Historia geológica Localidad Torrecillas de la Tiesa

Torrecillas de la Tiesa, marcas en la piedra

En la plaza, el rollo de granito recuerda el momento en que Torrecillas afirmó su jurisdicción; en los campos, tumbas excavadas en pizarra guardan una huella mucho más antigua. Entre ambas piedras se lee una historia de territorio, memoria y poder.

El rollo jurisdiccional se alza en la plaza de Torrecillas de la Tiesa, donde recuerda el pasado de la villa independiente.

El rollo jurisdiccional se alza en la plaza de Torrecillas de la Tiesa, donde recuerda el pasado de la villa independiente.

Foto: Marbregal, CC BY-SA 3.0 — commons.wikimedia.org

En la plaza de Torrecillas de la Tiesa, el rollo se alza entre las casas como una señal pública. Su granito y su forma renacentista pertenecen a una historia muy concreta: la de una villa que quiso dejar visible su independencia de Trujillo. Pero la piedra guarda otras marcas fuera del núcleo urbano. En distintas fincas del término, unas tumbas excavadas en pizarra señalan una presencia de la Alta Edad Media. Dos materiales y dos épocas distintas ponen en escena una misma cuestión: cómo quienes habitaron este territorio dejaron señales que aún pueden reconocerse.

La historia política empezó antes de que el rollo ocupara la plaza. En 1430, Torrecillas recibió el título de villa perteneciente a la Corona castellana, aunque sus orígenes como entidad política siguieron ligados a Trujillo. En 1558, Felipe II autorizó a su hermana Juana de Portugal a vender varios lugares de la jurisdicción trujillana para obtener recursos. Torrecillas figuraba entre ellos. La decisión abrió un nuevo capítulo: el paso de una población vinculada a Trujillo a un señorío propio, con sus derechos y sus disputas.

La pizarra conserva otras huellas

Bajo esa historia de plazas y jurisdicciones está el terreno. La información geotécnica del término clasifica como «Pizarras y Esquistos» el 94,44 % de sus suelos; registra también un 4,34 % como masa de agua. Es una descripción municipal, no una identificación de cada piedra de cada edificio. A esa escala, sin embargo, deja claro qué materiales dominan el paisaje geológico local: pizarras y esquistos, nombres de rocas que reaparecen en una huella arqueológica precisa.

En varios parajes se hallaron tumbas excavadas en pizarra: tres en el Cerro de la Peña, una en el Valle de la Lobera, cinco en Canalejas de Valdelahuesa, seis en Casarones del Tozo y una en La Mascalina. Son emplazamientos dispersos, en terrenos dedicados fundamentalmente a la agricultura y la ganadería. La roca no es aquí un telón de fondo abstracto: fue el material trabajado para abrir sepulturas. La propia forma de la huella conecta el sustrato del término con una acción humana, aunque no permita atribuir cada tumba a una persona o a una familia concreta.

Las sepulturas se atribuyen a la Alta Edad Media y son posteriores a la época romana, pero no cuentan con una datación más exacta. Tienen en común que no conservan restos humanos ni ajuares. Lo que ha llegado hasta el presente es, por tanto, la intervención en la pizarra: cavidades que permanecen mientras quienes las hicieron y las ocuparon ya no están. La piedra mantiene la marca, pero no devuelve los nombres ni las historias individuales de los enterrados.

Ese contraste ayuda a entender por qué el material importa. Una tumba excavada no es lo mismo que un objeto depositado sobre el suelo: exige dar forma al sustrato y escoger un emplazamiento. En Torrecillas, la localización de estas sepulturas muestra esa relación de manera concreta. El dato de que fueran abiertas en pizarra permite reconocer el papel de la roca sin convertirlo en una explicación de todo el asentamiento ni atribuirle una causa que no consta.

La huella antigua no se limita a las tumbas. En el territorio municipal se encuentra La Coraja, un castro prerromano asociado a los vetones; se lo sitúa en el siglo V a. C. El lugar está entre un arroyo y un río y cuenta con una muralla. La referencia a esos cursos de agua ayuda a situar el enclave dentro de un término mayoritariamente llano, atravesado por el río Almonte al norte y por el Tozo en su zona central. El paisaje no es uniforme: los cursos de agua introducen variedad en la llanura trujillana.

Así, el recorrido entre La Coraja y las tumbas medievales no inventa una continuidad entre comunidades distintas. Muestra, más bien, cómo diferentes épocas dejaron rastros en el mismo término: un castro y una necrópolis vinculados al pasado prerromano, y sepulturas dispersas excavadas en pizarra en tiempos posteriores a Roma. En ambos casos, el terreno ofrece lugares concretos para localizar esas huellas. La roca no cuenta por sí sola quién vivió allí; son los vestigios y su contexto los que permiten reconocer las etapas.

La entrada de Santa Catalina, templo del siglo XVI, muestra otro de los hitos históricos del casco de Torrecillas.

La entrada de Santa Catalina, templo del siglo XVI, muestra otro de los hitos históricos del casco de Torrecillas.

Foto: Sheldon Cooper 02, CC BY 4.0 — commons.wikimedia.org

El rollo convierte la jurisdicción en señal

En 1559, Torrecillas pasó a ser señorío de Diego Pizarro Hinojosa, hijo de un noble trujillano que poseía tierras en la zona. La venta se fijó por vecino y por legua del término. Aquel mismo año se levantó el rollo como señal de villa exenta e independiente de Trujillo. No era una marca funeraria ni una huella excavada en el campo: ocupaba el espacio común y hacía visible un cambio de jurisdicción. La población había cambiado de condición; la plaza recibió un signo para expresarlo.

El rollo está realizado en granito berroqueño y pertenece al estilo renacentista. Esa piedra no debe confundirse con la clasificación dominante de pizarras y esquistos del término: son datos de escalas y objetos diferentes. El primero identifica el material de un monumento concreto; el segundo describe la distribución geotécnica municipal. En la plaza, el granito fue convertido en una señal cívica. En los parajes rurales, la pizarra había recibido otra forma: la de las tumbas. La historia de Torrecillas queda inscrita en materiales distintos sin que uno explique automáticamente el origen del otro.

La autonomía tampoco quedó resuelta para siempre con la construcción del rollo. El 25 de marzo de 1758, el Concejo de Torrecillas pleiteó con el marqués de Lorenzana, sucesor de Diego Pizarro Hinojosa y propietario de la villa, para acordar la compraventa del territorio a Martín Villanueva. El acuerdo se materializó el 27 de enero de 1762: Villanueva adquirió el derecho a la jurisdicción propia por 1.981.446 maravedíes de vellón. La disputa, que había pasado de una venta inicial a un nuevo litigio, terminó con otro cambio de titularidad y con la continuidad de los privilegios vinculados al señorío.

En 1811, las Cortes de Cádiz eliminaron los señoríos y los corregidores e impusieron la instauración de ayuntamientos con alcaldes, procuradores y regidores. Torrecillas pasó a ser municipio constitucional tras la caída del Antiguo Régimen. Más tarde, desde 1834, quedó dentro del partido judicial de Trujillo, junto con otras localidades. La jurisdicción señorial que había marcado las disputas del siglo XVIII desapareció; el rollo, en cambio, siguió en la plaza como recuerdo material de aquella etapa. Hoy el nombre de Plaza del Rollo mantiene viva esa asociación entre lugar y memoria.

Dos piedras, dos maneras de recordar

Alrededor del pueblo, el relieve es predominantemente llano, aunque el Almonte y el Tozo aportan variedad; el Tozo, además, forma un embalse. El municipio reúne grandes dehesas y parajes con nombres como La Coraja, La Atalaya y La Pizarra. Es un paisaje donde la escala cambia pronto: de la plaza, con un monumento de granito que representó una condición política, a los campos, donde las tumbas excavadas en pizarra permanecen como huellas de otra época.

La imagen que ofrece Torrecillas no es la de una sola piedra ni la de una historia única. El granito del rollo señala la villa exenta; las pizarras y esquistos dominan la clasificación geotécnica municipal y, en ciertos lugares, la pizarra fue trabajada para abrir tumbas. Entre la señal pública de la plaza y las marcas silenciosas del campo se despliega un relato de cambios, desde los asentamientos antiguos hasta el municipio constitucional. El rollo sigue en pie; las sepulturas conservan su forma excavada. Son rastros diferentes de quienes ocuparon y organizaron este territorio.

En Torrecillas, las piedras no cuentan una sola historia: unas fijaron un derecho en el centro de la villa; otras conservaron la forma de tumbas dispersas por el término. Al mirar el rollo junto a la pizarra, el paisaje deja de ser solo una llanura: aparece como el lugar donde distintas épocas dejaron marcas que aún podemos distinguir.

Tipos de terreno en Torrecillas de la Tiesa

Suelos característicos de la zona, ordenados por relevancia.

  • Pizarras y Esquistos
    Advertencia

    Pizarras y Esquistos

    Rocas metamórficas caracterizadas por su foliación (planos de debilidad paralelos o pizarrosidad). Muy frecuentes en Galicia, Asturias, norte de León, Extremadura y Sierra Morena. Son macizos rocosos

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  • Masa de agua
    Peligro

    Masa de agua

    Zona correspondiente a ríos, lagos, embalses, lagunas, marismas permanentes o franjas litorales sumergidas. El punto consultado se encuentra sobre una masa de agua identificada cartográficamente por e

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