El Pedernoso, entre lagunas y roca
A pocos pasos de La Motilla, la llanura de El Pedernoso guarda la huella de un poblado de la Edad del Bronce. Mucho después, sus lagunas aparecen en una crónica medieval, mientras bajo el término se reconocen rocas capaces de karstificarse.
La Celadilla, paraje natural de El Pedernoso, se abre junto a la llanura manchega.
En El Pedernoso, el horizonte parece dejar sitio a la tierra: campos abiertos, caminos y un pueblo que enlaza con el paisaje manchego. Pero a unos quinientos pasos del núcleo, un montículo cambia la escala de la mirada. Es La Motilla, asociada a un poblado de la Edad del Bronce. Y en las páginas medievales surge otra imagen, distinta y cercana: aves migratorias que acudían a las lagunas del lugar. Entre ese relieve y esas aguas se despliega una historia de permanencias y cambios, con el terreno como escenario y también como materia.
La Motilla conserva una huella antigua
La Motilla se identifica como un montículo correspondiente a un poblado de la Segunda Edad del Bronce, fechado entre 1700 y 1300 antes de nuestra era. La referencia sitúa allí uno de los asentamientos más antiguos conocidos en las inmediaciones de El Pedernoso. No hace falta imaginar sus casas o sus habitantes para percibir el alcance de esa fecha: el lugar que hoy se reconoce como un montículo fue el emplazamiento de una comunidad hace más de tres mil años.
La huella es modesta frente a la extensión de la llanura, pero tiene una fuerza especial: concentra en un punto una presencia humana muy anterior a los documentos escritos que luego nombrarán la villa. La información disponible no explica cómo se construyó el poblado ni qué relación exacta tuvo con las aguas cercanas. Sí permite seguir un primer episodio completo: hubo un asentamiento de la Edad del Bronce en La Motilla y su rastro perdura en el relieve y en la memoria local.
Las rocas bajo la llanura
El subsuelo municipal no se reduce a un único material. El estudio geotécnico de El Pedernoso incluye, entre sus principales categorías, terrenos de calizas, dolomías y mármoles, que representan el 44,78 %; yesos, anhidrita y sales, con un 39,71 %; y gravas y arenas compactas, con un 3,62 %. Son proporciones referidas al término municipal: no identifican por sí solas la roca bajo La Motilla, una casa concreta o un edificio histórico.
Las calizas y las dolomías son rocas carbonatadas. En las zonas que las contienen, el estudio señala una karstificación mediana y la presencia, a veces, de formas kársticas importantes dispersas. Karstificación es el proceso por el que el agua disuelve lentamente parte de una roca soluble y ensancha sus grietas. Con el tiempo pueden formarse huecos; si el terreno pierde apoyo cerca de la superficie, cabe que se produzca un hundimiento. El estudio registra áreas con hundimientos kársticos actuales o potenciales en formaciones carbonatadas.
Ese proceso no convierte toda la llanura en terreno hueco ni permite señalar un punto concreto como afectado. Describe una posibilidad ligada a determinadas formaciones dentro del municipio. Junto a los carbonatos, la clasificación incluye yesos, anhidrita y sales, además de gravas y arenas compactas: materiales distintos que componen un subsuelo variado. Así, el relieve aparentemente sencillo de El Pedernoso se apoya sobre una estructura menos uniforme de lo que su horizonte sugiere.
Las lagunas entran en la historia
En la Edad Media, las aguas del entorno aparecen en un relato de caza. Don Juan Manuel, en su libro Sobre la caza, menciona El Pedernoso como buen lugar para capturar ánades, garzas y grullas que acudían a sus lagunas durante la migración. No es una descripción geológica ni permite reconstruir la forma o extensión de aquellos humedales. Sí fija una imagen reconocible: en ciertas temporadas, las lagunas atraían aves y formaban parte de la vida de este territorio.
Un documento de 1275 confirma que la dehesa del Campo del Aljibe pertenecía a la villa. Ese dato y la mención de las lagunas hablan de un paisaje en el que los lugares y sus recursos tenían importancia para las comunidades, aunque no explican por sí solos cómo se formaron las aguas o cómo se aprovechaba cada parcela. El campo abierto actual ayuda a situar esa relación entre núcleo y entorno, sin convertir el paisaje de hoy en una réplica exacta del medieval.
El camino a las Celadillas muestra la continuidad entre el pueblo y el campo que rodea El Pedernoso.
El camino a las Celadillas muestra esa continuidad visual entre el pueblo y la llanura. La fotografía no reconstruye las lagunas medievales: acerca, en cambio, la escala del territorio en el que las fuentes sitúan sus referencias. Al volver de esa imagen a La Motilla, dos huellas distintas quedan enlazadas por la misma geografía local: el montículo de un asentamiento antiguo y las aguas que, siglos después, atraían aves migratorias.
En 1479, tres pueblos reclaman su lugar
La historia de El Pedernoso también tuvo un conflicto político concreto. En 1479, El Pedernoso, Las Pedroñeras y Las Mesas se levantaron para reclamar que su dependencia pasara a la Corona. El marqués de Villena trató de imponer su autoridad sobre aquellos pueblos; los Reyes enviaron a Jorge Manrique, que recibió a las villas en nombre de la Corona. El resultado fue un cambio de señorío y de condición: los pueblos fueron reconocidos como villas.
La llanura no explica por sí sola aquella disputa, y no hay base para atribuir el levantamiento a una condición geológica. Pero el episodio sucedió en el mismo territorio que llevaba mucho tiempo acogiendo asentamientos, dehesas y lagunas. El contraste ayuda a leer sus distintas escalas: los poderes y las fronteras podían cambiar en un año decisivo; el relieve, en cambio, conservaba señales de ocupaciones mucho más antiguas y seguía transformándose lentamente.
En ese mismo marco de circulación y actividad, las referencias históricas mencionan las posadas de Arriba y de Abajo y el barrio de Los Mesones. Son nombres que evocan el papel de paso atribuido a la villa, aunque no cambian el desenlace de 1479: la reclamación de las tres poblaciones se tradujo en su incorporación a la Corona como villas. El paisaje abierto servía de marco a una vida local que, además de asentarse, se movía y se relacionaba con otros lugares.
La llanura sigue junto al pueblo
Hoy, la imagen de El Pedernoso sigue uniendo núcleo y campo. La información turística de Castilla-La Mancha describe una población de identidad agrícola, rodeada por las llanuras manchegas y vinculada a la tradición cerealista y vitivinícola de la comarca. Esa continuidad permite volver a la pregunta que plantean La Motilla y las lagunas: cómo un mismo territorio ha reunido asentamientos, recursos y formas de vida distintas, sin que una sola huella explique todas las demás.
La roca ofrece una respuesta parcial, pero concreta. En las formaciones carbonatadas señaladas por el estudio geotécnico puede actuar la disolución que genera karst; en otras partes del término aparecen yesos, anhidrita y sales, o gravas y arenas compactas. No se puede trasladar automáticamente esa clasificación a un monumento o a un paraje determinado. Sí permite saber que bajo la llanura coexisten materiales diferentes y que algunos sectores carbonatados pueden experimentar hundimientos.
La Motilla sigue siendo el signo más antiguo de esta historia: un montículo asociado a un poblado de la Edad del Bronce, a poca distancia del pueblo. Las lagunas, por su parte, permanecen en la crónica medieval como lugares que recibían aves en migración; y el conflicto de 1479 dejó un resultado político preciso, el reconocimiento de El Pedernoso y sus pueblos vecinos como villas de la Corona. La llanura no guarda una sola historia, sino varias, superpuestas sin confundirse.
Al mirar de nuevo hacia La Motilla, el montículo ya no es solo una elevación en el campo. Es la huella visible de una comunidad antigua en un territorio cuyo subsuelo conserva otras transformaciones, más lentas y menos evidentes. Entre roca, agua y memoria, El Pedernoso sigue teniendo el horizonte abierto; ahora también deja ver cuánto tiempo cabe en él.
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