Algarinejo, la frontera que dejó muros
En Algarinejo, Villavieja y Pesquera conservan huellas de épocas muy distintas. Entre el asentamiento antiguo y la fortaleza medieval, el sustrato del municipio cuenta también una historia de rocas, agua y terreno cambiante.
Algarinejo al anochecer, con la iglesia de Santa María la Mayor iluminada entre las casas del núcleo principal.
Algarinejo se entiende mejor siguiendo dos huellas que no conviene confundir. En Villavieja, un yacimiento remonta sus orígenes a la Edad del Cobre; en Pesquera, los restos de una fortificación hablan de defensa y control durante la época medieval. Entre ambos episodios transcurrieron siglos. Por el término municipal discurren el río Pesquera, también llamado Turca, y el Genil, que incluye el embalse de Iznájar. Bajo ese paisaje hay materiales variados, mientras que las huellas humanas pertenecen a lugares y momentos concretos. Primero aparecen los asentamientos antiguos; mucho después, una frontera necesita una estructura defensiva.
Villavieja conserva una huella antigua
La historia más antigua señalada en el municipio conduce a Villavieja. El yacimiento está adscrito a la Edad del Cobre, también llamada Calcolítico. Esa referencia sitúa allí los orígenes conocidos de Algarinejo en un tiempo remoto, pero no convierte a Villavieja en el comienzo de todos los episodios posteriores. La localidad guarda una marca de ocupación antigua; siglos después, el territorio volvería a organizarse en torno a otros asentamientos y necesidades.
También se documenta presencia romana en el municipio, con una villa romana. Es una segunda huella, distinta de la calcolítica, que amplía la secuencia de ocupación sin que tengamos que imaginar una continuidad directa entre ambas. Villavieja y la villa romana recuerdan que la historia local no empezó con la frontera medieval. Para seguir el hilo hasta Pesquera hay que avanzar a otra época y mirar cómo se transformó la organización del territorio.
Las rocas bajo el término de Algarinejo
La clasificación geotécnica del municipio destaca, en primer lugar, areniscas, conglomerados y flysch: en conjunto representan el 52,99 % de las categorías consignadas. Las calizas, dolomías y mármoles suman el 26,87 %. También aparecen gravas y arenas compactas, con un 2,41 %. Son nombres concretos para un sustrato diverso, no una única roca extendida por todo Algarinejo. Los datos no asignan uno de esos materiales a cada muro o yacimiento, pero sí describen la variedad geológica del término.
En las formaciones carbonatadas, el estudio señala una karstificación media, con karsts importantes dispersos. La karstificación es la disolución de ciertas rocas por el agua, que puede abrir cavidades y favorecer hundimientos. Para las formaciones yesíferas se registran zonas poco o casi nada karstificadas, junto a otras de karstificación media. El estudio identifica además áreas con hundimientos kársticos actuales o potenciales y movimientos del terreno, principalmente deslizamientos en formaciones blandas. Son procesos que recuerdan que el relieve no es un soporte inmutable.
El agua también aparece en la descripción de la permeabilidad: algunas formaciones son generalmente impermeables o de permeabilidad muy baja. La alteración o las fracturas pueden albergar acuíferos superficiales, por lo común poco extensos y de baja productividad, aunque localmente puedan tener interés. A la vista están, además, los cursos del Genil y del Pesquera. En otro registro del terreno, el estudio reúne 23 seísmos durante un periodo de 30 años, de magnitudes entre 1,5 y 4,2. El mayor listado alcanzó magnitud mb 4,2, a 5 kilómetros de profundidad, el 12 de abril de 1998.
En Villavieja permanece visible un tramo de muralla. Es una huella material del yacimiento, no una etiqueta para todo el subsuelo del municipio: la imagen acerca al lector a ese resto concreto y devuelve el relato desde la escala de las rocas al lugar donde se conserva.
Un tramo conservado de la muralla de Villavieja. La imagen acerca una de las huellas materiales del yacimiento.
Al-Garin entra en una tierra de frontera
Mucho después de las huellas antiguas, durante el periodo musulmán se fundó la alquería de al-Garin, de la que deriva el topónimo actual Algarinejo. El nombre árabe significa «las cuevas». La palabra añade una resonancia geológica al relato, pero el episodio histórico documentado es la fundación de una alquería: no es una explicación del origen de las cavidades ni prueba que estas determinaran el asentamiento.
En el periodo nazarí y castellano, Algarinejo, Zagra, Iznájar y Cesna se consolidaron como villas de frontera. Ese cambio coloca a sus habitantes en un escenario donde la defensa y el control del territorio importaban. La fortificación de Pesquera fue crucial para la defensa de la población y del territorio. Su función, por tanto, no se limitaba a señalar un lugar: se vinculaba a proteger una comunidad y a organizar recursos agropecuarios y población.
Pesquera levanta una defensa duradera
Pesquera fue un hisn, es decir, una fortificación defensiva para la población. La investigación arqueológica ha estudiado los restos que todavía se ven y ha reconstruido una larga vida del recinto. La ocupación podría comenzar en el siglo X; más tarde, durante los siglos XIV y XV, la fortificación llegó a ser una estructura potente, destinada a controlar recursos agropecuarios y poblacionales. La secuencia muestra un cambio: de una ocupación medieval temprana a un centro defensivo de mayor peso en la frontera.
Ese crecimiento tenía algo concreto que proteger y administrar: los recursos del campo y la población. El término hisn ayuda a entender Pesquera como una pieza de defensa para la comunidad, no como una ruina aislada del territorio. Allí se cruzaban la necesidad de resguardar a la población y la de controlar los recursos que la sostenían. La fortaleza fue una respuesta construida a esa situación histórica; el sustrato municipal constituye el marco geológico, pero no hay base para atribuirle por sí solo la decisión de levantarla.
La frontera pierde su fortaleza
La fortificación no permaneció siempre en uso. Los resultados arqueológicos indican que probablemente fue destruida y abandonada en las inmediaciones de la guerra de Granada. Ese desenlace cerró la etapa en que Pesquera funcionaba como una estructura defensiva activa. De la fortaleza quedaron restos visibles, estudiados arqueológicamente: la comunidad y el territorio siguieron adelante, pero el recinto dejó de cumplir aquel papel de control.
Después, la historia de Algarinejo tomó otros caminos. La familia de los Fernández de Córdoba, marqueses de Algarinejo, marcó su devenir durante siglos. En el siglo XVIII se construyó la iglesia de Santa María la Mayor, obra del arquitecto Ventura Rodríguez. No es la continuación de la fortaleza, sino otra huella de una época distinta. Villavieja conserva el pasado antiguo; Pesquera, los restos de una frontera que perdió su función. El muro que queda ya no defiende la población: permite leer cómo acabó aquel episodio.
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