Folgueroles, el gres que dio forma a la comarca
En Folgueroles, el paisaje pasa de las lomas suaves de poniente a los barrancos del este. Bajo esa diversidad, las canteras de gres blando alimentaron un oficio que llevó la piedra desde el terreno hasta edificios y esculturas de la comarca.
La ermita de la Damunt, entre la vegetación de Folgueroles, en el paisaje donde se encuentran la Plana de Vic y el inicio de las Guilleries.
En Folgueroles, el terreno no ofrece una sola cara. Hacia poniente, el relieve es suave, salpicado de masías y pequeños montículos; al este, se vuelve abrupto, con barrancos y hondonadas llenas de vegetación. Entre esas dos escenas aparece un protagonista menos visible que las laderas: el gres blando de las canteras. Durante generaciones, esa roca fue también materia de trabajo. Los picapedreros la aprovecharon porque era dócil, y su uso llegó a buena parte de los edificios y esculturas de la comarca. La historia local enlaza así dos escalas: un paisaje variado y una piedra que salió de sus canteras para incorporarse a la vida construida de Osona.
El contraste del relieve no es una frontera abstracta. Folgueroles se encuentra a caballo entre la Plana de Vic y el inicio del macizo de las Guilleries, que accidenta el sector oriental del término. En un extremo dominan las formas suaves; en el otro, el terreno se repliega en hondonadas. Los torrentes de Folgueroles y del Lledoner recorren esos sectores abruptos; el primero es afluente del Gurri. No hace falta que el pueblo tenga una sola silueta para que el suelo importe: aquí, el terreno cambia de carácter en pocos kilómetros y ofrece distintos escenarios a quienes viven y trabajan en él.
Entre la Plana de Vic y las Guilleries
El torrente de Folgueroles y el Lledoner forman parte de una geografía de barrancos y vegetación, no de una llanura uniforme. Al oeste, el relieve más amable se reparte entre masías y elevaciones pequeñas; al este, las hondonadas marcan otro ritmo del paisaje. La descripción del municipio no atribuye a los torrentes la formación de cada barranco, pero sí los sitúa discurriendo por ese sector accidentado. Esa relación visible ayuda a leer el mapa local: el agua circula por los surcos del relieve y conecta el término con la red del Gurri.
En el subsuelo, el cuadro es también diverso. El estudio geotécnico de Folgueroles resume sus categorías como arcillas expansivas blancas o blandas, areniscas, conglomerados y flysch, y calizas, dolomías y mármoles. En esa clasificación, las arcillas representan el 68,75 %, el grupo de areniscas, conglomerados y flysch el 25 %, y los materiales carbonatados el 6,25 %. No son tres nombres para una misma piedra: el resumen distingue materiales diferentes dentro del término. Entre ellos, la arenisca importa especialmente para esta historia porque las canteras locales de gres blando dieron lugar al oficio de picapedrero.
El mismo estudio describe formaciones carbonatadas medianamente karstificadas y señala que a veces aparecen karsts importantes dispersos. También registra áreas con hundimientos kársticos actuales o potenciales. El karst es una forma de terreno asociada aquí a las formaciones carbonatadas; el dato no convierte cada barranco o cada parcela en un lugar de hundimiento, pero añade otro componente a la geología municipal. Junto a las arcillas y al conjunto de areniscas, conglomerados y flysch, esas rocas carbonatadas completan un subsuelo variado. El gres de las canteras, por tanto, es una parte concreta de una historia geológica más amplia, no la descripción de todo Folgueroles.
El gres blando encuentra sus manos
La piedra que puso en marcha el oficio tenía una cualidad decisiva para la construcción: su docilidad. Las canteras de gres blando eran abundantes en Folgueroles, y de ellas surgió el trabajo de los picapedreros. La relación entre recurso y oficio está documentada de manera directa: había canteras, había una piedra apreciada por su facilidad de trabajo y hubo personas que hicieron de esa materia una actividad reconocida. El material dejaba de ser solo parte del terreno y pasaba a ser algo que se podía escoger y trabajar para construir.
Ahí está el conflicto que organiza esta historia: la piedra debía abandonar su lugar de origen y cambiar de forma para servir a otros usos. El gres era blando, pero esa propiedad no lo convertía por sí sola en arquitectura; hacía falta el oficio de quienes trabajaban la piedra. El registro no detalla las herramientas ni los pasos de cada encargo, así que la transformación puede contarse sin inventar una escena: las canteras aportaban el material, y los picapedreros lo trabajaban para la construcción. Su docilidad era una ventaja práctica, la razón por la que se valoraba en la comarca.
El reloj de sol de la Plaça Verdaguer, 7, comparte pared con una fábrica de mampostería visible en el pueblo.
La imagen de una pared de Folgueroles acerca al lector a la arquitectura cotidiana del pueblo, aunque una fotografía no permite identificar por sí sola el material de cada muro. El dato que sí acompaña a la historia es más amplio: el gres de las canteras se utilizó en buena parte de los edificios y esculturas de la comarca. Así, el recorrido de la piedra no queda encerrado en el límite de la cantera ni en el de una casa concreta. El oficio la conectó con un paisaje construido de alcance comarcal, donde la roca trabajada podía formar parte tanto de edificios como de esculturas.
La importancia de los picapedreros aparece junto a otras formas de trabajo local. La actividad principal de los habitantes estuvo relacionada con las tareas agrícolas; durante la Edad Moderna y hasta el siglo XIX, la agricultura se complementó con industria textil rural y doméstica. No hay que fundir esas ocupaciones en una sola historia ni suponer que la cantera reemplazó al campo o al trabajo textil. El dato importante es la convivencia de actividades distintas en la economía local: el cultivo como dedicación principal, la producción textil como complemento durante un largo periodo y el oficio de la piedra asociado a las canteras abundantes.
Un nombre antiguo, un oficio reconocible
Folgueroles también aparece en documentos con formas antiguas de su nombre. La forma «Felgeirolas» figura en referencias fechadas en 898 y 908; después aparecen otras variantes, entre ellas «Felgarolis», en 1067, y «Folguiroles», en 1330. La secuencia no cuenta por sí sola la historia de las canteras ni demuestra que el oficio tuviera la misma antigüedad. Sí coloca a la localidad en una larga cronología documental. La explicación recogida para el topónimo lo relaciona con falguera, palabra catalana para helecho, mientras que la forma oficial conserva un radical antiguo. El nombre, como la piedra, guarda una historia de cambios, aunque son huellas distintas.
En el paisaje, los contrastes siguen ofreciendo una imagen reconocible del municipio: masías y pequeños montículos hacia poniente; torrentes, barrancos y hondonadas vegetadas hacia levante. En el subsuelo, las categorías del estudio geotécnico amplían esa lectura con arcillas, areniscas, conglomerados, flysch y materiales carbonatados. Y, dentro de esa variedad, el gres blando posee una historia humana concreta: su abundancia dio lugar a un oficio y su docilidad lo hizo apreciado para la construcción. La geología local no explica automáticamente cada actividad del pueblo, pero sí permite entender por qué esa piedra se convirtió en un recurso valorado.
El recorrido de los picapedreros desemboca en un resultado claro: el material extraído en las canteras de Folgueroles encontró uso en buena parte de los edificios y esculturas de la comarca. El oficio transformó una característica de la roca en una posibilidad de trabajo y llevó esa materia más allá de su punto de origen. Mientras tanto, el campo siguió siendo la actividad principal y otras labores, como la industria textil rural y doméstica, completaron la economía durante siglos. En Folgueroles, el gres no cuenta toda la historia del terreno ni de sus habitantes; sí cuenta cómo una piedra blanda llegó a tener presencia en el paisaje construido de Osona.
Al volver la mirada desde las construcciones hacia las lomas y los barrancos, el terreno deja de ser un simple fondo. Sus materiales ofrecen recursos distintos, y uno de ellos, el gres de las canteras, vinculó la roca con el oficio de picapedrero y con edificios y esculturas de la comarca. La piedra cambió de lugar y de función; el relieve de Folgueroles siguió mostrando sus dos caras. Esa es la huella que reúne ambas historias: una roca local que encontró camino en la arquitectura comarcal.
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