Brozas, molinos entre charcas
En Brozas, los arroyos pueden secarse en verano, mientras una red de charcas mantiene el agua cerca de la villa. Las de Arce cuentan cómo una comunidad respondió a esa irregularidad con embalses y molinos.
Brozas y la llanura que se extiende alrededor de la villa, el escenario donde los cursos irregulares y las charcas forman parte del paisaje.
Brozas se alza sobre una llanura, pero el agua no acompaña siempre a ese paisaje con un caudal constante. Los arroyos y regatos del término son irregulares y pueden secarse en verano; al sur, el río Salor marca el límite municipal desde un cauce profundamente encajado. Entre esos dos extremos —cursos que no mantienen su caudal y un río hundido en el relieve—, las charcas artificiales dieron a la población otra forma de disponer de agua.
La villa ocupa el cerro más elevado de la zona norte, por encima de los 400 metros sobre el nivel del mar y con una cota máxima de 418 metros. Desde allí, el terreno desciende hacia los llamados Llanos, que se sitúan entre 370 y 380 metros, y baja de nuevo junto al Salor, en torno a los 340. No es un relieve montañoso: es una penillanura, un paisaje amplio y suavemente ondulado en el que las diferencias de altura se aprecian al seguir el terreno hacia el sur.
Brozas, entre el cerro y los Llanos
La posición elevada ayudó a que este lugar tuviera importancia antes de que sus charcas dibujaran una red de agua. En el siglo XIII, la Orden de Alcántara fundó aquí una aldea para repoblar sus territorios. La villa quedaba a medio camino entre Alcántara, Cáceres y Garrovillas, en una gran llanura que resultaba estratégica para la Orden. En poco tiempo estableció en Brozas su encomienda mayor y construyó el castillo. En 1537, Carlos I elevó la población a la categoría de villa.
El paisaje, sin embargo, no ofrece una única superficie uniforme. Al norte aparecen grandes rocas de granito de grano grueso, con dos micas: biotita y moscovita. Para el conjunto municipal, la clasificación geotécnica registra un 76,63 % de terrenos agrupados como pizarras y esquistos, y un 17,31 % como granito, gneis y rocas ígneas. Son categorías de escala municipal: sirven para describir el territorio, no para identificar automáticamente el material de un edificio o de una charca concreta.
La misma caracterización indica que algunas formaciones son generalmente impermeables o de muy baja permeabilidad. Dicho de manera sencilla, el agua no las atraviesa con facilidad; allí donde la alteración o las fracturas abren paso, pueden aparecer acuíferos superficiales, por lo común poco extensos y de baja productividad. Este marco ayuda a entender por qué almacenar agua tenía valor en un término de cursos irregulares, aunque no permite atribuir a una roca determinada la construcción de cada obra hidráulica.
El Salor y los cauces que se interrumpen
La red hidrográfica de Brozas pertenece a la cuenca del Tajo. El Salor bordea el término por el sur; la rivera de Araya, el arroyo de Jumadiel y la rivera de la Mata lo atraviesan, junto con sus cauces menores. El mapa del agua combina así un río principal, arroyos y regatos, pero la presencia de un cauce no significa que corra de forma continua durante todo el año. En verano, varios de esos cursos se quedan secos.
Los registros climáticos de la segunda mitad del siglo XX muestran lo que esa irregularidad podía significar: en Brozas cayeron menos de 500 milímetros de lluvia al año, repartidos en 84 días lluviosos; solo en 23 jornadas se superaron los 10 litros. Noviembre era el mes más lluvioso y julio el más seco, y en años de sequía la estación seca podía prolongarse durante gran parte del año. Para el ganado, los molinos y el abastecimiento de la población, no bastaba con que el agua apareciera en la estación húmeda: hacía falta conservarla.
Por eso las charcas artificiales no fueron un detalle aislado del paisaje. La mayoría se construyó durante la Edad Moderna y tuvo importancia económica como abrevadero para los ganados y como fuente de abastecimiento para la población. Una charca retiene agua en un lugar y permite recurrir a ella cuando los cauces menores dejan de correr. No elimina la irregularidad de las lluvias ni convierte un arroyo estacional en un río permanente; cambia, en cambio, la manera en que la comunidad puede aprovechar el agua disponible.
Arce convierte el agua en fuerza
En el siglo XVIII, Antonio Vicente de Arce mandó construir dos charcas sobre el arroyo Jumadiel. Se conocen como Charca de Arce de Arriba y Charca de Arce de Abajo, y también como Charca Grande y Charca Chica. Cada una contaba con un molino harinero. En esta obra, el almacenamiento de agua y la molienda quedaron reunidos en un mismo lugar: el agua podía servir no solo para abastecer, sino también para sostener una actividad esencial en una sociedad agrícola.
La iniciativa respondía a una necesidad compartida por Brozas y Navas del Madroño: disponer de molinos donde moler el trigo y hacer pan. Al solicitar autorización, el promotor planteó además emplear las charcas para regar tierras y criar tencas y pardillas. La falta de ríos o arroyos con caudal perenne daba sentido a la propuesta. En vez de confiar únicamente en cursos que menguaban o se secaban, se preparaba una reserva asociada a molinos y a otros usos previstos.
Una columna de piedra se recorta ante los Llanos de Brozas. La vista permite apreciar la amplitud del paisaje al sur de la villa.
El cambio no consistía en añadir agua a la llanura, sino en organizar su disponibilidad. Un molino harinero necesita agua para moler; una charca, por su parte, permite reunirla y mantenerla en un punto. La obra de Arce juntó esas dos funciones en las orillas del Jumadiel. El resultado local que puede seguirse es concreto: dos embalses nombrados, cada uno con su molino, y una solución construida ante la falta de cursos perennes para atender necesidades de Brozas y de la vecina Navas del Madroño.
De Arce a la Charca de Brozas
Las de Arce forman parte de una red más amplia. La charca de Greña se encuentra en la cabecera de la rivera de la Mata; las de Arce, sobre el arroyo Jumadiel. Y la Charca de Brozas, con una extensión de más de 50 hectáreas, destaca por su tamaño y por su valor ecológico e histórico. La Junta de Extremadura la declaró parque periurbano de conservación y ocio. No son todas la misma obra ni están en un único cauce, pero juntas muestran hasta qué punto las reservas artificiales llegaron a formar parte del paisaje local.
Ese paisaje también habla de la relación cotidiana entre agua y trabajo. La economía de Brozas se basó en la agricultura y la ganadería, y las charcas ofrecieron agua para el ganado y para la población. En el caso de Arce, la presencia de los molinos añade un eslabón decisivo: entre el trigo cultivado y el pan había una tarea de molienda que necesitaba agua disponible. Los usos previstos para el riego y la cría de peces amplían el propósito de la solicitud, sin que eso signifique que cada uno de ellos se realizara en la misma medida.
La historia de estas obras no borra las condiciones del terreno. Al norte, los granitos gruesos destacan sobre una zona llana; hacia el sur, los Llanos bajan hasta el cauce encajado del Salor. Las categorías geotécnicas describen un término donde predominan las pizarras y los esquistos y donde también están representadas rocas graníticas, gneises e ígneas. Son rasgos que sitúan las charcas en un territorio diverso, pero el relato de su construcción se explica sobre todo por un hecho local bien definido: los cursos de agua no mantenían un caudal perenne.
Así se resolvió el problema que puso en marcha la obra de Arce: Brozas y Navas del Madroño necesitaban molinos y el agua de los arroyos no bastaba de manera continua. Las dos charcas y sus molinos quedaron como la respuesta construida; el conjunto de reservas, con usos para el ganado y el abastecimiento, permaneció como parte importante de la vida local. Cuando el Jumadiel se vuelve irregular, los nombres de Arce Grande y Chica recuerdan que la comunidad no podía ordenar la lluvia, pero sí organizar el agua que tenía a mano.
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