Laguardia, el altozano tras sus cinco puertas
Laguardia se alza sobre un altozano y conserva cinco puertas de su antigua muralla. Tras ese perfil defensivo hay una historia de asentamientos, fronteras cambiantes y un sustrato municipal más diverso de lo que sugiere la silueta de la villa.
La Torre Abacial, en el casco histórico de Laguardia, se alza entre las calles de la villa fortificada.
La silueta de Laguardia se reconoce por su posición elevada y por las puertas que aún nombran los accesos a la villa: Mercadal, Carnicerías, Páganos, San Juan y Santa Engracia. La muralla fue una respuesta humana a un tiempo en que la Sonsierra era frontera disputada. Pero el altozano no aparece aislado de su entorno: forma parte de un término municipal con areniscas, conglomerados, flysch, arenas, limos y materiales carbonatados. La historia de la villa permite seguir cómo ese lugar fue ocupado, fortificado y disputado, mientras el estudio geotécnico ayuda a poner en perspectiva el terreno sobre el que se asienta.
La Hoya, una larga huella anterior
Mucho antes de las puertas medievales, el término de Laguardia ya contenía asentamientos de larga duración. En La Hoya se encuentra un yacimiento arqueológico protohistórico vinculado a la cultura berona. El periodo documentado para aquel asentamiento abarca aproximadamente desde el siglo XII antes de Cristo hasta el siglo II antes de Cristo: más de mil años, una extensión temporal que atraviesa muchas generaciones.
La Hoya no es la villa amurallada ni hay que confundir sus etapas con las de la Laguardia medieval. Es otra huella local, anterior en más de un milenio a los fueros de 1164. Los berones se extendían por la actual Rioja, la Rioja Alavesa y el Condado de Treviño; dentro del término municipal se conoce también el yacimiento de Santa Engracia, asociado a otro asentamiento importante de ese pueblo prerromano. Así, antes de que la frontera medieval organizara el territorio, el paisaje local ya había sido escenario de una prolongada ocupación humana.
El sustrato del término, en varias escalas
El estudio geotécnico de Laguardia dibuja un término municipal geológicamente variado. La categoría más extensa de su relación, con un 68,21 %, reúne areniscas, conglomerados y flysch. La cifra no señala una roca única: agrupa tres tipos de materiales bajo una misma clasificación. También registra arenas finas y limos (9,84 %), gravas y arenas compactas (4,43 %) y calizas, dolomías y mármoles (3,70 %). Son nombres concretos para un sustrato que no puede resumirse en una sola «piedra» común a todo el municipio.
La escala importa. Esos porcentajes describen el término, no identifican el material exacto bajo cada puerta ni permiten atribuir una roca concreta a la muralla. El altozano y sus defensas pertenecen a la historia de la villa; el inventario geotécnico ofrece el contexto del conjunto municipal. Mantener separadas ambas escalas evita convertir una clasificación amplia en una explicación local más precisa de lo que permiten los datos.
El mismo estudio señala formaciones carbonatadas medianamente karstificadas, con formas kársticas importantes dispersas. La karstificación puede generar huecos al disolverse las rocas carbonatadas; por eso el informe reconoce áreas con hundimientos kársticos actuales o potenciales. También registra zonas donde podrían producirse movimientos de ladera, como deslizamientos o desprendimientos. Son procesos identificados para áreas del término, no daños documentados en las puertas o en la muralla. El subsuelo añade así una dimensión distinta al paisaje: junto a los materiales, el estudio señala procesos que pueden modelar o modificar el terreno.
El altozano recibe fueros y muralla
En 1164, durante el reinado de Sancho VI el Sabio de Navarra, Laguardia recibió sus fueros. La demarcación inicial se extendía desde las Conchas de Haro hasta el Soto de Íñigo Galíndez, en el actual término de Viana. La villa fue cabecera de una comunidad de Villa y Tierra, una posición territorial que no permaneció intacta: con la creación de nuevas villas, parte del territorio pasó a San Vicente, Labraza y Viana.
En el siglo XIII, Sancho VII el Fuerte ordenó fortificar la villa. La muralla rodeó el núcleo elevado y organizó una defensa que todavía se reconoce en los nombres de sus cinco puertas conservadas. El dato decisivo no es que la geología explique la construcción —no hay información que vincule una roca concreta con la obra—, sino que el altozano fue ocupado y fortificado en un territorio cuya importancia política iba a ponerse a prueba repetidamente. La posición de Laguardia y la muralla forman parte de una misma escena histórica, aunque no se pueda atribuir a la primera un origen geológico concreto.
San Juan, torre en la línea defensiva
La iglesia de San Juan guarda una conexión precisa entre edificio y fortificación. Su torre-campanario formaba parte de la muralla y era la torre principal de defensa de la zona sur de la villa; más tarde se le añadió la espadaña. El templo comenzó en estilo románico y se completó en estilo gótico. Su portada sur, de finales del siglo XII, pertenece a los inicios del gótico. En este punto, la defensa no es una abstracción: una torre de iglesia quedó incorporada a la línea que protegía Laguardia.
La villa fue cambiando sin quedar fijada en una sola época. La iglesia de Santa María de los Reyes empezó a construirse en el siglo XII; el templo tomó en el XIV la forma que hoy lo caracteriza, salvo el tramo principal de las naves y la cabecera, realizados en el XVI. Su pórtico se labró a finales del siglo XIV y recibió policromía en el XVII. Estas fases muestran que, mientras las defensas respondían a conflictos, los edificios también se transformaban y acumulaban obras de distintas generaciones.
La iglesia de San Juan. Su torre-campanario formó parte de la muralla y defendió la zona sur de la villa.
La Sonsierra entra en guerra
Durante el siglo XV, la Sonsierra fue escenario de enfrentamientos frecuentes entre castellanos y navarros. En 1429 los combates alcanzaron una importancia especial: para defenderse de la invasión castellana se movilizaron recursos de todo el Reino de Navarra. Laguardia, situada en esta comarca y fortificada desde el siglo anterior, formaba parte de un territorio cuya posesión estaba en juego.
La tensión no se resolvió con aquel episodio. En 1461 Enrique IV de Castilla invadió estos territorios para ayudar al Príncipe de Viana en su lucha contra su padre, Juan II de Aragón. El resultado político fue decisivo para la villa y la región: Laguardia y toda la actual Rioja Alavesa quedaron bajo control castellano. Cambió el poder que gobernaba la zona, después de décadas en que la frontera había enfrentado a los reinos vecinos. Ese es el desenlace documentado de la disputa: no la desaparición de Laguardia, sino su paso a otra autoridad.
Las puertas permanecen; la villa cambia
Las cinco puertas conservadas devuelven la historia a una escala reconocible. Mercadal, Carnicerías, Páganos, San Juan y Santa Engracia no son solo una lista de nombres: identifican accesos que sobrevivieron en una villa cuya función territorial cambió. Laguardia había sido cabecera de una comunidad extensa; con el tiempo, nuevas villas redujeron aquel ámbito, y en 1461 la región pasó al control castellano. La muralla pertenece a la etapa en que la defensa era una necesidad central, pero el núcleo siguió desarrollándose más allá de ese conflicto.
La historia posterior dejó también sus marcas. En la Edad Media existió una comunidad judía con dos sinagogas, la Vieja y la Nueva. Tras la expulsión decretada por los Reyes Católicos, la iglesia de Santa María solicitó a la Corona una sinagoga y una casa contigua; le fueron concedidas y se autorizó su venta para financiar reparaciones del templo. En el siglo XVII se construyó el convento de los Capuchinos sobre la antigua judería. A mediados del siglo XX, el edificio fue destruido para levantar el cuartel de la Guardia Civil y la casa del médico, y solo se respetó la fachada, que sigue en pie.
De villa fortificada a capital del vino
Hoy la viticultura forma parte central de la economía de Laguardia, capital de la comarca vitivinícola de Rioja Alavesa. En la localidad y su entorno se produce vino de la Denominación de Origen Calificada Rioja, y la economía incluye el cultivo de la vid, la industria del vino y el enoturismo. Esa actividad pertenece a otra etapa de la vida local: no explica la construcción de la muralla, pero muestra cómo el mismo municipio reúne hoy funciones y paisajes distintos.
Viñedo en las inmediaciones de Laguardia, en una comarca donde la viticultura forma parte central de la vida económica.
El terreno municipal también contiene masas de agua y materiales diversos, mientras el registro geotécnico distingue áreas de karstificación y posibles movimientos de ladera. Esa información describe condiciones del término, no una amenaza concreta para el casco histórico. La piedra de la muralla, la composición exacta del altozano y la relación entre el sustrato y el cultivo de la vid no quedan establecidas por esos datos. Lo que sí se puede seguir es el contraste entre un relieve elevado elegido para una villa fortificada y un territorio más amplio, con una geología heterogénea y una economía vitivinícola reconocible.
Laguardia atravesó cambios de jurisdicción, perdió parte de su antiguo ámbito territorial y acabó bajo control castellano en 1461. No perdió su lugar: cinco puertas siguen dando nombre a sus accesos y la villa continúa siendo el centro de la Rioja Alavesa vitivinícola. El altozano que un día quedó rodeado por una muralla conserva así dos huellas legibles: la defensa de una frontera y la vida de un municipio que siguió transformándose.
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