La Font de la Figuera, caminos entre montañas
En la Font de la Figuera, las calles antiguas rodean un cerro y el paisaje se abre hacia una llanura entre sierras. Ese relieve acompañó una historia de caminos: unos acercaron el pueblo al tránsito y otros acabaron desviándolo fuera del casco urbano.
Pla de les Alcusses des del jaciment.
La Font de la Figuera se alza a 536 metros, en el sudoeste de la provincia de Valencia, donde la cabecera del valle de Montesa toca el sector occidental de la sierra Grossa. Basta mirar el término municipal para encontrar dos escenarios distintos: montañas al norte y al oeste, y una zona relativamente llana en el resto. Hoy, las autovías A-33 y A-35 enlazan la localidad con los corredores hacia Caudete, Albacete y Valencia. Pero la forma del pueblo cuenta una historia más antigua, en la que el relieve y los caminos fueron cambiando de papel.
La fuente y el cerro de la primera población
El nombre apunta a un lugar concreto: la fuente situada en la parte baja de la población, junto al polideportivo, que todavía sirve de bebedero para el ganado. En 1301, una carta puebla concedida por Gonzalo García se propuso poblar una partida de Mogente donde brotaba un manantial al pie de una higuera. En 1312, el mismo señor otorgó otra carta para la Font de la Figuera a cuarenta familias de origen catalán y aragonés. Dos años después, el pueblo obtuvo su independencia de Mogente.
La fuente no es una explicación completa del crecimiento urbano, pero sí una presencia reconocible en el relato del origen. Las primeras casas se agruparon alrededor del montículo donde se levantaba la Torre del Bosque. Según el historiador local Ros Biosca, sus ruinas aún eran visibles a mediados del siglo XIX; hoy, ese espacio lo ocupa la plaza de Vicente Rojo. El núcleo antiguo creció siguiendo las laderas del cerro, con calles dispuestas alrededor de la plaza y de la iglesia parroquial. El agua y el relieve aparecen así en dos puntos distintos de la fundación: el manantial que dio nombre al lugar y la elevación que organizó sus primeras calles.
Un término de llanos, sierras y barrancos
El cerro del casco urbano forma parte de un territorio mucho más variado. Al norte, las cumbres del Alto de la Muela, El Balcó, Alto de la Simeta y Castellón dibujan el contorno de la Hoya de la Torre Tallada. Más hacia poniente se levantan el Capurucho y la Silla, que alcanzan 968 y 1.005 metros. Entre ellos se encuentra el corredor y puerto de Almansa, a 692 metros, un paso que marca la transición hacia la llanura de Almansa. En el otro extremo de la escala local, el río Cáñoles llega a los 430 metros.
En el centro del término se extiende una llanura de sedimentación cuaternaria, con las tierras más fértiles para la agricultura. Aquí, “sedimentación” describe la acumulación de materiales que forman una superficie llana; el dosier no detalla su composición ni los mecanismos concretos de esa acumulación. Por el norte, el barranco del Regajo y la rambla de la Teja se unen poco antes de bajar al llano y dar origen al río Cáñoles. El paisaje reúne, por tanto, elevaciones, vaguadas, cursos de agua y una amplia superficie baja. La localidad no está aislada de esos contrastes: se encuentra dentro de un término donde los pasos entre sierras y las áreas llanas se alternan.
El sustrato también tiene una presencia documentada a escala municipal. El estudio geotécnico clasifica el 97,37 % de los suelos dentro de la categoría «Calizas, Dolomías y Mármoles». La cifra describe el término en conjunto; no identifica qué roca hay bajo cada edificio ni explica por sí sola el origen de cada forma del relieve. Para la permeabilidad, el estudio señala formaciones generalmente impermeables o de muy baja permeabilidad, que pueden albergar acuíferos superficiales poco extensos y de baja productividad cuando la alteración o la fisuración lo permiten. Es una característica técnica del terreno, no una prueba de que ese mecanismo alimente la fuente de la higuera.
La diferencia entre el sustrato municipal así clasificado y la llanura de sedimentación cuaternaria ayuda a comprender que el término no es una superficie uniforme. Unas partes se elevan hasta las sierras; otras se abren en la zona llana central. En la vertiente meridional, la Loma Alta forma un pequeño escalón atravesado por los túneles del ferrocarril de Madrid a Valencia y del trasvase Júcar-Vinalopó. No hace falta atribuir a una roca concreta cada camino para ver la relación local: el pueblo y sus comunicaciones se despliegan en un territorio con laderas, barrancos, un llano fértil y pasos entre elevaciones.
De la ruta antigua a las ventas del camino
Mucho antes de las carreteras modernas, el término ya tenía huellas de ocupación y circulación. En la Carrasca se localizaron instrumentos del Paleolítico Superior; en la Calera y en las cuevas Santa y del Triangle se encontraron materiales eneolíticos. La ocupación durante la Edad del Bronce dejó restos en lugares como Casa Revert, el Collado, el Madroñal, la Muela y Cabezuelas. Más tarde aparecen vestigios ibéricos y romanos, entre ellos los de las villas de Cascallars y del Camino Hondo. Se cree que en el emplazamiento de la Font de la Figuera pudo hallarse la mansio romana de Ad Turres, vinculada a la Vía Augusta.
Ese recorrido largo no significa que una misma carretera se mantuviera sin cambios. Lo que permanece es la posición de la población en un territorio de transición, entre la cabecera del valle de Montesa y el corredor hacia Almansa. En el pueblo, los accesos también dejaban huella en el plano. El camino viejo de Mogente entraba por el portal de Valencia; la salida hacia Castilla bajaba por el Cantalar, hoy calle Joan de Joanes. El crecimiento urbano prolongó esa salida en el carrer Nou. Al otro lado, el Ravalet quedó encajado entre el cerro y el barranco. Las calles reflejaban una relación estrecha con el terreno: el núcleo avanzaba alrededor de su elevación y se prolongaba por las salidas disponibles.
El Camino Real aparta el tránsito
A finales del siglo XVIII, la construcción del Nuevo Camino Real de Madrid a Valencia cambió la posición de la capital municipal en la red caminera: quedó marginada de esa ruta principal. Su función de paso se concentró en el tráfico hacia Murcia y Andalucía, mientras que el tránsito hacia Castilla y la Corte fue atendido por ventas como las de Carrascal y del Serrano. Sus edificios siguen en pie y en activo. El cambio no borró el pueblo del mapa; desplazó hacia otros puntos parte de la actividad asociada al camino.
En el interior, una ronda semicircular configurada entre los siglos XVII y XVIII unía los portales de Valencia y Villena por la actual calle de Don Gonzalo García. A finales del siglo XIX, nuevas carreteras hacia Onteniente y Yecla volvieron a modificar el movimiento. Construidas entre 1880 y 1890, dieron lugar a otra ronda, casi coincidente con la actual, y sacaron el tráfico del casco urbano. Esta vez, el desvío tuvo una consecuencia urbana explícita: atrajo el crecimiento posterior, que prolongó calles como Onteniente y Arcediano Ros. El tránsito dejó de atravesar el centro y el pueblo comenzó a extenderse siguiendo la nueva circulación exterior.
En paralelo, otro corredor recibía el ferrocarril. La línea de Madrid a Valencia llegó en 1859, y el camino de la Estación y la calle del Barranc quedaron asociados a un nuevo foco de actividad. A finales del siglo XIX se establecieron allí varios molinos y fábricas de aguardientes y alcoholes. El registro local sitúa estos establecimientos junto a ese eje, aunque no establece que el ferrocarril fuera por sí solo la causa de su instalación. La Font de la Figuera tuvo así distintas maneras de relacionarse con el paso: el Camino Real desplazó una ruta; las carreteras sacaron el tráfico del centro; y la estación acompañó la aparición de instalaciones productivas en otro extremo del pueblo.
El resultado se reconoce en el plano actual: el núcleo antiguo conserva su disposición circular en torno al cerro y la plaza, mientras una ronda exterior y las calles prolongadas muestran cómo se reorganizaron los accesos. En el término, el llano de sedimentación sigue contrastando con las sierras y los barrancos; en el casco urbano, las calles guardan la forma del primer crecimiento y la huella de las rutas posteriores. La fuente continúa en la parte baja, pero el pueblo ya no depende de un único camino para conectar con el exterior. Las montañas, el llano y los pasos permanecen; alrededor de ellos, la población encontró nuevas maneras de crecer.
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