciones de manera general como impermeables o de permeabilidad muy baja. Eso no significa que toda el agua resbale sin penetrar: la alteración de la roca y sus fisuras pueden abrir vías por las que se acumule agua en acuíferos superficiales. Según la misma clasificación, suelen ser poco extensos y de baja productividad, aunque localmente pueden tener interés. La diferencia importa: el agua no atraviesa necesariamente el sustrato de manera uniforme, y las grietas o zonas alteradas pueden cambiar su paso.
Esta explicación ofrece un marco para entender el terreno, no una causa única de cada arroyo. En Fuenlabrada, las corrientes pequeñas bajan entre montes hacia el Guadalemar, mientras que la clasificación geotécnica señala que algunas áreas del municipio pueden presentar movimientos actuales o potenciales de ladera, por deslizamiento o desprendimiento. No se atribuye ese proceso a una obra concreta. Sí recuerda que el relieve es dinámico y que las construcciones se sitúan en un paisaje con desniveles, materiales distintos y vías de agua.
La Fuente Vieja y el pilón de San Isidro
En el pueblo, el agua también se organizaba a escala cotidiana. La Fuente Vieja, situada cerca de la plaza, recibía agua de la dehesa y abastecía a la población. El pilón de San Isidro tenía otro destinatario: el ganado. No era una sola infraestructura para todas las necesidades, sino dos lugares con funciones diferentes. La fuente pertenecía al abastecimiento humano; el pilón permitía que los animales bebieran.
Las piedras también dejan rastro de esa relación. El pilón de San Isidro se construyó con grandes piedras procedentes de la Fuente Vieja. En 1975 se intervino en el emplazamiento: se construyó allí y el pilón se reconstruyó unos metros más abajo. El movimiento es pequeño en el mapa, pero concreto en la historia local: una estructura destinada al ganado cambió de posición, mientras la fuente y su agua seguían vinculadas al abastecimiento del pueblo.
Un camino rural atraviesa el paisaje abierto de Fuenlabrada de los Montes, con lomas al fondo: el relieve que encuadra los cursos de agua del término.
El episodio permite ver cómo el agua no era solo una corriente que atravesaba el término. También había que recogerla, acercarla a quien la necesitaba y asignarle un uso. De la dehesa a la fuente y de allí al pueblo, o desde el pilón hacia el ganado, cada infraestructura fijaba una etapa de ese recorrido. La información disponible no fecha con precisión la construcción original del pilón; sí conserva el cambio de 1975 y el origen de sus grandes piedras.
Una presa en el cauce del Guadalemar
La gran balsa amplió esa escala. Se construyó sobre el cauce del Guadalemar, en un paraje del término descrito como especialmente bello, con el objetivo de suministrar agua a Fuenlabrada y Garbayuela. La presa mide aproximadamente 60 metros de largo y 14 de alto. Es una obra reconocible por sus dimensiones y por el papel que cumple: retener agua en el cauce para disponer de ella como abastecimiento.
El cauce y la presa cuentan aquí una historia compartida. El río lleva el agua por una parte baja del relieve; la obra transforma ese paso en una reserva asociada a dos localidades. No hace falta atribuirle una sequía o una emergencia para entender lo que estaba en juego: el objetivo documentado era el suministro. La construcción no borra el recorrido natural, sino que introduce una estructura en él y cambia el modo en que el agua queda reunida y disponible.
A los pies del embalse se encuentra un complejo en torno a la Piscina Natural, con servicios turísticos, iluminación nocturna, aseos, barbacoas de piedra, merenderos y arbolado. El mismo entorno que alberga una infraestructura de abastecimiento tiene así un uso recreativo. La consecuencia visible ya no es solo la presa sobre el río: también hay un espacio organizado para recibir visitantes junto a la piscina. Son funciones distintas reunidas en el paisaje del Guadalemar.
El Pingote y un suelo desnivelado
En la entrada del pueblo, el Rollo de Santa Ana —conocido como El Pingote— ofrece otro ejemplo de cómo una construcción se acomoda a un terreno irregular. Es una columna de granito, formada por varios tambores y coronada por un remate piramidal, elevada sobre gradas. Se fecha aproximadamente hacia 1200 y señalaba que la localidad era una villa con derechos y justicia propios. El granito describe el material del monumento; no demuestra que proceda del subsuelo inmediato.
En 1973 se arregló el terreno, que estaba muy desnivelado, para dejarlo más llano y asegurar la base. Poco después se colocaron las gradas de piedra y cemento. La intervención muestra un conflicto práctico y su resultado: la diferencia de nivel exigió acondicionar el emplazamiento y estabilizar el apoyo de la columna. El monumento permaneció, pero su base y el espacio que la rodeaba se ajustaron para sostenerlo.
Al lado del rollo está la ermita de Santa Ana, construida en piedra y ladrillo en 1534. La presencia de estos edificios no permite identificar toda la geología del pueblo, pero sí deja ver una relación cotidiana con materiales y soportes: los monumentos se levantan sobre un espacio que puede requerir ajustes, como ocurrió con la base del Pingote. La geología municipal aporta el marco de pizarras, esquistos y otros materiales; cada emplazamiento, en cambio, tiene su propia historia constructiva.
Un recorrido que termina en el río
Desde las lomas, los arroyos encuentran el camino hacia el Guadalemar. En el pueblo, la Fuente Vieja y el pilón distribuyeron agua para personas y ganado; en el cauce, la balsa reunió una infraestructura de abastecimiento para Fuenlabrada y Garbayuela. No son etapas que deban confundirse ni una prueba de que una obra causara la otra. Son respuestas locales distintas a una misma presencia: el agua que atraviesa un relieve de sierras, collados y cauces.
El episodio de la balsa acabó convirtiendo un tramo del Guadalemar en reserva para el suministro y dejó, a sus pies, un espacio recreativo alrededor de la Piscina Natural. El río sigue siendo el hilo que enlaza las alturas con la parte baja del término; la presa permanece como la obra que alteró ese paso para almacenar agua. Mirado desde las lomas, el descenso ya no conduce solo al cauce: también conduce a una decisión construida sobre él.
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