Pol, entre dos destinos de agua
Desde las alturas de Pol, los cursos de agua toman caminos distintos: unos se encaminan hacia el Miño y otros hacia el Eo. El relieve que reparte esas aguas también acompañó los pasos de una antigua vía romana, bifurcada en Valonga hacia Ribadeo y Viveiro.
La Praza de Galicia, en Mosteiro, capital de Pol desde 1970.
En Pol, una misma caída del terreno no conduce todas las aguas al mismo destino. Hacia el este se alzan Pena Grande, con 935 metros, Montes da Ferradura, con 809, y Penedo do Pao, con 827. Desde las colinas parten arroyos y ríos. En el centro, el río Azúmara enlaza con el Pol; por el suroeste corre el Lea. Esos cursos pertenecen a la cuenca del Miño. El río Lúa, por su parte, enlaza con el Eo y la vertiente cantábrica. El municipio queda así asociado a dos rutas del agua. Y por este territorio también pasó una vía romana que se dividía en Valonga para dirigirse hacia Ribadeo y Viveiro.
Las alturas de Pol reparten las aguas
El terreno desciende desde sus cotas más altas hacia zonas más bajas: en el límite con Castro de Rei apenas supera los 400 metros, mientras las colinas intermedias no sobrepasan los 650. Entre unas y otras, el agua encuentra cauces distintos. Una cuenca fluvial es el territorio cuyas aguas acaban reuniéndose en una misma red de ríos. En Pol, las redes del Miño y del Eo permiten leer dos direcciones generales, aunque no dibujen por sí solas una línea exacta de divisoria sobre el mapa.
La diferencia se reconoce siguiendo los nombres de los ríos. El Azúmara y su enlace con el Pol recorren el centro; el Lea pertenece al suroeste. En cambio, el Lúa enlaza con el Eo, que lleva sus aguas hacia la vertiente cantábrica. No son una única corriente que cambie de nombre al atravesar el municipio, sino distintos cursos incluidos en sistemas de drenaje diferentes. La forma del relieve ofrece el marco para esa separación: el agua que desciende por un lado se incorpora a una red; la que toma otro rumbo, a otra.
Pol recibe aproximadamente 1.000 milímetros de precipitación al año. Esa lluvia alimenta el ciclo de los arroyos y los ríos, mientras el clima oceánico continental y las bajas temperaturas medias completan el contexto del paisaje. No hace falta imaginar un gran cauce único para comprenderlo: aquí la historia del agua está repartida en una red de cursos que nacen en las elevaciones y continúan hacia salidas distintas. Desde las cotas del este hasta las zonas bajas del oeste, el recorrido se construye tramo a tramo.
Pizarras y esquistos bajo el paisaje
También importa qué materiales hay bajo ese relieve. El estudio geotécnico de Pol clasifica el 90,62 % de los suelos como «Pizarras y Esquistos» y el 6,60 % como «Arenas finas y limos». Son cifras referidas al conjunto municipal: no identifican automáticamente el material de una finca, un cauce o un edificio concreto. Aun con esa escala amplia, dibujan un dato útil para entender el territorio: predominan las categorías de pizarras y esquistos, con arenas finas y limos en una proporción menor.
El mismo estudio describe las formaciones de su clasificación como generalmente impermeables o de muy baja permeabilidad. Eso significa que el agua no atraviesa esos materiales con facilidad en conjunto. La ficha también señala que la alteración o la fisuración pueden albergar acuíferos superficiales, por lo general poco extensos y de baja productividad, aunque localmente puedan tener interés. Alteración y fisuración ofrecen dos vías para entender la excepción: el material cambia o se abre, y entonces puede guardar agua en espacios que no existen en una masa intacta. La descripción es general para Pol, no una localización precisa de cada reserva.
Así, lluvia, relieve y sustrato participan en una misma historia sin confundirse. Las alturas orientan el descenso; los cauces reúnen parte de esa agua en direcciones distintas; y la clasificación geotécnica indica que la circulación por el subsuelo suele ser limitada, aunque pueda darse en zonas alteradas o fracturadas. El estudio no fecha las pizarras y los esquistos ni reconstruye aquí su formación. Sí permite nombrar los materiales predominantes y explicar, a escala municipal, una característica relevante para el agua: su paso subterráneo no es igual de sencillo en todas partes.
Valonga, cruce de caminos humanos
Mucho antes de que Pol tuviese sus límites municipales actuales, una vía romana atravesaba este territorio. Procedía de Astúrica Augusta y, en Valonga, se bifurcaba hacia Ribadeo y Viveiro. La vía y los ríos no son la misma historia, ni hay datos que permitan atribuir a la geología el trazado concreto de aquella calzada. Pero juntas revelan dos maneras de recorrer el paisaje: el agua se distribuye por redes que conducen a cuencas distintas; el camino humano atravesaba el territorio y abría dos destinos desde un punto de bifurcación.
La huella romana también aparece en otros indicios locales. En el monte de Bouzoá se encontró, hacia 1950, un ara votiva dedicada a los lares viales, deidades asociadas a los caminos. La inscripción, «Lari(bus) Viali(bus) ex uoto», expresa una dedicatoria por un voto. Hoy se conserva en el museo del castro de Viladonga, vecino a Pol. En Doncide, Sinagoba y Silva se mencionan teselas y fragmentos de mosaico, además de tejas y ladrillos de hypokausto. En Silva, el análisis de fotografía aérea ha señalado también un posible castro romano en el monte entre As Escangarelas da Granda y el río Azúmara, hacia Ventín y Bouzoá.
Mosteiro y los límites que cambiaron
La historia administrativa siguió otros ritmos. El documento más antiguo conservado referido al municipio data del año 572: registra una delimitación de territorios de la organización eclesiástica acordada en un concilio bajo el rey suevo Mirón. Allí aparecen Pol —como Pauli—, Cirio, Montecubeiro y una antigua vereda que salía hacia Benade. Es un paisaje nombrado mediante límites y caminos, muchos siglos antes de que existiese el ayuntamiento actual.
En la Edad Media hubo monasterios en Arcos, Mosteiro y Silva. El de Silva estaba bajo la protección del papa Adriano IV en 1156. Cuando la Orden del Císter se instaló en el monasterio de Santa María de Meira, esos monasterios desaparecieron. Después, el territorio se organizó de formas sucesivas: en el siglo XVIII Pol se dividía entre las jurisdicciones de Luaces, Meira y Lea. Los primeros ayuntamientos fueron Luaces y Lea; en 1835 se creó el actual municipio de Pol, con el mismo territorio salvo Lúa.
Mosteiro, con 206 habitantes según el dato asociado a ese cambio, es la capital desde 1970. La Praza de Galicia conserva espacios de reunión como su palco de música, con placas dedicadas a las fiestas del emigrante. La fotografía muestra ese rincón de Mosteiro, ya en el tiempo del municipio moderno.
El palco de música de la Praza de Galicia recuerda las fiestas del emigrante celebradas en el municipio.
Dos vertientes, un paisaje compartido
El resultado de esta historia no es que una red de agua haya vencido a la otra. Las dos direcciones siguen formando parte de la geografía descrita para Pol: los cursos vinculados al Miño y el enlace del Lúa con el Eo. La organización municipal, en cambio, sí llegó a una forma concreta en 1835, y Mosteiro pasó a ser capital en 1970. Son escalas distintas: una explica hacia dónde se encaminan las aguas; la otra, cómo se delimitó y organizó la comunidad.
En el término conviven, por tanto, un sustrato dominado por pizarras y esquistos, cursos que se reparten entre dos vertientes y una historia humana de caminos, monasterios y límites. La vía romana se abría en Valonga hacia dos destinos; los ríos continúan su recorrido por redes diferentes. En Pol, la imagen de un cruce no es solo una bifurcación en el camino: también es una manera de leer el paisaje, donde las alturas orientan el agua y el terreno da continuidad a la historia local.
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