Carcabuey, entre calizas y memoria
En Carcabuey, dos parajes muy distintos conservan algunas de las huellas humanas más antiguas de la Subbética cordobesa. Seguirlas lleva desde las laderas calizas que enmarcan el municipio hasta los lugares donde cazadores prehistóricos dejaron sus herramientas.
Vista aérea de Carcabuey, rodeada por olivares y elevaciones que enmarcan el municipio.
En la suave loma de la Fuente de las Palomas y en la elevación del Castillejo, las hojitas de sílex acercan a los primeros habitantes conocidos de Carcabuey. No vivieron en un paisaje uniforme: uno de esos lugares es hoy un olivar; el otro destaca sobre el entorno por su altura y su carácter estratégico. Entre ambos se dibuja una historia de elección y adaptación, en un municipio donde las sierras, los valles y las calizas marcan el terreno.
Fuente de las Palomas y Castillejo: dos escenarios
Las primeras evidencias de presencia humana en Carcabuey corresponden al Epipaleolítico, entre el 9000 y el 6000 a. C. En la Fuente de las Palomas y en el Castillejo aparecieron abundantes hojitas de sílex, parte de una industria lítica —herramientas hechas de piedra— que permite reconocer a aquellos grupos mucho antes de que existieran los campos de olivos actuales. Los restos materiales no cuentan una jornada concreta, pero sí señalan dos lugares utilizados por cazadores especializados de la Prehistoria.
La diferencia entre ambos parajes importa. La Fuente de las Palomas ocupa una loma suave; el Castillejo, una elevación más marcada, con cierto carácter estratégico. Los dos eran propicios para la caza, según la descripción de los yacimientos, aunque ofrecían posiciones distintas. El terreno no fue un simple telón de fondo: sus formas ofrecían opciones diversas a quienes se movían por la comarca. Las herramientas encontradas son la huella material de esa relación; no hace falta imaginar una escena de caza para percibir el contraste entre los dos emplazamientos.
El pasillo calizo que encierra los valles
Para comprender esos escenarios hay que mirar alrededor. Carcabuey ocupa tierras separadas por las alineaciones de los macizos de Cabra-Luque y Rute-Horconera. Entre ellas se extiende un pasillo de menor altitud que las tierras circundantes, pero de relieve áspero y accidentado. Los ríos Palancar y Morisco cruzan buena parte del municipio entre sierras menores y elevaciones. Desde el fondo de los valles, las cumbres de Lobatejo, Puerto Escaño, Gallinera y Pollos cierran el horizonte con pendientes empinadas.
La descripción geográfica local caracteriza ese pasillo como formado por materiales calizos levantados de manera irregular durante el Terciario. Las calizas son rocas carbonatadas; no son lo mismo que el suelo que hoy cubre una loma o sostiene un olivar. En la clasificación geotécnica del término, las calizas, dolomías y mármoles representan el 47,04 % de las categorías registradas; también figuran areniscas, conglomerados y flysch. Son datos de escala municipal: dibujan un sustrato variado, no identifican automáticamente la roca exacta bajo cada yacimiento o edificio.
El estudio geotécnico describe como muy karstificadas, en conjunto, las formaciones carbonatadas. La karstificación se produce cuando el agua disuelve lentamente ciertos componentes de la roca y puede abrir huecos o conductos. Ese proceso ayuda a entender por qué las calizas pueden formar paisajes con cavidades, pero no permite atribuir sin más un origen concreto a cada cueva de Carcabuey. Aquí, el dato esencial para seguir el relato es la presencia de un terreno calizo y montañoso, fragmentado en lomas, valles y elevaciones.
Carcabuey y su castillo en una panorámica del núcleo y las elevaciones próximas.
Las alturas y las cuevas cambian de papel
Las cumbres próximas alcanzan alturas notables: Lobatejo llega a 1.380 metros; Gallinera, a 1.097; Puerto Escaño, a 1.032; y Pollos, a 1.078. Desde el fondo de los valles, sus laderas empinadas hacen que los recorridos sean tortuosos. El paisaje actual reúne olivares, calizas blancas, matorral oscuro y membrillos. Esa combinación visible permite imaginar el relieve en sus dimensiones reales: no una llanura abierta, sino un mosaico de pendientes y pasos entre elevaciones.
En ese territorio, las cuevas de Sierra Alcaide, Gallinera, Jaula y Puerto Escaño tuvieron usos diversos. Entre las nombradas están las cuevas del Muerto, Gallinera, Palomas, Palanzuelo y Hierro; sirvieron como vivienda, lugares de enterramiento y santuarios pictóricos. No todas las huellas humanas se concentran, por tanto, en un único tipo de emplazamiento. Lomas suaves, elevaciones destacadas y cuevas forman un repertorio de lugares con historias distintas, extendido por las sierras y el entorno de la villa.
El Castillejo prolonga la historia
En el Castillejo, la ocupación fue prácticamente continua desde el Epipaleolítico hasta el Calcolítico, a juzgar por los hallazgos superficiales. Es una duración que supera ampliamente la etapa inicial de los cazadores especializados. Las hojitas de sílex sitúan allí las evidencias más antiguas descritas, pero la secuencia del lugar no se limita a ellas: el emplazamiento siguió reuniendo condiciones para ser habitado durante periodos posteriores. La elevación que primero reconocemos por su perfil también se convierte en un punto de referencia para leer esa persistencia.
El cambio de época no borró la importancia de la variedad del terreno. Con el Neolítico llegaron los primeros productores, que escogieron lugares muy diversos: desde cumbres poco accesibles de las sierras cercanas hasta tierras más bajas. La historia humana de Carcabuey, por tanto, no avanza en una línea sencilla desde la loma hacia la cumbre, ni se reduce a una comunidad instalada en un único sitio. Las huellas apuntan a elecciones repartidas por un paisaje complejo, mientras cambiaban las formas de vida.
La villa conserva otra capa de huellas
El territorio habitado tampoco quedó confinado a los parajes prehistóricos. En el interior de la villa actual, en el lugar donde hoy se alza el castillo, también se han encontrado rastros de aquellos antepasados. Esa continuidad de lugares enlaza el paisaje de las lomas y las sierras con el núcleo que reconocen los habitantes actuales. La geología no determina por sí sola quién ocupa cada sitio; ofrece el relieve sobre el que distintas comunidades dejaron señales de su paso.
En Carcabuey, la historia más antigua no termina con un abandono documentado de estos emplazamientos. Lo que muestran las evidencias es una larga ocupación del Castillejo y, después, la elección neolítica de lugares diversos, junto a huellas en cuevas y en el espacio de la villa actual. De la Fuente de las Palomas al Castillejo, sobreviven herramientas pequeñas frente a un paisaje de grandes formas: calizas levantadas, valles encajonados y cumbres que aún dominan el horizonte. La loma y la elevación siguen siendo distintas; las hojitas de sílex permiten verlas ahora también como dos capítulos de una misma historia local.
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