Historia geológica Localidad Navalagamella

Navalagamella construyó El Escorial con la piedra que tiene bajo los pies

Los canteros de Navalagamella trabajaron la roca del subsuelo local para levantar uno de los monumentos más ambiciosos del siglo XVI español. ¿Qué tiene este suelo granítico que convirtió a un pequeño pueblo de la Sierra Oeste en proveedor de piedra para la Corona?

El río Perales a su paso por Navalagamella, con uno de los puentes de granito local que caracterizan el paisaje del municipio.

El río Perales a su paso por Navalagamella, con uno de los puentes de granito local que caracterizan el paisaje del municipio.

Foto: Esetena / Wikimedia Commons / CC BY-SA 3.0

El granito de Navalagamella tiene una cualidad que los canteros del siglo XVI reconocían a primera vista: se parte en bloques limpios, resiste la intemperie y aguanta el peso de bóvedas enormes. Cuando Felipe II ordenó construir el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial en 1563, los artesanos de la piedra de este pueblo ya sabían lo que tenían bajo sus pies. Y el reino los necesitaba.

Una aldea de pastores sobre un zócalo de granito

Navalagamella ocupa una pradera entre cerros en la vertiente suroccidental de la Sierra de Guadarrama. El nombre lo dice todo: nava, del latín ibero o celta, designaba un prado llano y a veces pantanoso rodeado de montañas; gamella, del latín gamellus, era la artesa donde bebían los animales. Es probable que la forma en cuenco de la vaguada donde se asienta el pueblo inspirara ese segundo lexema, aunque algunas fuentes apuntan también a las numerosas pilas de piedra tallada esparcidas por el término.

Esas pilas de piedra son, precisamente, la clave de todo. El 74% del subsuelo del municipio está formado por granito, gneis y rocas ígneas —materiales que cristalizaron en las profundidades de una cordillera muy anterior a los Pirineos, hace cientos de millones de años, y que la erosión fue dejando al descubierto durante millones de años más. Son rocas duras, compactas y de grano medio que resisten bien la carga y la lluvia. Cuando los caballeros segovianos repoblaron esta tierra tras la Reconquista —las fuentes sitúan ese proceso entre finales del siglo XI y el año 1157— encontraron un paisaje que era, en esencia, un enorme taller de cantería al aire libre.

Tipos de terreno en Navalagamella

Suelos característicos de la zona, ordenados por relevancia.

  • Granito, Gneis y rocas ígneas
    Neutro

    Granito, Gneis y rocas ígneas

    Rocas ígneas y metamórficas de altísima resistencia mecánica. Constituyen el sustrato más competente y estable. Predominan en el Sistema Central, Galicia, y afloramientos del zócalo hercínico. Aunque

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  • Areniscas, Conglomerados y Flysch
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    Areniscas, Conglomerados y Flysch

    Rocas sedimentarias formadas por la cementación de fragmentos de otras rocas preexistentes. Incluyen areniscas (arena cementada), conglomerados (gravas cementadas) y la alternancia rítmica de arenisca

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  • Pizarras y Esquistos
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    Pizarras y Esquistos

    Rocas metamórficas caracterizadas por su foliación (planos de debilidad paralelos o pizarrosidad). Muy frecuentes en Galicia, Asturias, norte de León, Extremadura y Sierra Morena. Son macizos rocosos

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La piedra que viajó hacia El Escorial

La primera referencia documental de Navalagamella aparece en el Libro de la Montería de Alfonso XI, escrito hacia 1350. En ese momento era ya una aldea consolidada, incluida desde 1302 en el Sexmo de Casarrubios de la Comunidad de Villa y Tierra de Segovia. Vivía del ganado, los cereales y los pequeños oficios. Pero en 1563, el comienzo de las obras del Monasterio de El Escorial cambió la escala de lo que el pueblo podía producir.

Los canteros de Navalagamella participaron en aquella construcción colosal. La iglesia de Nuestra Señora de la Estrella, el edificio más notable del propio municipio, muestra esa misma lógica: construida sobre un templo anterior más pequeño, se continuó por el ábside en 1541 —según recoge la Wikipedia de Navalagamella— y a finales del siglo XVI adoptó su exterior de estilo herreriano, con cabecera poligonal y muros muy gruesos. La misma roca local que salía hacia El Escorial en los carros de los canteros quedaba también en casa, apilada en los muros de la nave única con contrafuertes y bóveda de crucería.

El trasiego de las obras del Monasterio aportó prosperidad real al pueblo. Y esa prosperidad tiene una lectura geológica directa: sin el zócalo granítico que aflora en este término, Navalagamella habría sido una aldea ganadera más de la Sierra Oeste, olvidada entre los pliegues de la meseta.

La iglesia de Nuestra Señora de la Estrella, construida con granito local. Las obras del Monasterio de El Escorial en 1563 impulsaron la cantería de Navalagamella y financiaron la ampliación de este templo.

La iglesia de Nuestra Señora de la Estrella, construida con granito local. Las obras del Monasterio de El Escorial en 1563 impulsaron la cantería de Navalagamella y financiaron la ampliación de este templo.

Foto: Esetena / Wikimedia Commons / CC BY-SA 3.0

El río que aprovechó las grietas de la roca

El granito y el gneis dominan el paisaje, pero no son los únicos materiales. Un 13% del subsuelo corresponde a areniscas, conglomerados y materiales detríticos más recientes —los sedimentos que los antiguos ríos torrenciales fueron depositando cuando la Sierra se erosionaba con fuerza. Son los cantos rodados cementados que hablan de corrientes de agua mucho más energéticas que el Perales actual.

El río Perales es hoy un curso modesto que baja desde la Sierra, pero en su cauce se conservan hasta cinco molinos harineros medievales: el Molino Alto, el de la Hondilla o de Baltasar, el Molino Serrano, el del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial y el de Navacerrada. El granito, que es generalmente impermeable, obliga al agua a circular por la superficie en lugar de filtrarse: eso explica que el Perales tuviera caudal suficiente durante siglos para mover piedras de molino. La roca dura era al mismo tiempo el obstáculo que encauzaba el agua y el material con el que se construían los propios muros de las aceñas.

El puente del Pasadero, de origen medieval y un único arco, cruza ese mismo Perales. También es de granito local. La piedra que está bajo el pueblo es también la que lo sostiene.

Un pueblo que la guerra destruyó y la piedra volvió a levantar

En 1937, en el contexto de la Batalla de Brunete, el 75% de Navalagamella fue destruido. Desde 1940 la Dirección General de Regiones Devastadas reconstruyó las viviendas, la iglesia y las escuelas. ¿Con qué material? Con el mismo granito que llevaba siglos siendo la base de todo. Los muros reconstruidos repiten la misma textura gris y rugosa de los anteriores porque el subsuelo lo seguía ofreciendo.

Antes de que existiera el pueblo como tal, este territorio fue espacio de cañadas ganaderas y, más tarde, de otros habitantes. Las rocas metamórficas —pizarras y esquistos— que aparecen en un 5% del término son fragmentos de cortezas muy antiguas deformadas por presión y calor, vestigios de una geología que precede en cientos de millones de años a cualquier memoria humana. Los grandes mamíferos del Pleistoceno recorrieron estas laderas antes de que ningún pastor segoviano las llamara por su nombre.

Detalle del saetín y cubo del molino de Baltasar, en el río Perales. El granito impermeable del subsuelo garantizaba el caudal superficial que hacía funcionar estos molinos medievales.

Detalle del saetín y cubo del molino de Baltasar, en el río Perales. El granito impermeable del subsuelo garantizaba el caudal superficial que hacía funcionar estos molinos medievales.

Foto: Jeblazma / Wikimedia Commons / CC BY-SA 4.0

Lo que el subsuelo sigue contando

El término tiene también registrada la Mina La Montañesa, evidencia de que en algún momento se intentó explotar el subsuelo más allá de la cantería superficial. Los datos disponibles no permiten detallar qué se extrajo ni durante cuánto tiempo, pero la existencia de esa mina confirma que la relación de Navalagamella con su geología no se limitó a tallar bloques para iglesias y monasterios.

Caminar hoy por Navalagamella es recorrer un pueblo que se ha construido a sí mismo con lo que tenía debajo. La iglesia de Nuestra Señora de la Estrella, los molinos del Perales, el puente del Pasadero, los muros de las casas reconstruidas tras la guerra: todo es la misma roca, el mismo granito que cristalizó en las profundidades de una montaña desaparecida hace tanto tiempo que no tiene nombre. El pueblo que ves es, en buena medida, el subsuelo hecho forma.

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