Manzanilla, cuando Benafique dejó de ser hogar
Al norte de Manzanilla, el nombre de Benafique conserva la memoria de otro lugar habitado. La historia de cómo un territorio de varios asentamientos acabó reuniendo su población en un solo núcleo se lee también sobre un subsuelo hecho de materiales diversos.
La plaza de Manzanilla, en el centro del núcleo que acabó reuniendo la vida del término.
Hoy, Manzanilla es el único núcleo urbano de su término. Pero los nombres de Benafique, Huégar y antiguos caminos como el Majamón o el Callejón de la Estanquera apuntan a un paisaje menos concentrado: hubo otros lugares habitados y rutas que los conectaban. La historia de Benafique, al norte de la población actual, muestra el cambio con especial claridad. Durante siglos mantuvo una relación propia con el territorio; después perdió población y quedó como lugar de labranza. Manzanilla, en cambio, se consolidó como el centro donde se reunieron sus habitantes.
Maxilua, la ciudad que no era Manzanilla
Una vieja historia quiso llevar el pasado de Manzanilla hasta la ciudad de Maxilua, citada por Plinio el Viejo. En su texto, Plinio habla de ladrillos hechos con una tierra porosa que, una vez secos, no se hundían bajo el agua. La tradición alfarera de Manzanilla bastó para que algunos relacionaran aquella descripción con el pueblo. Era una asociación atractiva: un oficio local parecía encajar con una noticia romana.
Pero Manzanilla no era la Maxilua de Plinio. Eso no borra su pasado romano: se sabe que el lugar ya existía en época romana y que hay vestigios en distintos puntos del término. Lo que esos restos permiten contar es una presencia repartida por el territorio, no la identificación con la ciudad mencionada por el autor clásico. El contraste importa porque revela dos historias diferentes: una explicación posterior sobre el nombre y los ladrillos, y un poblamiento antiguo cuya huella aparece en varios lugares.
Benafique, otro foco al norte
Entre esos lugares destaca Benafique. Su historia se rastrea desde época romana, aunque la información se amplía para la etapa islámica. Es posible que entonces fuese un barrio unido a Manzanilla, que habría tenido una extensión mayor que la actual. El nombre de Benafique se ha interpretado como una referencia a una familia extensa vinculada a un espacio concreto; esa lectura ofrece una imagen sugerente de una comunidad asentada en un área común, pero se presenta como posibilidad, no como certeza.
Antes de la conquista cristiana, la población de Manzanilla y Benafique pudo disminuir. La comarca estaba cerca de la frontera entre los reinos islámicos de Niebla y Sevilla, y la inestabilidad se ha propuesto como una de las razones. Tras la conquista, los documentos castellanos ya distinguen ambos núcleos y registran la concesión de tierras y solares a nuevos pobladores. El territorio entró así en otra etapa: sus asentamientos quedaron atravesados por una reorganización política y por cambios demográficos que afectaron a la vida cotidiana.
La plaza de Manzanilla y el agua
La Manzanilla que prevaleció fue creciendo como núcleo urbano. En la plaza Mayor, el Morabito añade una huella mucho más reciente: se construyó durante el primer tercio del siglo XX y conserva en su interior un pozo que se utilizó para regar la plaza. No pertenece a la historia medieval de Benafique, pero sí a la de un pueblo que concentró su vida en un centro reconocible. La plaza reúne edificios, recorridos y usos del agua de épocas distintas.
El Morabito ocupa la plaza Mayor. En su interior hay un pozo que se utilizó para regar la plaza.
Un subsuelo de rocas distintas
La historia de los asentamientos se desarrolla sobre un término con un sustrato variado. La clasificación geotécnica municipal recoge dos grandes grupos: calizas, dolomías y mármoles, que representan el 66,07 %; y pizarras y esquistos, con el 32,19 %. Son nombres de materiales diferentes: los primeros corresponden a rocas carbonatadas; los segundos, a rocas metamórficas con una estructura marcada. La clasificación describe el municipio en conjunto, no permite asignar automáticamente un material concreto a Benafique, a un camino o a un edificio.
También hay una mirada bajo la superficie. Tres sondeos incluidos en los datos del término alcanzaron profundidades de 47, 60 y 73,35 metros: su profundidad media fue de 60,1 metros y la máxima, de 73,35. El nivel de agua registrado tuvo una media de 7,2 metros. Son mediciones de puntos concretos, útiles para conocer el subsuelo municipal y su agua subterránea; no cuentan por sí solas cómo se formaron las rocas ni explican el abandono de un asentamiento. La reorganización de la población se entiende a través de la historia documentada, mientras estos datos describen el terreno sobre el que se desarrolló.
Manzanilla reúne a sus habitantes
En el siglo XIII, con Fernando III y Alfonso X, comenzó una transformación comarcal ligada a la conquista, el reparto de tierras y la organización del territorio. El Libro de Repartimiento recoge nombres como Machiniella, Machanilla y Mançaniella para Manzanilla. No era una simple lista: consignaba qué tierras recibían los soldados que habían participado en la conquista. Después de la expulsión de población musulmana y en un contexto marcado también por epidemias, la comarca tendió a concentrar habitantes en un núcleo por término municipal. Se cultivaban las tierras más próximas y las más alejadas podían quedar sin cultivar.
Ese movimiento tuvo resultados distintos a poca distancia. Manzanilla se afirmó como centro urbano y Benafique perdió población de forma progresiva, hasta que sus habitantes se concentraron en la cercana Manzanilla. En 1594, Manzanilla figuraba en el Axarafe con 455 vecinos pecheros, una señal de la consolidación del núcleo. Con los siglos se extendió la superficie cultivada, pero los antiguos asentamientos no volvieron a poblarse desde el siglo XV. El paisaje agrícola fue ocupando el lugar de una red más dispersa de residencia permanente.
Benafique queda en los campos
Benafique no desapareció de golpe. Conservó algunas estructuras, aunque dejó de tener población permanente y pasó a servir como lugar de labranza. En el siglo XVIII, un documento ya describía su iglesia arruinada y fuera de uso como lugar de culto. En el siglo XIX aparece la última mención del sitio; después se pierde la referencia documental. La secuencia permite seguir su desenlace: de núcleo habitado, a espacio agrícola con restos de construcciones, y finalmente a un nombre que sobrevive en la memoria territorial.
Los nombres de Benafique y Huégar, junto con los caminos del Majamón y de Carrasquillo, siguen dando forma a una geografía distinta de la del pueblo concentrado de hoy. El cambio no convirtió el término en un espacio vacío: cambió dónde vivía la gente y qué lugares se usaban de manera permanente. En Benafique quedaron las estructuras ligadas a la labranza y el rastro de la iglesia arruinada; en Manzanilla, el núcleo que creció y permaneció. Bajo ambos, el territorio conserva sus rocas variadas, mientras los nombres de los campos recuerdan que hubo más de un centro en la historia local.
La plaza actual representa ese desenlace sin borrar el recorrido. Benafique dejó de ser hogar, pero no dejó de formar parte de Manzanilla: sus caminos y topónimos siguen enlazando el pueblo con el paisaje que lo precedió.
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