Calañas, los raíles de la fiebre minera
En Calañas, el ferrocarril y las antiguas explotaciones cuentan cómo la minería transformó el municipio. Bajo esa historia humana, la clasificación geotécnica municipal dibuja un paisaje dominado por pizarras y esquistos.
Una plaza de Calañas. La historia minera se desplegó por el término y dio origen a poblados obreros como Sotiel Coronada y Torerera.
En 1886, la línea Zafra-Huelva abrió al servicio y Calañas quedó enlazada por ferrocarril con una red que pronto serviría también a las minas. Dos años después, la compañía de Tharsis inauguró un ramal desde La Zarza hasta su red ferroviaria. Por allí podía salir el mineral extraído rumbo a la ría de Huelva. El cambio no fue solo una nueva forma de transportar cargas: alrededor de las explotaciones crecieron poblados, llegó mano de obra y la población municipal aumentó. El tren marca una escena decisiva de una historia que había empezado mucho antes y que, tras un largo auge, acabaría cambiando de nuevo.
Las minas antiguas de Calañas
La actividad minera no apareció de repente en el siglo XIX. Calañas ya estaba ligada a la minería en la Antigüedad, y varios lugares del término conservan restos que lo recuerdan. En las Minas de Aguas Agrias y en la Mina Calañesa hay restos de fundiciones romanas. En la Mina de Sotiel se conservan restos de fundición de plata de época romana. Son huellas distintas, repartidas por el municipio, que sitúan el trabajo minero en una historia de larga duración, aunque el gran vuelco demográfico y económico llegó muchos siglos después.
La escala del término ayuda a entender el escenario. Calañas forma parte de la comarca del Andévalo y su geología municipal está dominada por una categoría concreta: la clasificación geotécnica reúne el 87,95 % bajo «Pizarras y Esquistos». También distingue granito, gneis y otras rocas ígneas, además de calizas, dolomías y mármoles. Son nombres de materiales que componen el terreno del municipio; no describen por sí solos el contenido de cada explotación. La historia minera y la del sustrato se encuentran aquí en el mismo paisaje, pero cada mina tiene su propia ubicación dentro de ese mosaico.
1853: el Andévalo vuelve a abrir sus minas
El impulso moderno tomó forma a partir de 1853. Tras visitar la comarca del Andévalo, el ingeniero francés Ernest Deligny, según la cronología local, dio paso a la puesta en marcha de numerosos yacimientos del término. Entre ellos estaban Calañesa, Sotiel Coronada, La Torerera, La Zarza y Perrunal. La actividad convirtió un conjunto de explotaciones en el centro de una transformación territorial: aparecieron o crecieron núcleos ligados al trabajo minero y las empresas de capital extranjero entraron en escena. La minería dejó de ser solo un episodio antiguo recordado por fundiciones y pasó a organizar buena parte de la vida económica local.
En esa etapa trabajaron compañías como Tharsis Sulphur and Copper Company Limited, la Sociedad Francesa de Piritas de Huelva y la Companhia Mineira Sotiel Coronada. La amplitud de las labores exigía mano de obra y favoreció la llegada de personas desde municipios cercanos y desde otros puntos de España. Sotiel Coronada y Torerera figuran entre las pedanías nacidas al calor de la explotación; La Zarza y Perrunal también se articularon como poblados obreros próximos a las minas. No era un cambio abstracto: el trabajo atraía población y extendía los asentamientos por el término.
La Zarza conecta con la ría de Huelva
El ferrocarril dio al mineral una salida que la explotación por sí sola no ofrecía. La línea Zafra-Huelva empezó a prestar servicio en 1886 y, en 1888, el ramal de la compañía de Tharsis enlazó La Zarza con su red. Su función estaba definida: permitir que el mineral extraído llegara hasta la ría de Huelva. La conexión ferroviaria enlazaba así los yacimientos del Andévalo con un destino exterior, y daba una dimensión nueva a la actividad minera de Calañas.
Al mismo tiempo, el municipio vivió un crecimiento demográfico extraordinario. Durante la segunda mitad del siglo XIX su población aumentó de forma considerable y alcanzó los 12.707 habitantes en 1910. Esa cifra permite medir el alcance humano del auge: Calañas y sus poblados obreros recibieron a muchas personas atraídas por las labores mineras. La cifra no cuenta por sí sola sus vidas, pero sí muestra la escala de la transformación. En unas décadas, el trabajo de las minas había cambiado el tamaño de la comunidad y había unido sus núcleos a una red de transporte orientada a sacar el mineral.
Una calle de Calañas en una imagen actual. El municipio que creció durante el auge minero atravesó después cierres y cambios demográficos.
El cierre de las explotaciones cambia el rumbo
El crecimiento no continuó indefinidamente. A partir de la década de 1960, la minería entró en declive y las explotaciones fueron cerrando progresivamente. La tensión que había sostenido el auge —la necesidad de trabajo frente a la dependencia de las minas— cambió de signo: al desaparecer empleos, faltaron perspectivas laborales y Calañas sufrió una crisis demográfica. El mismo sector que había atraído población durante décadas ya no podía sostenerla del mismo modo. No hubo un único cierre que resumiera todo el proceso, sino una sucesión de clausuras que fue reduciendo el peso de la actividad.
El paisaje económico tuvo que reorientarse. La agricultura volvió a ganar peso como alternativa mientras la mayor parte de las minas quedaba inactiva. Los nombres de los antiguos núcleos mineros siguieron formando parte de la geografía local, pero la relación entre el municipio y el trabajo cambió. Los poblados habían surgido junto a las explotaciones; después, la clausura de muchas de ellas dejó atrás la etapa de crecimiento que había llevado a Calañas a superar los doce mil habitantes. El desenlace del auge no fue la desaparición de la historia minera, sino su paso de motor predominante a legado y actividad intermitente.
Sotiel Coronada reabre una etapa distinta
En el siglo XXI apareció una nueva posibilidad para la minería. En 2015 se reactivó la explotación de Sotiel Coronada por la empresa Matsa. El dato no borra el declive iniciado décadas antes ni significa que todas las minas volvieran a funcionar: señala que una de ellas retomó la actividad en un municipio donde la mayoría de las explotaciones habían cesado. Sotiel vuelve así a ocupar un lugar en la historia contemporánea de Calañas, pero ya no dentro del mismo ciclo de expansión que había transformado el siglo XIX.
Otro cambio importante llegó en 2018, cuando La Zarza y El Perrunal, hasta entonces parte del término calañés, se segregaron bajo la denominación de La Zarza-Perrunal. El municipio perdió con ello una parte notable de la extensión territorial que había tenido. La historia de la minería había dibujado poblados y conexiones dentro de Calañas; después, la reorganización municipal modificó también ese mapa. En 2025, la población de Calañas era de 2.749 habitantes, una cifra que corresponde a un municipio cuyo territorio ya había cambiado.
Así se resuelve el recorrido que inició el ferrocarril: primero, las explotaciones antiguas dejaron restos de fundiciones; luego, la minería del XIX atrajo trabajadores, levantó poblados y llevó el mineral hacia la ría; por último, los cierres redujeron aquel impulso y Sotiel Coronada reabrió una actividad puntual en una etapa diferente. Las pizarras y los esquistos siguen siendo la categoría dominante en la descripción geotécnica municipal, mientras el legado minero se lee en los nombres de los lugares y en sus restos. En Calañas, los raíles recuerdan el auge, pero también la distancia entre aquel crecimiento y el municipio actual.
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