Cañamero, la peña que reunió al pueblo
Sobre Cañamero se alza la peña del castillo: una altura que dominó el valle y volvió una y otra vez al centro de la historia local. Bajo ella, las rocas fracturadas, los abrigos y los caminos acompañan un relato de frontera, asentamientos y regreso.
El valle a la salida de Cañamero, junto a la carretera CC-21.1, en el paisaje de las Villuercas.
La montaña que preside Cañamero no es un fondo distante: allí siguen los restos del castillo medieval, por encima del lugar que acabó reuniéndose a sus pies. Desde esa altura, el pueblo y el valle quedaban bajo la mirada de una fortaleza en un territorio fronterizo. La peña fue escenario de cambios de poder y, después, referencia para una población que volvió a agruparse debajo de ella. Para comprender por qué ese lugar se reconoce todavía en el paisaje, conviene mirar primero el relieve: las cumbres de la zona están coronadas por cuarcita, una roca dura y muy fracturada, mientras que el valle abre un espacio distinto para el agua y los asentamientos.
El Castillo domina el valle
El nombre de El Castillo identifica la peña que sobresale sobre Cañamero. Allí se levantó un fortín durante la época visigoda, y más tarde se construyó el castillo medieval cuyos restos permanecen en la montaña. No hace falta atribuir a la roca una función que no consta para advertir la ventaja del emplazamiento: la fortaleza dominaba el pueblo y ocupaba una posición estratégica en la defensa de la frontera. El relieve convertía la altura en un punto de referencia y de control.
La relación entre la peña y el caserío cambió con los siglos. La fortaleza fue ocupada, reforzada y disputada; el poblamiento, en cambio, acabó concentrándose debajo de ella. Esa vecindad es el hilo que une la geología con la historia: no porque la cuarcita decidiera quién gobernaba, sino porque la forma del terreno ofrecía una elevación reconocible en un paisaje de valles y sierras. La montaña permaneció mientras cambiaban quienes buscaban controlarla.
La cuarcita y las pedreras
En las alturas de Cañamero, la cuarcita corona las cumbres. Es una roca dura, atravesada por múltiples fracturas; con el tiempo, esas roturas han dado lugar a extensas pedreras, acumulaciones de fragmentos de roca características de la zona. El contraste es visible en la descripción del paisaje: arriba, las cimas rocosas; abajo, el valle donde se asienta el pueblo. La roca no es un decorado uniforme, sino una parte resistente y quebrada del relieve.
La información geotécnica ofrece otra perspectiva, a escala del término municipal: clasifica el 85,69 % como pizarras y esquistos, y el 4,58 % como areniscas, conglomerados y flysch. Son categorías que describen el conjunto municipal, no la composición exacta de cada ladera o de la peña del castillo. Junto a la cuarcita de las cumbres, permiten reconocer un paisaje geológico variado sin convertir una clasificación general en una identificación puntual.
También el agua ayuda a situar el escenario. Cañamero se asienta en un valle formado por el río Ruecas, afluente del Guadiana. En torno a sus corrientes aparecen bosques de alisos estrechos y alargados. La altura rocosa y el fondo del valle no cuentan la misma historia: las cumbres destacan y se fragmentan; el valle reúne agua, vegetación y lugares habitables. Esa diferencia acompaña la sucesión de huellas humanas que se conservan en la zona.
Cueva Chiquita guarda una huella anterior
Mucho antes de que el castillo dominara el caserío, las paredes de un abrigo junto al alto curso del Ruecas recibieron pinturas. Cueva Chiquita, también llamada Cueva de Álvarez, conserva pinturas rupestres y forma parte de las huellas prehistóricas de Cañamero. En la zona se conocen asimismo dólmenes y grabados. No son el episodio de la fortaleza, pero amplían el recorrido: distintos grupos dejaron señales en un territorio de abrigos, alturas y cursos de agua.
Las pinturas se vinculan al llamado arte esquemático ibérico, desarrollado en la península durante el Calcolítico, hacia 1500 a. C. Ese marco sitúa la tradición artística, no convierte cada pintura en una escena fechada con exactitud. Cueva Chiquita añade una parada concreta a la historia del relieve: un abrigo rocoso que conserva una huella humana antigua, distinta de las defensas medievales que siglos después ocuparían la peña sobre el pueblo.
Abrigo de Cueva Chiquita, junto al alto curso del Ruecas. En este entorno se conservan pinturas rupestres vinculadas al arte esquemático ibérico.
El valle atrae un asentamiento
En el casco urbano se hallaron tres aras funerarias, piedras con inscripciones conmemorativas. Esos vestigios permiten suponer que Cañamero nació en el siglo IV alrededor de una villa romana que explotaba el valle del Vacianchas. La villa habría servido, en etapas sucesivas, como núcleo de población. La cautela importa: las aras sostienen una hipótesis sobre el origen del pueblo, no un relato completo de cada generación que vivió allí.
La presencia romana en la zona se consolidó tardíamente, en el siglo IV, y quedaron vestigios de explotaciones agrícolas repartidos por lugares como la Colonia, las Víboras, los Carrascales, la Dehesa Boyal y la Olivilla. Por los alrededores pasaba además una vía entre Mérida y Toledo, llamada camino sevillano durante la Edad Media. El valle no era solo un espacio entre montañas: reunía tierras de cultivo y una ruta que siguió siendo útil mucho después de la época romana.
El castillo cambia de manos
En la Edad Media, la peña volvió a cobrar valor estratégico. La zona fue ocupada tras la conquista de Mérida en 713, y en ese periodo se construyeron el castillo de Cañamero y otros asentamientos militares cercanos. La conquista castellana llegó hacia 1133, pero la frontera siguió siendo escenario de luchas entre andalusíes y castellanos. El castillo no quedó al margen de esa disputa: su posición elevada lo convertía en una pieza destacada del territorio.
En 1220, el infante Sancho Fernández de León se apoderó de la fortaleza y la fortificó. La mayoría de sus acompañantes lo abandonó, y desde el castillo Sancho atacó tierras cristianas y musulmanas colindantes. La altura que dominaba el pueblo servía ahora de base en una frontera cambiante. El episodio terminó abruptamente: el infante murió el 25 de agosto de ese año, a los treinta y cuatro años, tras ser atacado por un oso durante una montería en los alrededores.
Dos días después de su muerte, el gobernador musulmán de Badajoz recuperó el castillo y mató a los cristianos que vivían en él. La fortaleza cambió de manos; la posición fronteriza, sin embargo, siguió condicionando el poblamiento. A partir de entonces comenzaron asentamientos dispersos de colonizadores cristianos y judíos procedentes del reino de Castilla. El desenlace inmediato fue la pérdida de la plaza por los hombres de Sancho; la historia del lugar continuó fuera de sus muros.
El pueblo vuelve a reunirse bajo la peña
Con el tiempo, el lugar de Cañamero se reagrupó debajo del castillo. Sus habitantes cultivaban lino y cáñamo, cultivos asociados al nombre de la población. La imagen se invirtió: la fortaleza seguía dominando desde arriba, pero la vida cotidiana se ordenaba abajo, en el asentamiento. El relieve no había cambiado de papel por completo; había dejado de ser solo una posición disputada y pasó a servir también como referencia de un pueblo que se rehacía a sus pies.
En 1415, San Vicente Ferrer predicó en Cañamero ante judíos y moriscos que vivían en caserías separadas y se dedicaban a la horticultura y al cultivo. Los reunió con los cristianos de la llamada aldea vieja; cerca de allí se levantó la iglesia parroquial de Santo Domingo de Guzmán y, junto a ella, se formó el futuro barrio nuevo. Después, en 1457, Enrique IV concedió el lugar a Diego de Orellana, y Cañamero obtuvo título de villa en 1538.
Así se cerró el episodio de la fortaleza como centro de control de aquella frontera: el castillo quedó como ruina sobre la montaña, mientras el pueblo consolidó su vida bajo la peña y en el valle. Hoy, las cumbres de cuarcita y sus pedreras siguen formando parte del paisaje que enmarca Cañamero. La altura que antes dominaba una plaza disputada permanece sobre un pueblo que, una y otra vez, encontró su lugar a sus pies.
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