Ayllón, entre el cerro y el río
El Arco medieval abre paso a una villa tendida por la falda de un cerro hasta la ribera del Aguisejo. Entre esas dos formas del paisaje se entiende cómo el relieve acompañó la vida de Ayllón y fue escenario de uno de sus episodios más decisivos.
La Plaza Mayor concentra el tejido histórico de Ayllón y sitúa la villa en el paisaje de ladera.
El Arco medieval de Ayllón marca un umbral reconocible: más allá, la calle conduce hacia el casco antiguo; a un lado y otro, los edificios comparten tonos rojizos que destacan en la piedra y las fachadas. El arco es el único que se conserva de las tres entradas que tuvo el recinto amurallado. Pero la forma de entrar en la villa cuenta algo más antiguo que sus murallas: Ayllón ocupa la falda de un cerro que desciende hacia el río Aguisejo. Entre la altura y la ribera, el terreno ofrecía una posición defendible y daba forma al asentamiento.
Un cerro que baja al Aguisejo
El casco antiguo no se alza en una llanura indiferenciada. Se acomoda en una ladera, con el Aguisejo al pie. Una descripción local señala que el río servía de defensa natural: el cauce y el desnivel componían un obstáculo en el borde de la villa. No hace falta imaginar una muralla natural infranqueable para entender la ventaja. La propia forma del lugar separaba el núcleo de su entorno y hacía que llegar a él implicara acercarse a la ribera o subir por la falda.
El cerro del Castillo prolonga esa relación entre altura y asentamiento. Desde allí se contempla el pueblo y los campos circundantes, y las excavaciones han hallado restos celtibéricos y romanos. En lo alto permanecen también Los Paredones, antiguos lienzos de tapial asociados a las murallas. Son huellas de distintas épocas, no una prueba de ocupación continua; juntas, sin embargo, muestran que el relieve siguió siendo un escenario importante para organizar y defender la villa.
Debajo del rojo, un mosaico de rocas
El color rojizo de Ayllón llama la atención en calles, viviendas y monumentos. Una descripción del conjunto lo relaciona con la geología del terreno, aunque esa relación no permite asignar una misma roca a cada edificio. A escala del término municipal, el estudio geotécnico registra una composición variada: entre sus categorías figuran pizarras y esquistos (26,21 %), yesos, anhidrita y sales (22,03 %), areniscas, conglomerados y flysch (10,44 %), y calizas, dolomías y mármoles (8,50 %). El mapa de materiales es, por tanto, más diverso que la impresión de una villa de un solo color.
Una pieza concreta de esa historia geológica lleva el nombre de Cuevas de Ayllón. El IGME describe allí una unidad del Carniense superior, dentro del Triásico, compuesta por lutitas verdes y negras con capas intercaladas de dolomía amarilla. Las lutitas son rocas de grano fino; las dolomías aparecen en niveles desde un centímetro hasta un metro de espesor. La unidad mide entre 15 y 45 metros y contiene restos fósiles, polen y esporas. Se apoya sobre areniscas de Carrascosa de Arriba o, donde estas faltan, sobre lutitas de Cuevas de Ayllón. Esta secuencia permite reconocer materiales y capas del entorno geológico, sin convertirlos automáticamente en la piedra de las casas del casco antiguo.
El Arco medieval es el único que permanece de las tres entradas que tuvo el recinto amurallado de Ayllón.
De las sierras a la ribera
La villa ocupa una pequeña parte de un municipio de relieves muy distintos. Al sur se levanta la sierra de Ayllón; al sureste, la sierra de Grado de Pela; hacia el norte, el terreno pasa a una llanura elevada en dirección al valle del Duero. El término desciende desde los 1.670 metros del pico Torrecilla hasta los 950 metros a orillas del Riaza. Ayllón está a 976 metros. Es una diferencia de cotas que ayuda a situar la villa dentro de un paisaje de sierras, laderas y cursos fluviales, no en un fondo de valle aislado.
Por el municipio discurren el Aguisejo y el Riaza. En las zonas de rocas carbonatadas, el estudio geotécnico señala karstificación de grado medio y la presencia dispersa, a veces importante, de formas kársticas. El karst se desarrolla cuando el agua disuelve rocas carbonatadas y modifica el subsuelo; el estudio también registra zonas con hundimientos kársticos actuales o potenciales. Son procesos referidos al término municipal, no una descripción de cada calle de Ayllón. Esa variedad de sustratos y relieves ayuda a entender por qué el paisaje local no puede reducirse a una única roca ni a una sola forma del terreno.
Los Paredones guardan el trazado
La historia humana aparece en la ladera como una sucesión de marcas. Ayllón fue repoblado durante el siglo X y el nombre de Aellon consta por primera vez en 1076. En el cerro del Castillo, los restos celtibéricos y romanos hallados en excavaciones preceden a los vestigios medievales. Los Paredones, construidos en tapial y vinculados a las antiguas murallas, permiten seguir parte del trazado del recinto. La defensa no dependía solo de levantar muros: el cerro y el descenso hacia el Aguisejo ya daban forma al borde de la población.
El acceso que aún se conserva recuerda que ese borde tuvo varias puertas. El Arco medieval es el único superviviente de las tres entradas del recinto amurallado, y hoy sigue señalando el paso entre el exterior y las calles de la villa. No todas las etapas dejaron la misma huella. La mayor parte de los monumentos actuales corresponde a los siglos XV y XVI, mientras que el conjunto histórico-artístico de Ayllón fue declarado en 1973. El paisaje antiguo y las construcciones posteriores comparten así un mismo espacio, pero cuentan momentos diferentes.
Ayllón recibe a la corte en 1411
En el verano de 1411, la villa dejó de ser solo un lugar de paso y se convirtió en escenario de una crisis política. Martín el Humano, rey de Aragón, había muerto sin sucesión y varios aspirantes disputaban la corona. Según la historia municipal, Fernando de Antequera se instaló en Ayllón y llamó a la reina Catalina de Lancaster y a su sobrino, el rey niño Juan. El 16 de julio, la comitiva real llegó desde Riaza. La villa recibió a quienes debían afrontar una situación que trascendía ampliamente sus murallas.
En paralelo pesaba el conflicto con Portugal, tras la derrota castellana en Aljubarrota en 1385. El 31 de octubre de 1411 se firmó el Tratado de Ayllón, que puso fin a la crisis portuguesa de 1383-1385 y reconoció a Juan I de Avís como rey. El relieve no causó la negociación, pero sí ofrecía un escenario concreto para la reunión: una villa asentada entre cerro y ribera, con un recinto y edificios capaces de acoger una vida política de alcance mayor que su tamaño. La tensión de aquel episodio se resolvió con un acuerdo que quedó unido al nombre de Ayllón.
El nombre que quedó y la villa que permanece
La resolución no borró todas las tensiones. El 2 de enero de 1412 se aprobaron las llamadas Leyes de Ayllón, medidas discriminatorias contra judíos y mudéjares. La villa contaba con una aljama judía, una comunidad con entidad suficiente para gestionar los impuestos que la monarquía le imponía. Así, el nombre local quedó ligado tanto a un tratado que cerraba una crisis entre reinos como a medidas que restringían la vida de comunidades sometidas a discriminación. La historia política pasó por Ayllón; el cerro, las calles y la ribera siguieron siendo el escenario cotidiano de sus habitantes.
Hoy, el arco que atravesamos conserva la escala de una entrada medieval; detrás, la villa asciende por la ladera y el Aguisejo marca su borde bajo. En las fachadas persiste el tono rojizo que distingue el conjunto, mientras los materiales del municipio cuentan una historia geológica más variada y extensa. El paso del cerro al río no explica por sí solo cada episodio, pero ayuda a ver por qué Ayllón es, a la vez, un lugar concreto del paisaje y un nombre que alcanzó la historia.
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