El Bonillo, de las vaguadas al pueblo
Antes de que El Bonillo reuniera a sus habitantes en un solo núcleo, tres aldeas ocupaban vaguadas que podían inundarse cuando llegaban las lluvias. Entre los siglos XII y XIII, el paisaje acompañó una transformación cuyo rastro todavía se reconoce en el término.
El Bonillo en otoño, con el núcleo y la torre de Santa Catalina recortados sobre el paisaje.
El Bonillo se encuentra a 1.060 metros de altitud, en un territorio de cabeceras fluviales y pequeñas lagunas. Pero su historia como pueblo no comenzó con un núcleo único: Sotuélamos, San Miguel de Susaña y Santa Catalina fueron asentamientos distintos. La explicación tradicional de su unión mira primero al terreno. Las vaguadas donde se encontraban podían inundarse en época de lluvias; en cambio, alrededor de El Bonillo había caza y buenas tierras.
Sotuélamos y Susaña, aldeas en las vaguadas
Entre los siglos XII y XIII, aquellas tres poblaciones se unieron en Cerro Bueno, en el lugar donde se encontraba una pequeña iglesia gótica y donde se formó el actual El Bonillo. No fue solo un cambio de nombre en el mapa: el poblamiento disperso dio paso a un centro compartido. La explicación histórica señala que las vaguadas inundables pesaron en esa decisión, aunque también menciona la caza abundante y la calidad de las tierras como ventajas del entorno.
La historia local conserva señales de esos orígenes en lugares distintos. Sotuélamos mantiene su ermita y la aldea; de San Miguel de Susaña quedan, entre otros vestigios, la espadaña de la iglesia y las ruinas de una antigua posada conocida como Casa Redonda. Santa Catalina, vinculada a una iglesia románica, completa el grupo. La tradición de muchos núcleos cercanos entre sí se apoya también en restos de iglesias y ermitas dispersos por el término.
La unión de las aldeas parece confirmada por la investigación histórica y arqueológica. Su contexto político también cambió: tras la conquista de Alcaraz por Alfonso VIII, en 1213, el territorio quedó incluido en un amplio alfoz, una jurisdicción dependiente de la villa, y fue repoblado con colonos castellanos. El Bonillo formó parte de ese espacio antes de obtener su segregación en 1538. Así, un asentamiento nuevo en Cerro Bueno fue creciendo dentro de una organización territorial que al principio tenía su centro en Alcaraz.
Los Barreros, entre dos cuencas
El emplazamiento de El Bonillo se entiende mejor al ampliar la mirada. El término se sitúa en la divisoria hidrográfica entre las cabeceras del Guadiana Alto y la cuenca del río Lezuza, afluente del Júcar. Una divisoria es el terreno que separa las aguas que alimentan cuencas diferentes. Aquí no es una línea abstracta: el relieve reúne nacimientos de cursos de agua que parten hacia sistemas fluviales distintos.
Los Barreros, a 1.102 metros, es la segunda cumbre más alta del Campo de Montiel y uno de los puntos principales de recarga del sistema acuífero 24. En el municipio nacen, entre otros, el Córcoles y el Lezuza, además de las primeras fuentes de cabecera del Guadiana Alto, como el arroyo Alarconcillo, que aporta agua a las Lagunas de Ruidera en periodos lluviosos. El Córcoles desciende hasta los 850 metros en el límite altitudinal del término: entre ese punto y Los Barreros hay 252 metros de diferencia.
El paisaje actual también deja ver el contraste entre el núcleo habitado y el territorio abierto que lo rodea. El campo de entrenamiento del golf de El Bonillo ofrece una imagen contemporánea de ese espacio municipal; las aldeas medievales, en cambio, sitúan su historia en vaguadas y en un asentamiento que acabó concentrándose en Cerro Bueno.
El campo de entrenamiento del golf de El Bonillo muestra una vista actual del paisaje abierto del municipio.
Calizas y dolomías bajo el paisaje
En la clasificación geotécnica de El Bonillo, la categoría «Calizas, Dolomías y Mármoles» representa el 100 % de los suelos registrados. Es una descripción a escala municipal: identifica los materiales que agrupa el estudio, no la roca concreta bajo cada edificio o cada resto arqueológico. En el sector oriental, cerca del límite con Lezuza, la descripción del paisaje sí destaca un zócalo calizo-dolomítico, es decir, una base de calizas y dolomías.
Estas rocas no aparecen aquí como una lista aislada. El sustrato calizo-dolomítico participa en una transformación muy visible: su disolución ha dado lugar a hundimientos y depresiones kársticas. El karst es el relieve que se forma cuando el agua disuelve rocas solubles, creando huecos y formas hundidas. En El Bonillo, esa acción se reconoce en un conjunto de navajos, esteros y lagunas, no en un único lago continuo.
El estudio geotécnico aporta además una lectura general de la permeabilidad: describe acuíferos extensos, discontinuos y locales, con permeabilidad y producción moderadas. Esa clasificación ayuda a entender que el agua subterránea forma parte del paisaje, aunque no dibuja una reserva uniforme bajo todo el municipio. En la superficie, la relación entre roca y agua adopta formas concretas: depresiones ligadas a la disolución y cursos que nacen en las zonas altas.
Navalcudia, las depresiones que reciben el agua
Junto al límite oriental se extiende el complejo de Navalcudia-Susaña, compuesto por una veintena de pequeños navajos o esteros; algunos superan las 50 hectáreas. Están ligados a un mismo origen: hundimientos de disolución en el zócalo calizo-dolomítico. No son simples charcos repartidos al azar, sino formas conectadas por el proceso que modeló las depresiones. Sus nombres —Navalcudia, Navajoluengo, Nava Redonda, Los Melchores y Navajo Guijoso, entre otros— dan distintas referencias locales a ese conjunto.
Las lagunas endorreicas aparecen en épocas de lluvias importantes. «Endorreica» significa que el agua queda en una cuenca sin salida hacia un río exterior. Así, el mismo término municipal reúne dos maneras distintas de relacionarse con el agua: cursos que nacen en las cabeceras y siguen hacia cuencas mayores, y depresiones donde se forman lagunas estacionales. La roca no determina por sí sola cada episodio de lluvia, pero su disolución dejó las formas hundidas que distinguen este rincón oriental.
Santa Catalina y las huellas de un territorio habitado
El movimiento de las aldeas no borró el uso humano de los otros lugares. Cerca de Santa Catalina estaban las Salinas de Pinilla, consideradas de antigüedad muy remota. La fuente local indica que los romanos las aprovechaban y que en las inmediaciones se descubrieron restos de un campamento romano. En 1620 pasaron a ser propiedad real con el nombre de Real Saladero de Pinilla; después de la desamortización de Mendizábal, quedaron en manos privadas.
También San Miguel de Susaña conserva la huella de una circulación antigua. Allí se encuentran restos de la Casa Redonda y vestigios de una calzada romana que comunicaba la antigua Libisosa, hoy Lezuza, con Laminio, en Alhambra. En los terrenos cercanos, los labradores habían encontrado cerámicas y monedas romanas. Son rastros de épocas diferentes, pero todos se distribuyen por el mismo término donde las aldeas medievales acabaron reuniéndose.
El resultado de aquella transformación fue un pueblo asentado en Cerro Bueno, mientras Sotuélamos, Susaña y Santa Catalina conservaron vestigios de sus historias propias. Las vaguadas inundables quedaron atrás como explicación del traslado; las calizas y dolomías siguieron dando forma a depresiones y a zonas de nacimiento de agua. Hoy, entre el núcleo elevado y los navajos de Navalcudia, permanece el paisaje que hizo posible reconocer tanto la dispersión como la reunión de los antiguos asentamientos.
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