Ezcaray, entre la peña y los paños
La Real Fábrica de Paños convirtió Ezcaray en un foco de trabajo y atrajo nuevos habitantes al valle. Para entender cómo creció aquella industria —y cómo la guerra la puso a prueba— hay que empezar por la Peña de San Torcuato y el terreno que enmarca la localidad.
Ezcaray y el relieve montañoso que enmarca el valle, visto al atardecer.
Ezcaray se asienta en un valle de la vertiente norte del Sistema Ibérico. A su entrada se alza la Peña de San Torcuato, una peña de unos 200 metros de altura que domina el paso. El nombre de la localidad se ha relacionado con el euskera haitz-garai, «peña alta», quizá en referencia a ese relieve. Mucho después, la lana y una fábrica real darían al valle otra clase de protagonismo: trabajo, crecimiento y, durante la guerra, un motivo para disputárselo.
Un valle de pizarras y esquistos
El sustrato ayuda a situar esta historia, aunque no explica por sí solo las decisiones de quienes vivieron aquí. En la clasificación geotécnica del término municipal predominan las pizarras y los esquistos, que representan el 77,38 %; las areniscas, los conglomerados y el flysch suman el 11,58 %. Son grupos de materiales distintos, distribuidos en la escala del municipio: el dato describe el marco geológico de Ezcaray, no identifica la roca de un edificio concreto.
En ese paisaje de valle y peñas se encadenaron distintas formas de ocupar el territorio. La altura de San Torcuato destaca en la entrada, mientras que la localidad queda situada bajo la peña. No hace falta atribuir a las rocas una edad o un origen que no consta para reconocer su papel en la escena: el relieve ofrece el marco local en que se asentaron poblaciones, se organizó el valle y, siglos después, prosperó la industria lanera.
San Torcuato guarda las primeras huellas
Las primeras señales de poblamiento conocidas en la zona son neolíticas. Entre ellas figuran hachas pulimentadas halladas en Ezcaray, Ojacastro y Tres Fuentes, en Valgañón; allí también se localiza una cueva-habitación. Son huellas de presencia humana muy anteriores a la villa medieval y permiten seguir la ocupación del entorno a través de lugares distintos del valle.
Con la llegada de Roma, colonos se establecieron en las faldas de la Picota de San Torcuato y levantaron un castro en la cima. La presencia romana quedó acreditada también por monedas de tiempos de Trajano y por túmulos funerarios encontrados a comienzos del siglo XX en el solar de la ermita de la Virgen de Allende. Las evidencias apuntan a una ocupación del valle en varios puntos; no convierten esos hallazgos en una sola escena, pero sí enlazan la peña, las laderas y los asentamientos de distintas épocas.
La villa se afianza en el valle
En 711, durante la invasión musulmana de la península, el valle quedó despoblado. En la Peña de San Torcuato se levantó una atalaya para controlar y proteger la entrada, aunque hoy no quedan vestigios de ella. En el siglo X, Sancho Garcés I arrebató el valle a los musulmanes y los reyes navarros fundaron Ezcaray con la intención de repoblar la zona fronteriza. La localidad empezó así a consolidarse bajo la peña que había dado nombre al lugar.
El valle cambió de manos y de organización política. En 1076 pasó a Castilla, y en 1312 Fernando IV concedió a Ezcaray un fuero poblacional para reforzarlo. El Fuero de Valdezcaray o de Las Villas siguió vigente hasta el siglo XIX, con sucesivas confirmaciones. El euskera permaneció en el valle hasta el siglo XIV; en Ojacastro, la justicia castellana había reconocido en el siglo anterior el derecho de sus habitantes a declarar en esa lengua durante los juicios.
En el siglo XIV, Enrique II cedió tierras del valle a las familias Leiva y Manrique de Lara. A finales del siglo XV, los Manrique de Lara reunieron también las tierras de los Leiva y fundaron el señorío de Valdezcaray, que perduró hasta la caída del antiguo régimen en el siglo XIX. El valle no fue solo un paso entre montañas: fue un territorio poblado, disputado y gobernado, con sus propios derechos y señores.
La lana transforma Ezcaray
En el siglo XVI, Ezcaray y otras zonas serranas de La Rioja empezaron a desarrollar pequeños talleres de manufactura lanera. Su producción fue ganando fama regional durante ese siglo. El avance no fue continuo: en el XVII la industria retrocedió y no se recuperó hasta el siguiente. La tradición de trabajar la lana ya estaba ahí cuando, en el siglo XVIII, un proyecto de desarrollo económico impulsó las Reales Fábricas.
Por su tradición lanera y su riqueza en materias primas, se decidió trasladar a Ezcaray la fábrica de paños de Mansilla. Nació así la Real Fábrica de Paños de Santa Bárbara, llamada en honor a Bárbara de Braganza, consorte de Fernando VI. La fábrica cambió la escala de la actividad local: la población se triplicó con la llegada de emigrantes de varias regiones, entre ellos vascos y navarros dedicados a la minería y especialistas catalanes y belgas. A mediados de siglo, por su mala gestión, pasó a manos de los Cinco Gremios Mayores de Madrid.
El nuevo impulso económico tenía una cara frágil. A comienzos del siglo XIX, la fábrica y la villa iniciaron un lento declive, atribuido a la falta de calidad de los tejidos y al auge de la industria textil catalana. La Real Sociedad Económica de La Rioja, en la que Ezcaray participó entre 1790 y 1801, había reunido a varios municipios conforme a los ideales ilustrados; pero los proyectos de desarrollo no bastaban para neutralizar la competencia ni los problemas propios de la fábrica.
Hayedo junto al GR-190, en el entorno de Ezcaray.
La Real Fábrica bajo presión
La guerra de la Independencia llevó el conflicto hasta la villa y su industria. En 1808, las tropas imperiales francesas se establecieron en Haro y exigieron al ayuntamiento de Ezcaray ganado, tejidos de la Real Fábrica, dinero y otros recursos para la guerra de Portugal. La presión aumentó con la presencia de un regimiento suizo en Santo Domingo de la Calzada. Para reunir los pagos, Ezcaray tuvo que vender terrenos municipales y del cabildo, entre ellos el prado del Cardizal, y utilizar bienes de la cofradía de la Virgen de Allende.
Las exigencias no evitaron que varios contingentes acabaran instalándose en la villa por falta de pagos. Su presencia causó daños en la industria local, que ya atravesaba un declive. En 1809, las tropas españolas del general Bartolomé Amor emprendieron acciones contra las fuerzas francesas allí establecidas. La posición de Ezcaray y su fábrica la convertían en un lugar codiciado, pero el coste del conflicto recaía sobre los recursos y la actividad de la propia población.
En 1812 llegó a la villa el guerrillero Espoz y Mina, camino de Burgos, para pedir al conde duque de Wellington uniformes y pertrechos. Allí recibió la noticia de que Wellington se retiraba a Valladolid y levantaba el asedio de Burgos. Un año después, en 1813, el cura Merino liberó Ezcaray de manos francesas. El 25 de marzo, el general Longa envió un batallón para protegerla.
El Cardizal cierra la batalla
El 18 de junio de 1813, un contingente francés en retirada —5.000 hombres y 300 caballos— atacó la villa, defendida por el batallón del cuarto ejército español. Los defensores resistieron durante tres horas. Después, granaderos españoles, apoyados por dos piezas de artillería, arrojaron a las tropas francesas hacia las afueras, sobre los campos de El Cardizal. Allí acabó la batalla de Ezcaray.
La resolución militar no devolvió a la Real Fábrica el auge del siglo anterior. La industria había empezado a declinar por sus tejidos y la competencia catalana; la guerra añadió daños y exigencias sobre una villa que tuvo que vender terrenos y bienes para responder a ellas. El episodio terminó con la retirada francesa del campo de batalla y la defensa de Ezcaray. La fábrica, que había triplicado la población, quedó dentro de un lento declive.
Al mirar desde el valle hacia San Torcuato, la peña sigue marcando la entrada de Ezcaray. Bajo ese relieve se sucedieron asentamientos, fueros, talleres y una fábrica que atrajo trabajadores y acabó convertida en objetivo militar. La altura dio nombre al lugar; la historia de la lana muestra cómo una comunidad transformó su vida en ese escenario y qué difícil fue sostener aquel impulso.
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