Calasparra hizo de una cueva con fuente un refugio, una ermita y una rogativa
En la Fuensanta, una cueva dio cobijo a los rebaños y guardó una fuente que acabaría ligada al santuario. ¿Cómo pudo un lugar modelado por la roca y el agua ocupar un sitio tan profundo en la vida de Calasparra?
Calasparra vista desde el castillo, con el núcleo urbano extendido sobre el paisaje de relieves que encauzan los cursos de agua.
El 14 de mayo de 1746, el Ayuntamiento de Calasparra dejó constancia de una petición extraordinaria: traer al pueblo a la Virgen de la Esperanza para pedir agua. La imagen permaneció allí quince días, según el acta, primero en rogativa y después en acción de gracias por el beneficio obtenido. A pocos kilómetros, en las cuevas de la Fuensanta, había una fuente dentro de la cavidad. En Calasparra, el agua no era una abstracción: brotaba en un lugar concreto y condicionaba la vida de quienes habitaban una comarca de montes, cauces y vegas.
Antes del santuario, un abrigo entre las rocas
La historia de la Fuensanta empieza con una utilidad sencilla. Las ordenanzas del Concejo de 1583 reconocían que las cuevas quedaban dentro de la redonda municipal y permitían que los vecinos refugiaran allí sus ganados durante temporales de nieve y frío. No era aún el santuario que hoy se reconoce en el paraje: era un abrigo disponible para la comunidad, una cavidad cuyo valor se medía también en protección y acceso al agua.
La palabra Fuensanta conservó esa relación en el propio nombre. La fuente se encontraba en el interior de la cueva, según la historia local recogida por el Ayuntamiento. La roca ofrecía un techo natural; el agua, un recurso capaz de atraer a personas y animales. La geología no escribía las ordenanzas, pero daba forma al escenario donde esas reglas tenían sentido.
¿Qué tiene que ver una cueva con una fuente? En una roca carbonatada, el agua puede ensanchar lentamente las grietas y abrir huecos; si encuentra una salida, puede reaparecer como manantial. La documentación geotécnica describe en Calasparra formaciones carbonatadas y sectores con karstificación, es decir, terrenos donde la disolución de la roca puede producir cavidades. Ese marco hace comprensible la combinación de cueva y agua en el municipio, aunque no permite identificar por sí solo la roca exacta de cada pared de la Fuensanta.
La fuente pasó de refugio a lugar de culto
En 1609, el Libro de Visitas de la Orden de San Juan atribuyó la fundación de la ermita de la Fuensanta al prior y vicario de la villa, Frey Alonso Benítez de Munera. La cavidad dejó de ser solo un recurso práctico: empezó a reunir en un mismo paraje el abrigo, el agua y la devoción. La forma del terreno no creó esa creencia, pero ofreció un lugar reconocible en el que podía arraigar.
Un testamento permite seguir el cambio con una precisión poco habitual. El 19 de julio de 1617, Juana Sánchez dejó a la ermita una imagen de madera de Nuestra Señora para que permaneciera en el altar mayor, bajo la advocación de Nuestra Señora de la O o de la Esperanza. El objeto religioso conectó la cueva con la vida de una vecina concreta y con una institución que ya tenía un espacio propio.
La petición de 1746 devuelve el relato al agua. Los nueve primeros días fueron de rogativa; los seis siguientes, de agradecimiento. La sucesión figura en el acta municipal: no hace falta adornarla con una escena inventada para advertir lo que estaba en juego. En un territorio en el que los cursos de agua bajan desde las zonas montañosas hacia el Segura, una fuente y la llegada de agua a los campos podían ser asuntos decisivos para la comunidad.
Una roca antigua y un río que reúne caminos
El paisaje municipal cuenta una historia más larga que la de la ermita. Calasparra ocupa una zona relativamente baja de la comarca del Noroeste, y hacia ella descienden cursos procedentes de las áreas montañosas antes de alcanzar el Segura. El río atraviesa el término; el Argos también cruza el municipio y bordea el núcleo urbano. El relieve conduce el agua, como una pendiente que ordena los caminos de una cuenca.
En el inventario geotécnico local, las calizas, dolomías y mármoles representan el 35,57 % de los tipos de terreno registrados. En términos generales, las calizas y dolomías se asocian a antiguos fondos marinos poco profundos; el dato municipal permite reconocer esas rocas, aunque no fechar aquí cada formación. Algunas zonas carbonatadas aparecen descritas como medianamente karstificadas, con formas importantes dispersas. No es una cueva concreta lo que ese dato dibuja, sino un territorio donde el agua puede abrirse paso bajo la superficie y reaparecer.
La cueva de la Fuensanta y la Cueva del Puerto son lugares distintos dentro del término municipal: no conviene confundirlos. Lo que sí comparten es el interés de mirar el paisaje de Calasparra como algo más que una superficie. La localidad se asienta en un entorno de calizas y cauces, pero son los registros de la fuente en la Fuensanta y de las formaciones carbonatadas del municipio los que permiten enlazar, con prudencia, agua, cavidad y geología.
Del regadío de Villa Vieja a la vega del arroz
Mucho antes de que el arroz se convirtiera en emblema local, la gestión del agua ya sostenía formas de vida en Calasparra. En Villa Vieja existió una alquería musulmana documentada desde el siglo XII. La información municipal señala que sus habitantes aprovecharon los recursos del entorno mediante sistemas de regadío y una economía agropecuaria. El agua canalizada no era solo un fenómeno natural: requería conocimiento, trabajo y organización.
También la posición de la población respondió a las formas del terreno y a las circunstancias de la historia. El Ayuntamiento sitúa el origen del núcleo actual en casas levantadas al abrigo del castillo, en su ladera occidental. Durante un periodo de ataques y fricciones con el Reino de Granada, el asentamiento buscó protección junto a la fortaleza. El castillo ocupaba una atalaya desde la que se divisaban los caminos de acceso; la ladera ofrecía el lugar para crecer a resguardo.
El castillo de Calasparra se alza sobre la roca, en el lugar asociado al crecimiento del núcleo al abrigo de la fortaleza.
Más tarde, la vega atravesada por el Segura hizo posible que el cultivo del arroz se asentara en el paisaje local. La tradición se remonta al siglo XVIII y la denominación de origen Calasparra fue reconocida en 1986. No es el mismo episodio que la fuente de la Fuensanta, pero ambos cuentan una historia común: en un municipio donde los cursos de agua convergen, la relación con el agua se convirtió en recurso, trabajo y memoria.
La cueva sigue señalando el vínculo
Si hoy miras desde el núcleo hacia la sierra del Molino y la vega, ves dos escalas a la vez: el relieve que encauza los ríos y la historia de las comunidades que aprendieron a vivir con ellos. La geología municipal registra rocas carbonatadas, terrenos con karstificación y depósitos relacionados con los cursos de agua; la historia local conserva ordenanzas, testamentos y actas que muestran usos concretos de esos paisajes. Una cosa no sustituye a la otra: se encuentran en lugares como la Fuensanta.
Calasparra y la sierra del Molino vistas desde la carretera de Moratalla; el relieve enmarca el paisaje de la vega.
La cueva fue abrigo para los rebaños, guardó una fuente y acogió una ermita; en 1746, el agua volvió a convocar a la villa en una rogativa. Esa secuencia responde a la pregunta inicial: la roca dio forma a un espacio donde el agua podía encontrarse y la comunidad convirtió ese lugar en parte de su historia. En Calasparra, la Fuensanta todavía invita a mirar la montaña no como un fondo inmóvil, sino como el comienzo de un camino que el agua y las personas han recorrido juntas.
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