Historia geológica Localidad Calanda

Calanda creció al pie de una roca que ya hacía de fortaleza

El castillo de Calanda debía poder acoger a los habitantes del entorno y a su ganado cuando llegara el peligro. Los cortados del promontorio ofrecían una protección que permitió levantar el recinto y acabó atrayendo viviendas a sus faldas.

Una calle de la Calanda actual, cuyo núcleo urbano se formó con el progresivo asentamiento de casas a las faldas del castillo.

Una calle de la Calanda actual, cuyo núcleo urbano se formó con el progresivo asentamiento de casas a las faldas del castillo.

Foto: B25es / Wikimedia Commons / CC BY-SA 4.0

La entrada del castillo de Calanda se abrió por la vertiente más suave del promontorio; en varios de los otros flancos, los cortados ya dificultaban el acceso. Quienes levantaron la fortaleza aprovecharon esa desigualdad del terreno: cerraron el recinto con una muralla y reservaron el paso para el lado menos abrupto. La descripción histórica del conjunto, recogida por el Grupo de Estudios Calandinos, permite entender una decisión que afectaría también al poblamiento. La altura ofrecía refugio, pero seguía estando al alcance de los habitantes del entorno.

La defensa empezaba antes de la muralla.

Un recinto que aprovechaba los cortados

El origen del castillo se sitúa en el periodo andalusí, entre los siglos X y XI. Era el hisn de Qalanna: una fortaleza andalusí cuyo nombre recoge el topónimo islámico de Calanda. Su emplazamiento dominaba la población y el encuentro territorial de los valles del Guadalopillo y del Guadalope. Las autoridades eligieron aquel promontorio como lugar desde el que ejercer y representar su poder sobre el territorio.

No tuvieron que crear todas las barreras. La muela, la elevación rocosa donde se asentó el recinto, estaba rodeada de escarpes en varios lados. Puede entenderse como un cierre al que el terreno ya había aportado buena parte del perímetro: la construcción completaba la protección allí donde era necesario y organizaba el acceso. La adaptación a la roca, destacada por el estudio local del castillo, explica por qué aquel lugar servía para una fortaleza.

El relieve municipal pertenece a las estribaciones del sistema Ibérico. Hacia el norte, el territorio enlaza con el valle del Guadalope, que recibe las aguas del Guadalopillo. Ese marco sitúa el promontorio dentro de un paisaje de alturas y valles. Para comprender la elección del castillo, importa sobre todo la forma concreta del lugar: sus flancos abruptos y una vertiente por la que se podía entrar.

Un refugio también para el ganado

El recinto debía proteger algo más que a sus defensores. Según la descripción del Grupo de Estudios Calandinos, la fortaleza se proyectó con capacidad para acoger, en caso de peligro, a la población y a su ganado. El abrigo de la altura tenía así una función muy concreta para las familias del entorno: permitirles ponerse a salvo sin abandonar los animales que constituían un bien preciado.

La cercanía era tan importante como el escarpe. La muela estaba próxima al asentamiento de Al-Balat y combinaba protección natural con facilidad de acceso para sus habitantes. Un refugio distante habría planteado otra relación con el poblado; aquí, la descripción histórica subraya precisamente la combinación entre una altura defendible y la proximidad de quienes podían necesitarla.

Qalanna tampoco era una fortaleza aislada dentro del territorio. Formaba parte de una red establecida a lo largo del Guadalope, junto con los castillos de Foz Calanda, Castelserás y Alcañiz el Viejo. La posición local se integraba, por tanto, en una organización defensiva más amplia. Durante el siglo XII, el avance de las huestes cristianas hacia la Tierra Baja convirtió el castillo en uno de los principales baluartes de la taifa de Saraqusta, el territorio andalusí gobernado desde Zaragoza.

Las casas se acercaron a la fortaleza

El refugio terminó atrayendo viviendas. El estudio del castillo describe cómo, a medida que se despoblaba Al-Balat, fue asentándose un núcleo de casas en las faldas de la fortaleza. Aquellas casas conformarían posteriormente la Calanda actual. El desplazamiento del poblamiento enlaza la forma del terreno con una transformación humana documentada: la elevación elegida para defenderse pasó a organizar también el lugar donde vivir.

No fue un cambio de una sola fecha. La descripción habla de un proceso desarrollado con el tiempo, mientras un asentamiento perdía habitantes y otro crecía junto al castillo. Conviene distinguir ese movimiento de población de los hitos jurídicos posteriores. La Carta Puebla concedida en 1360 por la Orden de Calatrava pertenece a otra etapa: la organización de la villa que se estaba consolidando.

Si miras las calles actuales, estás ante una población cuyo desarrollo tuvo uno de sus puntos de referencia en aquella altura defensiva. Eso no convierte cada fachada en un resto medieval ni permite atribuir una fecha antigua a cualquier calle. La relación documentada es más concreta: hubo casas que se agruparon al pie del castillo y participaron en la formación del núcleo urbano posterior.

El castillo siguió necesitando manos

Los cortados no hicieron innecesarias las obras. Tras el dominio andalusí, la fortaleza pasó a la casa de Alagón y, en el siglo XIII, a la Orden de Calatrava. La ficha de Patrimonio Cultural de Aragón recoge ese cambio de propiedad, que vinculó el castillo y Calanda con los calatravos durante siglos.

A finales del siglo XVI aparecen personas y trabajos concretos. Los visitadores Torrellas y Merlo dejaron constancia de reformas encargadas por Andrés de Rosales, alcaide del castillo, en 1584 y 1588. Una carta de pago fechada en Calanda el 24 de octubre de 1588 registra que el cantero Domingo Geriot recibió el importe correspondiente por picar 205 varas de piedra.

El documento pone un nombre propio al trabajo sobre la piedra. No identifica por sí solo la procedencia ni la composición de ese material, pero sí permite ver que el recinto seguía siendo objeto de intervención. La fortaleza aprovechaba una protección natural y, al mismo tiempo, requería trabajos de construcción y reforma. El terreno y la obra humana actuaban juntos, no se sustituían.

Una altura que sigue explicando la villa

El castillo de Calanda está protegido como Bien de Interés Cultural, en la categoría de zona arqueológica, desde el 17 de abril de 2006. Esa consideración permite reconocer el valor del conjunto más allá de la imagen de una fortaleza completa. Su posición y su adaptación al promontorio siguen siendo esenciales para comprender la evolución histórica y urbana de la localidad.

Calanda creció junto a una altura que ofrecía defensa y acceso a la vez. Al mirar la villa desde esa relación, los cortados dejan ver su antigua utilidad: protegieron un recinto al que podían acudir personas y animales, y a cuyas faldas fueron llegando las casas.

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