Historia geológica Localidad Almoradí

Almoradí convirtió el terremoto de 1829 en un plano de calles abiertas

El terremoto destruyó el casco de Almoradí y dejó una ciudad entera por rehacer. La respuesta de Larramendi tuvo que abrirse paso en la llanura del Segura, donde la huerta y el agua ya organizaban la vida local.

La plaza de la Constitución y el ayuntamiento ocupan el centro de Almoradí, en una ciudad cuyo trazado fue replanteado tras el terremoto de 1829.

La plaza de la Constitución y el ayuntamiento ocupan el centro de Almoradí, en una ciudad cuyo trazado fue replanteado tras el terremoto de 1829.

Foto: Enrique Íñiguez Rodríguez (Qoan), CC BY-SA 3.0 — commons.wikimedia.org

El 21 de marzo de 1829, el terremoto de Torrevieja asoló Almoradí: murieron 192 personas y el núcleo urbano quedó destruido. ¿Cómo se vuelve a levantar una ciudad cuando no queda en pie su antiguo trazado? La respuesta no fue reconstruir calle por calle lo que había desaparecido. Almoradí cambió de forma, y en esa transformación se cruzaron una catástrofe geológica, una decisión urbanística y el terreno llano de la Vega Baja.

Larramendi abrió espacio donde las casas se habían desplomado

La destrucción fue también una ruptura con el pasado urbano. El plano antiguo, descrito como típicamente musulmán, desapareció con el caserío. Poco después del terremoto, el ingeniero José Agustín de Larramendi proyectó una población de calles rectas, dispuestas en paralelo y en perpendicular, con una plaza central. Una cuadrícula sustituyó al trazado anterior.

La decisión tenía una razón concreta. Durante el seísmo, muchas casas se vinieron abajo unas sobre otras. Larramendi quiso reducir el riesgo de que esa acumulación volviera a repetirse y diseñó calles anchas y espaciosas, pensadas para ofrecer más seguridad ante otro terremoto. No se trataba de hacer desaparecer los terremotos, sino de cambiar la manera en que la ciudad podía responder a sus consecuencias.

La reconstrucción, sin embargo, no apareció de un día para otro. La resistencia de algunos propietarios a vender terrenos retrasó las obras. Las primeras 89 casas no se entregaron hasta octubre de 1830 y la reconstrucción completa no terminó hasta marzo de 1832. Mientras tanto, chozas, barracas y tiendas de campaña dieron cobijo a la población; incluso la iglesia tuvo que instalarse provisionalmente. La ciudad se sostuvo en alojamientos precarios mientras esperaba su nueva planta.

El terremoto dejó otra huella duradera: no se conserva ningún edificio de Almoradí anterior a la catástrofe. Algunos elementos de los edificios antiguos sí pudieron recuperarse, entre ellos el coro y las campanas de la iglesia. Son restos de una continuidad parcial, en una localidad cuyo espacio construido tuvo que empezar casi de nuevo. La plaza de la Constitución, conocida popularmente como El Paseo, fue concebida como el centro de ese plano.

Vista de la Partida de la Erica, un área periférica que se incorporó a la trama urbana de Almoradí.

Vista de la Partida de la Erica, un área periférica que se incorporó a la trama urbana de Almoradí.

Foto: Enrique Íñiguez Rodríguez (Qoan), CC BY-SA 3.0 — commons.wikimedia.org

La llanura del Segura también impone sus reglas

Almoradí está en el centro de la gran llanura aluvial del río Segura, que bordea el casco urbano a poco más de un kilómetro. Una llanura aluvial es un terreno bajo y extendido donde un río deposita materiales a lo largo del tiempo. Aquí el paisaje es totalmente llano: la mirada puede recorrer la huerta sin encontrar grandes desniveles que interrumpan la superficie.

Ese relieve ayuda a comprender una paradoja local. El casco urbano ocupa, en su mayor parte, un terreno unos tres metros más alto que la huerta y queda a salvo de las inundaciones descritas en la fuente. Pero otras áreas del entorno y, sobre todo, algunas pedanías se encuentran a la misma altura que los cultivos y están expuestas a las crecidas. En 1987, el Segura llegó a cubrir la totalidad de la huerta. La planicie facilita la continuidad del paisaje, pero también permite que el agua avance por amplias zonas.

La caracterización geotécnica municipal ofrece otra pista sobre el terreno: atribuye el 87.25% a arenas finas y limos, y el 2.79% a calizas, dolomías y mármoles. La presencia destacada de materiales finos encaja con el paisaje de llanura que acompaña al Segura, aunque esos porcentajes describen las categorías recogidas para el municipio y no cuentan por sí solos la historia de cada parcela. El suelo que sostiene la huerta y el casco urbano forma parte de un territorio modelado por el río; no es una superficie uniforme en todos sus puntos.

Al recorrer hoy la plaza central y las calles rectas, puedes leer dos escalas distintas de la historia. El plano responde a una decisión humana tomada tras el terremoto; la llanura que lo rodea pertenece a una historia del relieve y del agua mucho más larga. Una no explica automáticamente la otra, pero juntas muestran por qué la reconstrucción tuvo que acomodarse a un territorio llano, agrícola y expuesto a las crecidas.

La huerta ya tenía una historia antes de la cuadrícula

Mucho antes de la reconstrucción, la vida local estaba ligada a la tierra cultivada. El sistema de riegos de Almoradí tiene su origen en el azud de Alfeitamí, construido entre 1571 y 1615. Un azud es una obra que deriva parte del agua para conducirla por canales; en este caso, su historia desembocó en una gestión propia: desde 1793 el sistema de riegos es independiente de las autoridades oriolanas y se rige por ordenanzas aprobadas ese mismo año.

El agua no fue un detalle secundario de la Vega Baja. Las primeras referencias al nombre Almoradí se han relacionado con tierras irrigadas y explotadas, además de con acequias, azarbes, saladares, caminos y heredades. Una propuesta de origen del topónimo lo vincula a una familia andalusí documentada en Orihuela entre los siglos XI y XIII; según esa hipótesis, el nombre habría designado primero tierras asociadas al sistema hidráulico y después al asentamiento. La huerta, por tanto, aparece en el relato antes de que la cuadrícula del siglo XIX reorganizara el núcleo urbano.

También hay huellas de ocupaciones más antiguas. Los romanos son los primeros colonizadores de los que se tiene constancia en el término municipal: en Lo Montaro existió una villa romana, y en el área de La Julianita se han encontrado fragmentos de época tardorromana e islámica. Son indicios de presencia humana en el territorio, no una prueba de que aquellas comunidades vivieran exactamente como los vecinos de la Almoradí moderna. La historia documentada permite ver, eso sí, que el paisaje ha sido habitado y transformado durante siglos.

El plano nuevo siguió creciendo desde El Paseo

La cuadrícula de Larramendi no quedó congelada en el siglo XIX. El crecimiento posterior se desarrolló principalmente alrededor de aquel plano, aunque a finales del siglo XX la trama incorporó antiguos caminos vecinales y áreas periféricas como La Erica o Cruz de Galindo. Algunas antiguas partidas de huerta dieron nombre a nuevos barrios, entre ellos el Bañet y el Gabato. La ciudad se extendió, pero conservó como referencia el trazado nacido de la reconstrucción.

El Paseo condensa esa continuidad: fue pensado como centro neurálgico del plan y hoy sigue siendo un lugar reconocible del núcleo urbano. Desde allí, las calles rectas señalan la decisión de no repetir la disposición que, durante el terremoto, favoreció que unas casas cayeran sobre otras. En los bordes, la expansión urbana se encuentra con un territorio donde todavía importan la huerta, el relieve plano y el curso cercano del Segura. La vista de la Partida de la Erica recuerda ese paisaje periférico incorporado a la ciudad.

Almoradí respondió a la pregunta que dejó 1829 con un cambio visible: levantó un plano más abierto para que sus calles no reprodujeran la trampa de las casas derrumbadas. El terremoto borró el casco antiguo, pero la plaza y la cuadrícula mantuvieron viva la memoria de aquella reconstrucción; alrededor, el Segura continúa definiendo la llanura sobre la que la ciudad se extiende.

Tipos de terreno en Almoradí

Suelos característicos de la zona, ordenados por relevancia.

  • Arenas finas y limos
    Peligro

    Arenas finas y limos

    Suelos granulares finos a muy finos de compacidad media a floja. Típicos en llanuras de inundación y litorales. Aunque soportan viviendas ligeras, son suelos traicioneros ligados a procesos de agua: p

    Ver ficha
  • Calizas, Dolomías y Mármoles
    Advertencia

    Calizas, Dolomías y Mármoles

    Rocas sedimentarias carbonatadas (y sus equivalentes metamórficos) de componente rígida. Típicas de los macizos montañosos de la Cordillera Cantábrica, Pirineos, Cordilleras Béticas y Baleares. Aunque

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