Agolada, entre piedra y corriente
Entre el Farelo y los ríos Ulla y Arnego, Agolada conserva un paisaje de roca y agua mientras sus cifras humanas cambian. La feria mensual y la historia de su población permiten seguir esa transformación sin perder de vista el terreno que la enmarca.
Vista general de San Cibrao de Sesto, en Agolada: casas y ladera componen el paisaje habitado del municipio.
Cada día 12, la feria de Agolada reúne ganado, alimentos, textiles y herramientas. Ese calendario vuelve una y otra vez en un municipio cuya población, en cambio, ha atravesado subidas y descensos pronunciados. La escena ocurre entre la sierra del Farelo y los ríos Ulla y Arnego: un territorio donde el agua tiene presencia en el paisaje y hasta en una de las explicaciones propuestas para el nombre de la localidad.
La feria no cuenta por sí sola toda la historia de Agolada. Para entender el escenario hay que mirar también el relieve y las rocas que el estudio geotécnico agrupa a escala municipal. Después, al volver a los cambios de población, se ve una comunidad que ha mantenido sus lugares y sus ritmos mientras el número de habitantes se reducía.
Farelo, Ulla y Arnego dibujan el escenario
Agolada ocupa el extremo nordeste de la provincia de Pontevedra, en la comarca del Deza. El municipio queda entre el río Ulla, la sierra del Farelo y el río Arnego. No se trata de un paisaje definido por un único elemento: montaña y cursos de agua forman sus referencias principales, y las veinticuatro parroquias se reparten por ese territorio.
El monte do Farelo alcanza los 956 metros y es el punto más alto del municipio. Al norte, el Ulla marca el límite municipal. En Brocos, el Ulla y el Arnego se unen antes del comienzo del embalse de Portodemouros. Esa confluencia ofrece una imagen concreta del recorrido del agua por el término: dos ríos llegan a un mismo punto antes de que empiece el embalse.
Así queda planteado el escenario de la historia: una localidad situada entre cauces y una altura destacada, con el agua presente tanto en la geografía como en la vida cotidiana. La feria del día 12 es uno de los ritmos humanos que persisten en ese marco. El sustrato, menos visible que los ríos y la montaña, aporta otra pieza para leer el territorio.
Las rocas bajo Agolada
La clasificación geotécnica municipal reúne dos grandes grupos. Las areniscas, los conglomerados y el flysch representan el 50,97 % de las categorías consignadas; las pizarras y los esquistos, el 42,55 %. Son materiales concretos, no una descripción indistinta de “piedra”: la primera agrupación reúne tres nombres de roca y la segunda otros dos.
La escala importa. Esos porcentajes caracterizan el término municipal, no identifican automáticamente el material de cada casa, camino o construcción. Tampoco aportan una edad o una historia de formación para cada roca. Sí muestran que ambos grupos ocupan una parte importante de la clasificación del terreno de Agolada y dan consistencia geológica al paisaje situado entre Farelo, Ulla y Arnego.
El estudio describe además formaciones generalmente impermeables o de permeabilidad muy baja. Eso no equivale a decir que el agua desaparezca de la historia subterránea: la alteración de los materiales o sus fracturas pueden albergar acuíferos superficiales, por lo común poco extensos y de baja productividad, aunque con interés local en algunos lugares. Es una relación sencilla pero importante: el agua puede encontrar paso por zonas alteradas o fracturadas, aun cuando el conjunto de las formaciones ofrezca resistencia al flujo.
La distinción ayuda a entender por qué hablar de ríos no basta para describir toda el agua de un lugar. En Agolada, los cauces nombrados forman parte visible del escenario; las características generales del sustrato añaden otra escala. No sustituyen el relieve ni explican por sí solas las decisiones de sus habitantes, pero completan el retrato físico del municipio.
Los Pendellos y el regreso de la feria
La feria se celebra todos los días 12 de cada mes y abarca ganado, alimentación, textiles y herramientas. Su repetición da a Agolada una fecha reconocible que vuelve en el calendario. No es una estadística sobre la población: es una actividad local documentada que sigue formando parte de la vida del municipio.
Uno de los Pendellos de Agolada, en Ferreiroa, con sus apoyos de piedra y cubierta. El conjunto ofrece una imagen cercana del paisaje construido local.
Los Pendellos de Agolada, en Ferreiroa, ofrecen una imagen cercana de su paisaje construido: muros y apoyos de piedra bajo cubiertas. La fotografía acompaña el relato de la feria sin confundir las dos cosas: el conjunto arquitectónico y el mercado son referencias locales distintas, unidas aquí por la continuidad de la vida en Agolada.
La feria adquiere otro relieve junto a la economía que se describe para el municipio. Históricamente agrícola, ganadera y forestal, en los últimos años ha tendido a depender más de las producciones de vacunos y porcinos. El ganado que figura entre los productos de la feria conecta esa actividad con uno de los usos actuales del territorio, sin que eso convierta una jornada mensual en explicación de toda la economía local.
Agolada: el agua también está en el nombre
El agua reaparece en una interpretación del topónimo. Según el investigador Fernando Cabeza Quiles, Agolada procede de la expresión latina Aqua Lata, entendida como “agua conducida” o “llevada”. La propuesta se refiere al origen del nombre; no describe por sí misma una obra hidráulica concreta. Vincula, eso sí, la palabra Agolada con una imagen de agua transportada.
La forma Agolada se utilizó para nombrar la localidad en obras escritas en castellano durante el siglo XIX. También se explica la confusión con Golada mediante la separación popular de la “A” inicial, interpretada como si fuera un artículo. Así, dos formas que pueden parecer intercambiables tienen historias distintas en la explicación recogida: Agolada conserva esa referencia al agua, mientras que Golada no tendría el mismo origen.
El nombre y los ríos no son la misma evidencia, pero hacen que el agua aparezca dos veces en el recorrido: como parte del marco geográfico y como una interpretación del topónimo. De vuelta al terreno, el Farelo y los cauces siguen situando la localidad. En paralelo, los censos cuentan otra historia, la de una población que creció y luego se redujo.
De 7.003 habitantes a una Agolada más pequeña
A mediados del siglo XIX, el municipio tenía contabilizados 3.270 habitantes. En 1900 eran 4.794 y en 1950 alcanzaron 7.003. La trayectoria no fue una línea ascendente: en 1970 la cifra había bajado a 4.990. La información municipal atribuye parte de ese descenso a la fuerte emigración sufrida, un fenómeno que señala que continúa en la actualidad.
El dato de 2025 sitúa la población en 2.225 habitantes para el conjunto del término, que comprende veinticuatro parroquias. La comparación con el máximo de 1950 deja ver el alcance del cambio: Agolada sigue siendo el mismo municipio entre el Farelo, el Ulla y el Arnego, pero reúne hoy a menos habitantes que entonces. La reducción no borra su geografía; cambia la escala humana con la que se ocupa y se recuerda.
La economía también refleja una transformación. La actividad agrícola, ganadera y forestal forma parte de su trayectoria histórica, mientras que la producción de vacunos y porcinos ha ganado peso en los últimos años. La descripción económica añade que hay muchas tierras no aptas para el cultivo y que el desarrollo está condicionado por un elevado número de explotaciones y por la carencia de una estructura adecuada. Son dificultades expresas para la actividad, no una prueba de que una roca concreta haya causado la emigración.
El sustrato descrito por la clasificación geotécnica y las condiciones de la economía pertenecen a un mismo municipio, aunque no se puedan convertir en una causa única. La historia humana aquí se entiende mejor siguiendo lo que está documentado: una población que alcanzó un máximo en 1950, descendió en las décadas siguientes y llegó a 2.225 habitantes en 2025, mientras la actividad ganadera y la feria permanecen en la vida local.
Agolada queda así entre dos continuidades: la del relieve y los cursos de agua, y la de una feria que regresa cada día 12. La cifra de habitantes ha cambiado; el municipio sigue tendido entre el Farelo, el Ulla y el Arnego. Y bajo ese paisaje, areniscas, conglomerados, flysch, pizarras y esquistos componen el sustrato que acompaña la historia, sin sustituir a quienes la viven.
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