Serón, el hierro que bajó la sierra
Durante casi un siglo, el hierro de Las Menas puso en movimiento la Sierra de los Filabres: cables, cargaderos y trenes salvaron sus desniveles hasta llevar el mineral lejos de Serón. La montaña y las huellas de aquel viaje todavía se leen en el municipio.
Serón, con el caserío en primer plano y la Sierra de los Filabres al fondo: el paisaje que acogió las explotaciones de hierro de Las Menas.
En Serón, el hierro no salía de la sierra por su propio peso. Había que arrancarlo de los yacimientos de Las Menas y vencer los desniveles de los Filabres antes de alcanzar el ferrocarril. Durante casi un siglo, esa dificultad reunió a mineros, compañías y transportistas en una misma tarea: sacar el mineral de la montaña. La historia dejó una red de infraestructuras y un poblado minero, pero también una pregunta sencilla: ¿cómo se convierte una ladera abrupta en una ruta de salida? La respuesta está en las minas, en los cables aéreos y en el trazado que unió Serón con el embarcadero de Águilas.
Las Menas abre la ruta del hierro
La minería de hierro impulsó el desarrollo económico de la zona desde el siglo XIX, en una época en que la industria del acero alimentaba la demanda de mineral. En Serón, la belga Compagnie des Mines et des Chemins de Fer Bacàres-Almería puso en explotación los yacimientos de Las Menas. El mineral se vendía a la compañía inglesa The Bacares Iron Ore Mines Co. Ltd., y empresas de origen inglés trabajaron los recursos de la sierra durante buena parte del siglo XX.
Las Menas no era un punto aislado en el mapa: sus yacimientos pertenecían a la Sierra de los Filabres, un relieve que planteaba el primer obstáculo práctico. La dificultad no era solo extraer hierro, sino transportarlo desde la montaña hasta la vía ferroviaria. Los cables aéreos, las tolvas y los cargaderos resolverían ese tramo; el tren llevaría después la carga hacia la costa. Cada etapa dependía de la anterior, como una cadena tendida entre la mina y el mar.
El sustrato de Serón, entre pizarras y calizas
El término municipal no tiene un único tipo de terreno. Una caracterización geotécnica de Serón clasifica como «Pizarras y Esquistos» el 80,46 % de las unidades consideradas; también registra «Gravas y Arenas compactas» (7,16 %) y «Arenas finas y limos» (2,19 %). Son materiales distintos: las pizarras y los esquistos son rocas, mientras que gravas, arenas y limos nombran sedimentos de tamaños diferentes. Esta clasificación describe el municipio, no identifica por sí sola la roca concreta de cada galería de Las Menas.
En otra parte del paisaje, la Zona de Especial Conservación Calares Sierra de los Filabres reúne calizas, dolomías y yacimientos metalíferos. Se extiende por más de 2.000 hectáreas del término, alrededor del 31 % de su superficie, y comprende el Calar Alto, que alcanza 2.168 metros. El estudio geotécnico distingue en las formaciones carbonatadas zonas medianamente karstificadas —con karsts importantes dispersos— y otras poco o casi nada karstificadas, con algún sistema aislado. El conjunto habla de un territorio geológicamente diverso; el hierro de Las Menas, en cambio, se documenta específicamente como parte de los yacimientos mineros de la sierra.
La montaña imponía una condición muy concreta: salvar desniveles. No hace falta imaginar que toda la sierra ofrecía el mismo suelo para entender el problema. La propia historia minera registra el relieve como obstáculo de transporte y explica la solución construida para sortearlo. Así, el terreno aparece no como decorado, sino como una fuerza que condicionó el recorrido del mineral: primero hacia abajo, desde los yacimientos, y luego hacia la vía que lo sacaría del valle.
Los cables aéreos salvan los desniveles
La línea férrea Lorca-Baza, inaugurada en 1894, dio a la minería una salida de largo recorrido. Desde la estación de Serón y el apeadero de Los Canos, el mineral podía continuar hasta el embarcadero del Hornillo, en Águilas. Pero el ferrocarril no llegaba a resolver el trayecto entre las explotaciones de la sierra y sus puntos de carga. Para salvarlo, a comienzos del siglo XX las compañías mineras construyeron una red kilométrica de cables aéreos.
Los cables conectaban las explotaciones con tolvas y cargaderos junto a la vía. La tolva recibía el mineral y permitía descargarlo para su traslado; el cargadero lo situaba a la espera del tren. Con esa infraestructura, la pendiente dejó de ser un bloqueo absoluto y se convirtió en un tramo que podía recorrerse mediante un sistema de transporte. La montaña no desaparecía del trabajo: seguía determinando dónde debía empezar el cable y dónde podía entregarse la carga al ferrocarril.
Antiguo almacén de la estación de Serón, parte de la infraestructura ferroviaria que enlazaba la localidad con la ruta de salida del mineral.
El antiguo almacén de la estación de Serón recuerda el extremo ferroviario de ese recorrido. No es la mina ni una imagen de los trabajos de extracción: es un edificio ligado a la infraestructura que la localidad conserva junto con otras huellas del transporte. Entre la estación y los cargaderos, el mineral pasaba de la red tendida por las laderas a una línea que lo llevaba hacia Águilas. La escala del viaje cambiaba, pero el objetivo seguía siendo el mismo: sacar el hierro de los Filabres.
El ferrocarril une la sierra con Águilas
La ruta ferroviaria enlazaba paisajes y trabajos distintos. En la sierra estaban los yacimientos; junto a la vía, los lugares de carga; en Águilas, el embarcadero del Hornillo. La producción se transportaba por la línea Lorca-Baza. El recorrido daba continuidad al esfuerzo realizado en Las Menas: una vez extraído y bajado de la montaña, el mineral podía viajar más allá del entorno inmediato de Serón.
También varias compañías participaron en esa red. La explotación de Las Menas estuvo vinculada a la belga Compagnie des Mines et des Chemins de Fer Bacàres-Almería, y el mineral se vendía a la inglesa The Bacares Iron Ore Mines Co. Ltd. La Sociedad Cabarga San Miguel y W. H. Müller aparecen asimismo en la historia de los transportes mineros de la zona. Los nombres empresariales cambian, pero el desafío que afrontan es reconocible: coordinar la extracción, el descenso por la sierra y el enlace ferroviario.
Las Menas crece y el trabajo se organiza
La minería también transformó la vida alrededor de las explotaciones. En los años cincuenta se construyó el poblado minero de Las Menas, que sirvió a la actividad hasta el cierre de las minas en 1968. El poblado daba forma visible a una economía asentada en el hierro: cerca de las explotaciones se levantó un núcleo ligado a su funcionamiento. La sierra, que había ofrecido el recurso y planteado el desnivel, quedó atravesada por una red de trabajo y transporte.
La expansión no transcurrió sin conflictos laborales. Hacia comienzos de 1933 hubo una huelga de los mineros de la zona, liderada por la UGT. El dato deja ver a quienes trabajaban detrás de la maquinaria y de las cifras de producción: un colectivo que compartía el duro escenario de la minería y que también se organizó. La explotación continuó durante décadas después de aquel episodio, hasta que el cierre de 1968 puso fin a la actividad minera que había dado sentido al poblado.
El cierre deja una huella en la sierra
En 1968 terminó la explotación de las minas de Las Menas. Con ella se cerró el recorrido productivo que había unido los yacimientos con los cables, los cargaderos y la línea ferroviaria. El final no borró la obra realizada: Serón conserva la práctica totalidad de la arqueología industrial del siglo XX concentrada en el poblado minero, además de infraestructuras ferroviarias en las inmediaciones del valle. Las Menas está hoy integrada en un proyecto de turismo rural.
Así acaba el viaje del hierro como actividad minera: ya no continúa desde las explotaciones hacia el embarcadero, pero sus estaciones siguen marcando el itinerario. Las Menas guarda la memoria del trabajo en la montaña; el antiguo almacén señala la conexión ferroviaria; la sierra conserva el relieve que obligó a tender cables. Lo que antes era una ruta de salida para el mineral es ahora una huella local para entender cómo Serón enlazó sus recursos con el mundo industrial.
Vista desde el pueblo, la Sierra de los Filabres ya no es solo el horizonte. Fue también el origen del hierro y el obstáculo que hubo que salvar para sacarlo de allí. En los cables y en la estación, el descenso sigue teniendo forma.
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