Peraleda de la Mata, la vega sumergida
Al sur de Peraleda, el Tajo cambió de orilla y de escala: las vegas que habían sido las mejores tierras de cultivo quedaron bajo el embalse de Valdecañas. Con ellas, el agua cubrió también una huella prehistórica que llevaba milenios en el paisaje.
La Plaza de España, con la iglesia de Santiago Apóstol y los soportales del centro de Peraleda. La transformación más profunda del paisaje reciente ocurrió al sur, en las vegas del Tajo.
Peraleda de la Mata se extiende por el terreno llano del Campo Arañuelo. Al sur, el embalse de Valdecañas recoge las aguas del Tajo y marca el límite con la comarca de Los Ibores. Hoy el agua parece parte natural del paisaje; pero su presencia a esta escala es reciente. Cuando el embalse entró en funcionamiento a comienzos de los años sesenta, cambió el destino de la Vega de Alarza y de quienes dependían de sus tierras. El río, que había señalado una franja fértil junto a sus orillas, quedó detrás de una gran lámina de agua. En ese cambio se cruzan dos historias: la de una comunidad que perdió campos de cultivo y la de un territorio que guarda bajo el embalse vestigios mucho más antiguos.
La Vega de Alarza queda bajo Valdecañas
Antes del embalse, las mejores tierras de cultivo del municipio estaban en las vegas junto al Tajo, en la Vega de Alarza. La geografía local tenía también una paradoja: Peraleda se encuentra en la divisoria de aguas entre el Tajo y el Tiétar, y la falta de agua dificultaba el asentamiento. Aun así, el río y sus vegas ofrecían una oportunidad para cultivar. El agua no era solo una presencia en el mapa: podía ser una ventaja ligada a los campos y, más tarde, una fuerza capaz de transformar por completo su uso.
La construcción y puesta en funcionamiento del embalse, a principios de los años sesenta, alteró ese equilibrio. Las vegas quedaron anegadas y Peraleda perdió sus mejores tierras agrícolas. No fue una modificación menor del contorno del río: cambió la relación de la población con un recurso básico y con el espacio que había sostenido parte de su actividad. El embalse creó una nueva orilla, pero su llegada tuvo un coste concreto para el pueblo. La transformación del paisaje se convirtió también en un episodio de movilidad humana: muchas familias se marcharon hacia los centros industriales, sobre todo Madrid y sus alrededores.
Guadalperal, una huella de milenios bajo el agua
A unos cinco kilómetros de Peraleda se encuentra el Dolmen de Guadalperal, hoy bajo las aguas de Valdecañas. Es un monumento megalítico prehistórico fechado en los milenios tercero y segundo antes de nuestra era y asociado a la Edad del Bronce. Su historia no quedó detenida en el momento de su construcción: el yacimiento sufrió modificaciones en época prehistórica y fue expoliado después por la civilización romana. Mucho antes de que existiera el embalse, aquel lugar ya había sido transformado por distintas sociedades.
El agua añadió una última etapa, muy diferente de las anteriores. Al quedar sepultado bajo el pantano, el dolmen pasó de formar parte de un paisaje terrestre a quedar dentro del nuevo paisaje de Valdecañas. No hay que confundirlo con una construcción de Peraleda: está situado a cinco kilómetros de la localidad. Pero su proximidad hace que la historia del embalse alcance también a quienes viven aquí. La misma obra que cubrió la Vega de Alarza dejó bajo el agua una huella prehistórica que ya había atravesado cambios y usos sucesivos.
Un término llano, varios tipos de sustrato
La superficie llana del Campo Arañuelo no significa que bajo el término haya un único material. El estudio geotécnico de Peraleda clasifica el 70,97 % del terreno como “Areniscas, Conglomerados y Flysch”. También registra “Masa de agua” (9,43 %), “Granito, Gneis y rocas ígneas” (7,60 %) y “Calizas, Dolomías y Mármoles” (5,35 %). Son categorías distribuidas a escala municipal: describen un mosaico, no identifican el material exacto de cada parcela de la Vega de Alarza ni de cada edificio del pueblo.
Los sondeos añaden otra ventana a ese subsuelo. El conjunto de tres perforaciones registradas alcanza una profundidad media de 133 metros; la más profunda llega a 203 metros. El estudio consigna un promedio de agua registrada de 3,4 metros. Estas cifras hablan de puntos concretos investigados bajo el término, no de una sección continua de todo Peraleda. Ayudan, sin embargo, a recordar que el paisaje visible —la llanura, el río y el embalse— se asienta sobre un terreno diverso y que el agua forma parte también de lo que se registra bajo la superficie.
La historia del pueblo muestra, además, cómo el agua disponible y las rutas podían pesar a la vez. La divisoria entre las cuencas del Tajo y del Tiétar implicaba falta de agua para el asentamiento, pero la posición de Peraleda en el cruce de dos calzadas romanas favorecía el paso de personas y mercancías. Hay indicios de algún tipo de poblamiento en el siglo XII. Más adelante, la trashumancia que bajaba desde Ávila y Salamanca por la Cañada Real Leonesa se vincula con el desarrollo de poblaciones de la comarca en los siglos XIV y XV.
Una entrada actual a Peraleda de la Mata. La imagen acompaña el relato de un municipio cuya posición entre rutas antiguas y conexiones modernas ha marcado su relación con el territorio.
Entre caminos, el pueblo encuentra su lugar
La localidad no nació de una sola ventaja. La comarca del Campo Arañuelo fue zona de frontera, con disputas, saqueos y correrías, y la incidencia del paludismo también dificultó el asentamiento permanente. Frente a esos obstáculos, las rutas mantuvieron su importancia. El puente romano sobre el arroyo de Valparaíso, con un único arco de medio punto, señala el trazado de la antigua calzada que unía Augusta Emerita con Toletum. El paso no borra la falta de agua: muestra cómo, en un territorio con condiciones difíciles, la circulación podía convertir una posición estratégica en una oportunidad.
Peraleda formó parte del Concejo de la Campana de la Mata, que se reunía en la cercana iglesia de Santa María, hoy despoblado conocido como San Gregorio. En el siglo XVII obtuvo el título de villa, junto a otras localidades del concejo. La comunidad fue construyendo así una vida estable en un entorno marcado tanto por los caminos como por las limitaciones del agua. En el siglo XVI, la iglesia parroquial de Santiago Apóstol se levantó principalmente con mampostería, sillares en esquinas, contrafuertes y vanos, y ladrillo en el remate de la torre. Es una presencia local de materiales trabajados, aunque no permite asignar a esas piezas ninguna de las categorías geológicas municipales.
La pérdida de los campos empuja a emigrar
El embalse llegó después de otras interrupciones. La Guerra de la Independencia frenó el desarrollo de la zona a comienzos del siglo XIX; la población se recuperó lentamente. En 1855, una epidemia de cólera diezmó Peraleda, y familias enteras huyeron por temor al contagio. En el siglo XX, la Guerra Civil y los años del hambre abrieron otro paréntesis. Sobre esa historia de golpes y recuperaciones cayó la pérdida de las vegas: el cambio de los años sesenta quitó a la comunidad sus mejores tierras de cultivo justo cuando el embalse convirtió el valle del Tajo en otra clase de paisaje.
En los censos de los años cincuenta Peraleda tenía alrededor de 3.500 habitantes. La creación de Valdecañas estuvo ligada a la diáspora de gran parte de la población hacia centros industriales, especialmente Madrid y su entorno. No se trataba solo de dejar atrás un paisaje familiar: la inundación había cambiado el acceso a las tierras agrícolas que el propio municipio consideraba las mejores. El embalse quedó, mientras muchas personas se marchaban. Para entender el tamaño del giro basta comparar aquella cifra con la población de 1.444 habitantes registrada por el INE en 2025.
El regadío frena la marcha, pero no devuelve la vega
En la década de 1970, la puesta en regadío de tierras frenó un poco la emigración. Fue una respuesta que volvió a poner el agua en el centro de la vida agrícola, aunque no restituyó la Vega de Alarza ni deshizo la transformación del Tajo. Las obras dejaron a los regantes con costes de amortización que, según la información histórica de Peraleda, siguen teniendo consecuencias. La comunidad se adaptó a un nuevo escenario, pero la adaptación no equivalió a recuperar lo perdido.
La economía continúa siendo principalmente agrícola y ganadera, con predominio de la cabaña ovina; al mismo tiempo, el municipio ha impulsado un polígono industrial junto a la autovía A-5. Peraleda sigue cambiando, ahora con actividades distintas de las que dependían de las vegas. En el término, la clasificación geotécnica reúne areniscas, conglomerados y flysch, junto con otras categorías y masas de agua; en la historia local, el dato decisivo es que el embalse cubrió los campos que habían sido los mejores para cultivar. La cifra de habitantes actual conserva otra huella de aquella transformación: el pueblo permaneció, pero con mucha menos población que en los años cincuenta.
En Peraleda, el Tajo no es solo una línea al sur del mapa. Valdecañas cambió el uso de la Vega de Alarza, empujó a muchas familias a buscar trabajo lejos y cubrió el Dolmen de Guadalperal, a pocos kilómetros. Bajo la misma agua quedaron unidos, sin confundirse, el recuerdo de los campos y una historia humana de milenios.
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