Villamantilla, rastros junto al Perales
En los márgenes del río Perales aparecieron tumbas de piedra de época visigoda; en el término también se han hallado restos arqueológicos atribuidos a asentamientos romanos. Esas huellas abren una historia de ocupación, pastos y autonomía, sobre un subsuelo que hoy conocemos a escala municipal.
El Ayuntamiento de Villamantilla, en una vista exterior del núcleo actual.
Villamantilla se asienta a 550 metros sobre el nivel del mar, pero algunas de sus huellas más antiguas no se leen en una plaza ni en una fachada: están en el término municipal y, en particular, junto al río Perales. Allí se encontraron tumbas de piedra de época visigoda. También se han señalado hallazgos arqueológicos que prueban la presencia romana en estas tierras, aunque no se ofrecen detalles que permitan reconstruir esos asentamientos.
El paisaje de hoy reúne esas señales de épocas distintas, pero no las convierte en una sola historia continua. Entre los restos romanos y las sepulturas visigodas hay un cambio de tiempo; después, siglos más tarde, la tradición local sitúa en los pastos el atractivo que llevó a pastores procedentes de Segovia a fundar aquí un pueblo. Seguir esas huellas permite descubrir cómo se fue haciendo reconocible Villamantilla, y qué sabemos del terreno que sostuvo ese recorrido.
El Perales, junto a las sepulturas
La referencia más concreta al paisaje antiguo es la de las tumbas visigodas halladas en los márgenes del Perales. Una sepultura de piedra es una huella humana duradera: señala que allí se dispuso un lugar de enterramiento, aunque los datos disponibles no identifican a las personas ni explican las circunstancias de cada tumba. El río aporta una localización precisa; no hace falta atribuirle una causa para reconocer el valor de esa relación espacial.
Los hallazgos romanos, por su parte, se describen como prueba de que hubo asentamientos en el término. La escala importa: se habla de Villamantilla y sus tierras, no de un núcleo romano identificado con nombre o emplazamiento exacto. Las dos noticias, romana y visigoda, muestran que el territorio conserva rastros de ocupación en momentos distintos. No dicen que una comunidad sucediera directamente a la otra, pero sí sitúan el término en una historia humana anterior al pueblo medieval.
El Perales funciona así como un punto de orientación para leer el pasado local: cerca de sus márgenes se localizaron las sepulturas, mientras que el resto de hallazgos se atribuye al conjunto del municipio. La diferencia entre esos lugares evita confundir una señal concreta con todo el territorio. También deja abierta una pregunta sencilla: ¿qué ofrecía esta comarca a quienes llegaron después? La tradición sobre los pastores dirige la mirada desde las tumbas hacia los pastos.
Un subsuelo de varias familias
Un estudio geotécnico clasifica el terreno municipal principalmente en dos grandes grupos. El 76,85 % corresponde a la categoría «Areniscas, Conglomerados y Flysch»; el 18,20 %, a «Calizas, Dolomías y Mármoles». Son porcentajes referidos al municipio y a esas clases técnicas: no identifican automáticamente la roca de una tumba, de una iglesia o de una casa concreta.
El estudio describe además formaciones generalmente impermeables o de permeabilidad muy baja. En términos sencillos, el agua encuentra dificultades para circular por ellas de forma extensa; aun así, la alteración del material o las fracturas pueden alojar acuíferos superficiales, por lo común poco extensos y de baja productividad, aunque localmente importantes. La roca no es, por tanto, una barrera absoluta: sus zonas alteradas o abiertas pueden cambiar la manera en que el agua se mueve y queda almacenada.
Esta información ofrece una imagen general del sustrato bajo Villamantilla, no una explicación del origen de cada relieve ni de cada resto arqueológico. El dossier no fecha esas formaciones ni detalla cómo se originaron. Lo que sí permite es nombrar los materiales dominantes y comprender una propiedad práctica del terreno: la baja permeabilidad general, con posibles excepciones donde la alteración o la fracturación facilitan el paso del agua. Es un telón de fondo geológico; la historia de los asentamientos requiere también seguir las huellas humanas y las noticias locales.
Pastores atraídos por los pastos
La tradición sitúa la fundación de Villamantilla en los siglos XII y XIII y la atribuye a pastores procedentes de Segovia, atraídos seguramente por la abundancia de pastos del municipio. El relato es cauteloso: presenta un origen probable, no una fecha exacta ni una escena fundacional. Aun así, propone una relación clara entre una comunidad móvil y un recurso del paisaje. Los pastos hicieron atractivo el lugar para quienes vivían del ganado, según esa explicación tradicional.
El cambio decisivo fue que aquellos pastores dejaron de ser solo visitantes o usuarios de los pastos y pasaron a estar asociados al origen de una población. No conocemos el número de familias, la forma de sus viviendas ni el sitio preciso donde se asentaron; tampoco se puede deducir que escogieran una parcela por una roca determinada. La historia disponible habla de pastos y procedencia segoviana. El sustrato municipal, con sus familias de materiales y su baja permeabilidad general, acompaña ese escenario sin que podamos convertirlo en causa demostrada de la fundación.
Con el tiempo, la comunidad quedó vinculada a Segovia de una manera que ya no era solo la procedencia de sus pastores. La villa buscó separarse de esa dependencia. En ese paso, la historia local cambia de escala: del aprovechamiento del paisaje se desplaza a la capacidad de una población para obtener reconocimiento propio. Los siglos de ocupación anteriores quedan atrás como huellas dispersas; ahora el protagonista es el pueblo que negocia su condición.
La iglesia de Villamantilla, vista desde el exterior. La imagen sitúa el recorrido en el núcleo actual antes de volver a las huellas históricas del municipio.
Segovia y el precio de 1615
En 1615, bajo el reinado de Felipe III, Villamantilla consiguió la separación de Segovia por un valor de 56.250 maravedíes. La cifra convierte la autonomía en algo concreto: no fue solo una identidad que se fue formando alrededor de los pastos, sino una condición conseguida mediante un precio. El episodio da un desenlace a la dependencia administrativa que el relato local asocia con Segovia: Villamantilla obtuvo su separación.
La cronología local añade que fue durante el reinado del hijo de Felipe III, Felipe IV, cuando se produjo otro episodio relacionado con el privilegio de ajusticiar malhechores y la existencia de una horca en el paraje llamado Cerro la Horca. La noticia no aporta un suceso de ejecución; sí conserva el vínculo entre una atribución de autoridad y un lugar concreto del término. La separación y el Cerro pertenecen a la historia del pueblo, pero no hay base para afirmar que el sustrato geológico determinara esos acontecimientos.
La autonomía de 1615 marca un resultado reconocible en la trayectoria del colectivo: la separación se consiguió y quedó asociada a una cantidad precisa. No se describen las conversaciones ni las dificultades administrativas que precedieron al acuerdo, de modo que no conviene inventar una escena de negociación. Lo que permanece es el dato del logro, una frontera política en la historia de Villamantilla y la memoria de un lugar —el Cerro la Horca— cuyo nombre conserva otra parte de aquel pasado.
Cerro la Horca y el nombre «colgaos»
La horca aparece en la tradición como un privilegio, y el paraje conserva el nombre de Cerro la Horca. Pero no consta que allí se ejecutara a nadie. Esa diferencia importa: el lugar y el privilegio forman parte de la historia contada sobre Villamantilla, mientras que una ejecución concreta no puede añadirse a ella. El apodo «colgaos», usado por habitantes de pueblos cercanos, se vincula a esa historia de la horca.
Así, un accidente del paisaje se convirtió también en una referencia cultural. El cerro no se describe geológicamente en las fuentes disponibles, por lo que su nombre no basta para explicar su forma ni la roca que lo compone. Lo que sí permite seguir es el trayecto de una huella: un topónimo guarda la noticia de una autoridad atribuida, esa noticia alimenta un sobrenombre y ambos permanecen en la manera de nombrar a Villamantilla desde fuera.
De los 412 habitantes al pueblo actual
A mediados del siglo XIX, Villamantilla tenía 412 habitantes. En 1850, Pascual Madoz incluyó la villa en el volumen XVI de su diccionario geográfico-estadístico-histórico. La población registrada para 2025 es de 1.660 habitantes. Esas cifras dibujan dos momentos muy distantes, pero no explican por sí solas cómo cambió la vida local, ni permiten atribuir ese cambio a una característica geológica concreta.
La localidad también entró en una historia literaria: en Nazarín, de Benito Pérez Galdós, el sacerdote protagonista atiende con estoicismo a enfermos de viruela del pueblo. Es una escena de novela, no un registro que permita afirmar que ese episodio ocurrió en Villamantilla. La presencia del nombre local en la obra añade otra clase de huella: junto a tumbas, hallazgos y documentos históricos, existe una representación literaria del pueblo.
Al volver al Perales, la historia queda ordenada por rastros de distinta naturaleza. Las tumbas visigodas ocupan una localización concreta en sus márgenes; los hallazgos romanos pertenecen al término; la tradición de los pastores explica un posible origen medieval; y el año 1615 fija la separación de Segovia. Ninguna de esas señales necesita convertirse en causa de las otras. Juntas muestran un territorio habitado, un pueblo que obtuvo autonomía y un subsuelo municipal formado por varias familias de materiales.
La sepultura de piedra y el nombre del Cerro la Horca cuentan historias distintas, pero ambos sobreviven como marcas locales. Villamantilla ya no es solo el lugar al que, según la tradición, llegaron pastores atraídos por los pastos: es también la comunidad que consiguió separarse de Segovia y dejó rastros junto al Perales. Bajo esas historias, las rocas y sedimentos siguen siendo el escenario material del municipio, con sus zonas poco permeables y sus posibles pasos de agua por alteración o fracturas.
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