Avinyonet del Penedès, la torre sobre la roca
En Les Gunyoles, una torre circular conserva su cuerpo inferior sobre un saliente de peña; la parte alta, en cambio, se aprovechó en buena medida para construir la iglesia parroquial. Su recorrido enlaza la caliza y la tosca de sus muros con el paisaje cambiante de Avinyonet.
Avinyó Nou, capital de Avinyonet del Penedès, entre parcelas de viña y campos del municipio.
En el jardín de Can Rialb —también llamado Ca n'Umbert—, junto a una casa señorial gótica conocida como el Castillo, la Torre de Les Gunyoles emerge directamente de un saliente rocoso. No es una construcción completa: hoy permanece su cuerpo inferior, una forma redonda de piedra que permite leer tanto el trabajo de quienes la levantaron como las transformaciones que llegaron después. La peña no es un decorado añadido; es el apoyo visible de la torre y la primera pieza de su historia.
La torre sobre el saliente de Les Gunyoles
La planta circular mide unos nueve metros de diámetro. El tramo conservado alcanza 5,6 metros de altura y sus muros tienen alrededor de un metro de grosor. En la base, un zócalo irregular —parte vertical y parte troncocónico— sube 2,10 metros y sobresale 0,20 metros. Son dimensiones que ayudan a imaginar el volumen original sin confundirlo con lo que todavía se ve: la torre que hoy puede reconocerse es solo su parte baja.
Los sillares regulares forman un aparejo llamado opus quadratum: bloques tallados y ordenados en hiladas. La construcción combina piedra caliza y tosca. En la parte superior del muro se documenta también un relleno de opus caementicium, una fábrica de hormigón. Estos nombres técnicos describen soluciones distintas dentro de un mismo edificio: piezas de piedra visibles y un núcleo constructivo que completa el muro. El resultado, apoyado sobre roca, es una estructura cuya forma todavía se distingue con claridad.
Calizas, sedimentos y un relieve partido
El término de Avinyonet no es uniforme. Su parte noroccidental es relativamente llana y concentra buenas tierras de cultivo; hacia el sureste el terreno se vuelve montañoso. Allí se encuentran el Puig de la Mola, que alcanza 535 metros, y la sierra de les Gunyoles, de 393 metros. La capital, Avinyó Nou, está a 270 metros. La diferencia entre llanos y elevaciones ofrece un marco concreto para entender por qué una torre levantada sobre un resalte rocoso resulta tan visible en la historia local.
La clasificación geotécnica municipal recoge materiales carbonatados —calizas, dolomías y mármoles— junto con gravas y arenas compactas, además de arenas finas y limos. También describe las formaciones carbonatadas como muy karstificadas y señala zonas con hundimientos actuales o potenciales. Karst es el nombre que reciben las formas y cavidades que puede generar la disolución de rocas carbonatadas por el agua. Es una característica señalada para el término municipal, no una explicación específica del origen del saliente donde se apoya la torre.
El agua organiza, además, una red de torrentes y rieras. El término ocupa el interfluvio de las vertientes del Anoia y de la riera de Ribes; los cursos septentrionales drenan hacia la riera de Lavernó y los meridionales incluyen la riera de Begues y la de los Pelagons. La torre pertenece a un paisaje de pendientes, llanos y cauces que no se reduce a una sola roca. En sus muros, sin embargo, la caliza y la tosca aparecen como materiales constructivos concretos, nombrados para este edificio.
El Turó de la Font de la Canya guarda otra huella
En otro alto del municipio, el Turó de la Font de la Canya, la relación entre terreno y vida humana dejó un registro distinto. El asentamiento estuvo habitado entre los siglos VII y I antes de nuestra era. Allí se almacenaban y distribuían cereales, y las excavaciones han identificado silos y espacios de trabajo dedicados a gestionar cereales y otros productos. No es la historia de la torre, pero sí otra huella local de cómo las comunidades organizaron actividades en el paisaje de Avinyonet.
Las campañas de excavación de 1999 a 2014 aportaron información sobre la primera Edad del Hierro y la época ibérica. Los materiales recuperados documentan intercambios con culturas mediterráneas como la fenicia, la griega, la romana y la cartaginesa. En el yacimiento aparecieron también las semillas de uva cultivada más antiguas documentadas hasta ahora en Cataluña, asociadas a los inicios de la vid y el vino en el territorio hacia el siglo VII antes de nuestra era.
Excavación en el yacimiento ibérico del Turó de la Font de la Canya, donde los silos y espacios de trabajo documentan el almacenamiento y la distribución de productos.
Una fecha romana y dos posibles oficios
La Torre de Les Gunyoles suele situarse entre los siglos I y II, y se propone un origen romano. Su cometido original, en cambio, no está resuelto: se ha interpretado como una posible torre de vigilancia o como un monumento funerario. Esa diferencia importa. La forma y la fábrica permiten seguir una construcción; por sí solas no bastan para escoger entre esas funciones. La historia posterior ofrece una pista más concreta, aunque tampoco convierte en segura la interpretación de su primer uso.
En la Edad Media se habría aprovechado como torre de vigilancia y defensa. La misma estructura que quizá nació con otro propósito pasó a formar parte de un paisaje de control y protección. No hace falta imaginar una batalla para reconocer el cambio: cambió el uso que se atribuye a la torre, mientras su emplazamiento sobre la roca y su fábrica de piedra permanecieron. La construcción sobrevivió a distintas necesidades, aunque no llegara entera hasta el presente.
Les Gunyoles reaparece en los documentos
El nombre antiguo de Les Gunyoles, «Cegunioles», aparece documentado en 971. Se considera posiblemente el núcleo habitado más antiguo del municipio. Ese registro sitúa el lugar en una historia escrita anterior a muchas de las construcciones que hoy lo rodean, pero no fija por sí solo la fecha de la torre ni aclara quién la levantó. La presencia del topónimo y la estructura conservada son huellas diferentes: una nombra el asentamiento; la otra deja ver una obra de piedra sobre la peña.
En el siglo X, Avinyonet formaba parte del término de la urbe o castillo de Olèrdola. Alrededor del castillo de Aviñón se construyó la iglesia de San Pedro, consagrada por el obispo Vives entre 975 y 995. Son referencias a otros lugares y edificios del municipio, no pruebas de que la Torre de Les Gunyoles perteneciera a aquel castillo. Sí muestran que el territorio tenía varios centros y construcciones con trayectorias propias; la torre mantuvo la suya, primero de origen discutido y después asociada a una función defensiva medieval.
La iglesia recibe parte de la torre
El cambio más visible llegó cuando la parte situada por encima del tramo que hoy se conserva se utilizó en buena medida para construir la iglesia parroquial. La torre perdió altura, y sus piedras pasaron a una obra distinta. El edificio no desapareció de una vez: su forma se redujo y cambió de destino. En la base quedó el cuerpo inferior, con el zócalo irregular y los muros gruesos que aún permiten reconocer su planta circular.
Una excavación encontró restos de una bóveda de hormigón de cal que conservaba la huella de su encañado y de la cimbra de piedra tallada en sillares regulares. Esa marca acerca al lector a una fase de construcción que ya no puede contemplarse completa: el edificio guardó en el material una señal del proceso de levantar la bóveda. La torre ofrece así dos clases de rastro, el muro que permanece y la impronta de una obra que quedó enterrada.
Un cuerpo de piedra que permanece
La Diputación Provincial de Barcelona restauró el monumento. Lo que ha llegado hasta hoy no es la torre íntegra ni una reconstrucción de su aspecto original: es el cuerpo inferior conservado, restaurado y levantado sobre el saliente de peña. Su desenlace material está a la vista. Parte de la altura se perdió y fue aprovechada en la iglesia; la base, en cambio, sigue en el jardín de Can Rialb.
En Les Gunyoles, la torre ya no se alza como una construcción completa. Sus sillares, su zócalo y la roca que la sostiene permiten seguir la historia de una obra cuyo primer oficio sigue abierto a interpretación, que después habría servido para vigilar y defender, y cuya piedra terminó participando en otro edificio. Al mirar el tramo que queda, también se puede imaginar el recorrido de la parte ausente: no se borró sin rastro, sino que cambió de lugar y de función.
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