Batea, una balsa tallada en la roca
En el cerro del Moro del Borrasquer, una gran balsa excavada en la roca acompaña huellas de antiguas ocupaciones. Desde esa cavidad se abre una historia de poblados, caminos y límites que acaba siguiendo el curso del Algás.
Paisaje de Batea, con los aerogeneradores de Torre Madrina sobre el terreno abierto del término.
En el cerro del Moro del Borrasquer, la roca no es solo el suelo sobre el que se vivió: alguien la excavó y dejó una gran balsa. Cerca aparecieron herramientas de piedra y restos de posibles cabañas neolíticas. No sabemos por esos datos quién abrió la cavidad ni cuándo lo hizo, pero la huella basta para reconocer una acción decisiva: las personas trabajaron el sustrato y cambiaron su forma. En Batea, ese gesto puede leerse junto a otras señales de ocupación, desde un yacimiento muy antiguo hasta los asentamientos fortificados y las cartas de población medievales.
La balsa no explica por sí sola cómo era la vida de quienes la excavaron. Sí ofrece una entrada concreta a la historia local: una superficie rocosa convertida en una cavidad construida por manos humanas. A su alrededor, los restos permiten seguir cómo fueron cambiando los lugares habitados y las formas de organizar el territorio. El paisaje no cuenta una sola época; guarda huellas de decisiones distintas, separadas por miles de años.
El Borrasquer: una cavidad en la roca
El yacimiento del Tossal de la Teuleria sitúa otra de las primeras etapas de este recorrido: estuvo ocupado aproximadamente entre el 9000 y el 5500 a. C. En el cerro del Moro del Borrasquer, las herramientas de piedra y los restos de posibles cabañas neolíticas apuntan también a presencia humana, aunque la información disponible no precisa la fecha de la balsa. Conviene mantener separadas esas huellas: están vinculadas a un mismo paisaje de Batea, pero no demuestran que se hicieran al mismo tiempo.
Lo que sí las conecta es una relación material con el terreno. Un asentamiento requiere un lugar donde instalarse; una balsa excavada modifica directamente la roca. La cavidad conserva el resultado de ese trabajo, mientras las herramientas y los restos de cabañas señalan otras actividades. No hace falta imaginar una escena para advertir el contraste: el cerro ofrece una posición en el relieve y, a la vez, presenta una superficie que pudo ser transformada. La roca resiste como materia, pero no es inmutable cuando interviene el trabajo humano.
Un término entre cerros y el río Algás
Batea se encuentra en la Depresión Central Catalana, en un término de valles, montañas y ribera. El núcleo se sitúa en un cerro de unos 376 metros en su punto más alto; el Tossal de les Forques alcanza los 436 metros, la Punta del Mosquit los 429 y la Punta Rodona los 417. Estas alturas ayudan a entender la variedad del relieve local: no hay un único plano, sino elevaciones y fondos de valle que componen el escenario donde aparecen las huellas de ocupación.
El estudio geotécnico clasifica, a escala municipal, areniscas, conglomerados y flysch como las categorías de terreno más extendidas; también registra masa de agua, arenas finas y limos, y gravas y arenas compactas. Esa clasificación describe el término, no identifica automáticamente la roca concreta de la balsa del Borrasquer ni la de cada construcción. Aun con esa cautela, da una imagen útil del sustrato: Batea reúne materiales rocosos y sedimentos, no una superficie uniforme. Es el marco físico en el que se excava, se construye y se recorren los valles.
El Algás atraviesa el término y discurre en buena parte por el límite con Aragón. Su recorrido tiene numerosos meandros, curvas que dibujan una ribera cambiante, y su caudal se describe como regular. Dentro de Batea ocupa unas 1.135,05 hectáreas, el 53,33 % de la superficie total atribuida al río. El curso no es solo una línea en un mapa: forma parte del paisaje local y, en la historia medieval, reaparece como referencia territorial.
Arcos y soportales del casco antiguo de Batea, un ejemplo de la arquitectura medieval que permanece en la villa.
Del cerro fortificado a los caminos romanos
Durante la Edad de los Metales surgieron poblados en lugares como el cerro del Moro de Piñeras, Algars y Piñeras. En esa etapa mejoraron las técnicas constructivas, aparecieron herramientas metálicas y se extendieron el cultivo del olivo y la ganadería. Son cambios que muestran una ocupación más diversa del territorio: a las huellas de habitación se suman técnicas y actividades que modificaron la relación cotidiana con el entorno.
Hacia el siglo V a. C., en época ibérica, se desarrollaron asentamientos fortificados. El del cerro del Moro del Borrasquer llegó a ocupar unos 5.000 metros cuadrados habitados. También hubo un poblado en la zona del castillo de Algars. Las mejoras en cerámica, comercio y defensas acompañaron esa etapa. El mismo cerro donde hoy se reconoce una balsa excavada y restos de distintas ocupaciones aparece así ligado a un asentamiento de entidad; la información disponible no permite fechar la balsa con precisión, pero sí muestra que el lugar mantuvo importancia en épocas diferentes.
Más tarde, la presencia romana dejó una vía de unos tres kilómetros, probablemente conectada con rutas interiores y el valle del Ebro. Junto al río Algars se encuentra la villa romana de la Ereta, dedicada principalmente a producir vino y considerada una de las primeras explotaciones vinícolas de la Terra Alta. En el castillo de Algars se conservan asimismo restos constructivos romanos. Camino, explotación agrícola y construcciones ofrecen rastros distintos de una ocupación que se extendía por varios puntos del término.
Algars y las huellas de épocas sucesivas
La continuidad de los lugares no significa que sus pobladores fueran siempre los mismos. Tras la conquista musulmana de 711, Batea formó parte de al-Ándalus y permaneció bajo dominio islámico entre los siglos VIII y XII. De esa etapa se conservan cerámicas halladas detrás de la actual iglesia parroquial, además de construcciones en los castillos de Algars y Batea, este último hoy derruido. Los restos permiten reconocer una presencia histórica en el territorio sin confundirla con las ocupaciones anteriores del Borrasquer o la villa romana de la Ereta.
En el siglo XII, el control de las tierras del Ebro cambió. Tras una breve ocupación aragonesa en 1132 y 1133, Ramón Berenguer IV ocupó Tortosa en 1148 y extendió la conquista por la ribera hasta los ríos Algás y Matarraña. En 1153, el territorio de Miravet comprendía, entre otros, los términos de Algars y Batea. La transformación política tuvo consecuencias para sus habitantes: la información histórica señala que los musulmanes de la actual Terra Alta fueron expulsados, huyeron a Aragón o fueron realojados en la ribera. El paisaje seguía allí; cambiaban las comunidades y el poder que lo organizaba.
El Algás fija un límite, las cartas organizan Batea
En 1181 se otorgaron dos cartas de población con el deber de custodiar y repoblar los términos. Una se dirigió a un grupo de pobladores conforme a los fueros de Zaragoza; la otra, al caballero Bernat Granell y los suyos, según los fueros de Barcelona. La Orden del Temple confirmó entonces los términos de Miravet con Batea hasta el río Algás. El curso que atraviesa el término entraba así en una historia de límites y jurisdicciones: no solo daba forma al paisaje, también servía de referencia para delimitarlo.
La organización continuó: en 1187 la Orden adquirió los derechos que Bernat Granell tenía sobre Batea y Algars, y en 1205 Batea recibió una nueva carta de población del Temple. Ese es el desenlace documentado de este recorrido medieval: después de las conquistas y los cambios de población, las cartas fijaron obligaciones, derechos y términos para organizar la repoblación. El Algás permaneció como referencia del límite, mientras el Borrasquer conservó otra clase de huella, mucho más antigua: la roca excavada.
Hoy, la ribera del Algás está protegida como espacio de interés natural y zona de especial protección para las aves. En Batea, las curvas del río y la balsa del Borrasquer pertenecen a historias distintas, pero ambas recuerdan que el territorio se transforma y se utiliza de maneras diferentes. Una cavidad abierta en la roca y un río que marca un límite: dos formas de leer cómo el paisaje ha acompañado la vida local.
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