Laujar, la vega en la ladera
Laujar de Andarax mira desde la ladera sur de Sierra Nevada hacia una vega que reúne agua, cultivos y caminos. La historia de sus acequias y de sus antiguos núcleos muestra cómo la población fue haciendo sitio en ese valle.
Laujar de Andarax, en la ladera, con las elevaciones que enmarcan el valle.
Desde Laujar, la vista baja de Sierra Nevada al Valle de Laujar y su vega. El pueblo ocupa una ladera; el río Andarax nace en el término municipal, y las acequias aparecen en la historia local como una pieza decisiva para cultivar. Entre las pendientes y el valle, los habitantes fueron enlazando lugares y aprovechando el terreno. La escena que hoy parece una sola población guarda, en realidad, un proceso: varios asentamientos se acercaron, crecieron y terminaron por unirse.
El Andarax y la vega al pie de Sierra Nevada
Laujar se encuentra en la vertiente sur de Sierra Nevada, con la sierra de Gádor al otro lado del valle. Esa posición define el escenario de la historia: el núcleo se asienta en ladera, mientras la vega ocupa el fondo del Valle de Laujar. El Andarax nace dentro del municipio. La cercanía entre río, valle y población forma parte del paisaje local, aunque cada elemento tenga su recorrido propio.
El agua también deja una señal en el clima. La precipitación anual indicada para el pueblo es de 528 milímetros, mientras que la cifra para el entorno municipal alcanza los 600. En El Cerecillo se registran 690 milímetros anuales; en 1963 y 1969 se midieron allí 1.100 y 1.098 milímetros, respectivamente. Son años muy húmedos, no una medida de cada temporada. Para la historia de Laujar importa otra huella más antigua y directa: las canalizaciones de riego que permitieron cultivar la vega.
Un mosaico de rocas bajo el municipio
El sustrato también cambia de un sector del término a otro. La clasificación geotécnica municipal recoge pizarras y esquistos para el 72,82 % de los materiales descritos, y calizas, dolomías y mármoles para el 22,65 %. Son familias distintas de roca, presentes en un municipio cuyo relieve reúne la ladera de Sierra Nevada y el valle. Estas cifras describen el conjunto municipal; no identifican por sí solas la roca de un edificio o la que se encuentra bajo un punto concreto del casco urbano.
La misma evaluación señala formaciones carbonatadas con karstificación moderada y, a veces, karsts importantes dispersos. También registra como procesos potenciales los hundimientos kársticos, los deslizamientos y los desprendimientos. Son condiciones del terreno que ayudan a entender por qué un municipio montañoso no es una superficie uniforme. No explican por sí mismas la ubicación de las acequias ni el origen de los asentamientos, pero añaden una escala geológica al paisaje: bajo la ladera y el valle hay materiales diversos, y el relieve presenta más de una clase de terreno.
La Alcazaba y las primeras huellas
La ocupación humana de Laujar se remonta al Neolítico final y a las edades del Cobre y del Bronce. En el cerro de la Alcazaba se localizan restos argáricos. Esa referencia sitúa una huella antigua en una elevación reconocible del pueblo: el cerro fue un lugar de asentamiento mucho antes de que Laujar adoptara su forma actual. No hace falta imaginar una escena concreta para advertir el cambio de escala; entre esas ocupaciones y las calles actuales se acumulan siglos de usos distintos del mismo territorio.
De la época romana quedan pocos vestigios conocidos. Se localizan en Caparidan, la Loma del Gigante y La Quinta. La actividad romana en la zona se relaciona sobre todo con la minería del plomo, abundante en la sierra de Gádor; se considera probable que quienes llegaron lo hicieran desde Berja, llamada entonces Verjis. Aquí el paisaje montañoso ofrecía, además de una ladera y una vega, un recurso mineral. La historia local se abre así en varias direcciones: asentarse, cultivar y extraer no fueron una sola actividad ni se limitaron a un único lugar.
Las acequias de la taha de Andarax
Durante el periodo del Reino de Granada, Laujar fue capital de la taha de Andarax, una división territorial que incluía lugares correspondientes a los actuales Fondón, Bayárcal, Paterna, Baños de Santiago, Fuente Victoria y Alcolea. En sus crónicas, Ibn al-Jatib describió la población organizada alrededor de la alcazaba y habló de una artesanía de la seda que, según su relato, «resplandecía más que el oro». También dejó constancia de las canalizaciones de riego, las acequias que han llegado hasta nuestros días.
Esas conducciones transformaban el agua en una herramienta de cultivo. La crónica atribuye a los habitantes la posibilidad de obtener hasta tres cosechas al año; el grano se guardaba en silos subterráneos. La secuencia es concreta: el riego permitía repetir la cosecha y el almacenamiento conservaba parte de lo obtenido. El valle no era solo un fondo entre montañas, sino un espacio trabajado, conectado por canales y capaz de sostener una producción agrícola intensa. La información disponible no precisa qué tramo de acequia abastecía cada parcela, pero sí muestra el resultado del sistema en la vida de la taha.
En las laderas, conducir agua por canales exige darle un recorrido que sirva a las tierras cultivadas. Esa labor cotidiana no borra la pendiente: la organiza. Las acequias conservadas hacen visible una intervención humana en el paisaje y explican por qué el relato de Laujar no puede separarse de su vega. La roca y el relieve componen el escenario; el riego, documentado en las crónicas, muestra cómo sus habitantes lo aprovecharon.
Vista elevada de Laujar y de las laderas cercanas, el escenario entre la montaña y la vega.
El Auxor y El Hizam se convierten en un pueblo
La población actual creció a partir de dos núcleos: El Auxor y El Hizam, también nombrado Alhican o Alhiçan. Al principio eran asentamientos separados, aunque próximos. Con el tiempo se fueron uniendo y extendiendo a lo largo de la carretera comarcal actual. El cambio no fue una fundación instantánea, sino una aproximación gradual que acabó por dibujar un núcleo común. La carretera ofrece hoy una línea para imaginar esa expansión, sin que eso convierta el trazado moderno en una explicación de cómo empezó.
El paisaje de Laujar tuvo además otras alquerías, pequeñas poblaciones rurales llamadas Hormica y Camacin, que desaparecieron. Mientras algunos lugares se borraron, El Auxor y El Hizam quedaron unidos en la población que reconocemos. Las crónicas de la revuelta de 1500 ya mencionan un único núcleo. Ese testimonio fija un resultado: para entonces, la separación entre los dos asentamientos había cedido ante una localidad unificada. La historia no fue solo la permanencia de una comunidad, sino también la pérdida de otros puntos habitados.
La vega y la ladera siguieron enmarcando esa evolución. En el periodo musulmán, las acequias daban soporte a cultivos y cosechas; los silos guardaban el grano. Más tarde, los dos núcleos acabaron formando uno, mientras Hormica y Camacin desaparecieron. Son cambios distintos, pero suceden en el mismo territorio: el agua canalizada hizo posible una agricultura intensiva, y la población se concentró y extendió en torno a sus asentamientos.
Hoy, Laujar vuelve a caber en una sola mirada: casas en la ladera, valle abierto y la vega bajo Sierra Nevada. Pero esa unidad visible tiene capas. El Andarax nace en el municipio; las rocas varían a escala del término; las acequias conservan la memoria del riego, y El Auxor y El Hizam dejaron de ser dos núcleos separados. En el valle que parecía una simple abertura entre montañas se reconoce ahora una obra compartida: un paisaje habitado, cultivado y reunido con el paso del tiempo.
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