Diario de obra Localidad Ademuz

La casa que casi no construimos en Ademuz

Creíamos haber encontrado el lugar perfecto para empezar una nueva vida en Ademuz. Teníamos los planos, los ahorros y toda la ilusión del mundo. Solo había algo con lo que no habíamos contado. Y estaba justo debajo de nuestros pies.

vista de Ademuz desde la parte alta

vista de Ademuz desde la parte alta

Conocí a Marta una tarde de septiembre en Ademuz. Estaba sentada en la terraza de un bar, discutiendo con el camarero porque el café sabía a quemado. Yo había ido a pasar el fin de semana con unos amigos y, a decir verdad, no tenía demasiadas ganas de estar allí.

Le ofrecí invitarla a otro café.

—¿Aquí? —me preguntó, levantando una ceja.

Fue la primera vez que la vi sonreír.

Tres años después estábamos buscando un terreno para construir nuestra casa.

Marta había nacido en Ademuz y conocía aquellos caminos como quien conoce los pasillos de su propia casa. Sabía dónde florecían primero los almendros, qué curva de la carretera se helaba antes que las demás y a qué hora desaparecía el sol detrás de las montañas en diciembre. Yo era de Valencia, de semáforos y vecinos al otro lado de la pared. Pero había aprendido a querer aquel paisaje porque ella lo quería.

Encontramos la parcela una mañana de abril. Estaba a las afueras del pueblo, en una ladera desde la que se veía el valle del Turia. Crecían algunas hierbas entre las piedras y alguien había dejado allí, quién sabe cuándo, una vieja silla de madera con una pata rota.

Marta se quedó mirando el terreno un buen rato.

—Aquí pondremos un cerezo.

Ni siquiera habíamos preguntado el precio.

Durante los meses siguientes nuestra casa existió en todas partes menos en aquella parcela. En las servilletas de los bares, en los márgenes de los periódicos, en las conversaciones antes de dormir. Marta quería una cocina grande, con una mesa donde cupieran diez personas. Yo soñaba con un despacho junto a una ventana desde la que pudiera ver llover.

Hasta que empezamos a sumar.

Primero fueron los honorarios del arquitecto. Después las licencias, las tasas, los movimientos de tierra. Cada presupuesto traía consigo otro presupuesto, como esas cajas rusas que esconden una más pequeña en su interior.

Una tarde el arquitecto nos habló del estudio geotécnico.

—Hay que saber sobre qué vamos a construir.

Recuerdo haber pensado que llevábamos meses mirando aquel terreno y que, sin embargo, a nadie se le había ocurrido preguntarle nada.

Vinieron con una máquina de perforación. El ruido se extendía por la ladera y espantó a unos pájaros que habían estado picoteando entre las piedras. Marta hizo fotografías. Yo miraba el reloj, pensando en lo que nos estaba costando cada agujero.

El informe llegó unos días después.

Había materiales de características diferentes bajo la parcela. La cimentación que habíamos previsto debía revisarse. No era algo imposible de resolver, explicó el arquitecto, pero tampoco algo que pudiéramos ignorar.

Nos preparó una nueva estimación.

Aquella noche hice cuentas hasta las dos de la madrugada. Sumé, resté, cambié cifras de sitio, como si el dinero pudiera multiplicarse por pura insistencia. Marta estaba sentada frente a mí, con las manos alrededor de una taza de té que se había quedado fría.

—No nos llega —dije.

Ella siguió mirando la taza.

—Ya lo veo.

Guardamos los planos en un cajón.

Lo peor no fue renunciar a la casa. Fue descubrir cuántas cosas pequeñas habíamos depositado en ella. Dejamos de hablar de los muebles, de las ventanas, del cerezo. Los domingos ya no íbamos a la parcela. Incluso evitábamos pasar por aquella carretera.

Una mañana de noviembre, mientras desayunábamos, Marta sacó los planos del cajón y los extendió sobre la mesa.

—¿Y si hacemos una casa más pequeña?

No respondí enseguida.

—¿Cuánto más pequeña?

—Lo suficiente.

Volvimos a hablar con el arquitecto. Revisamos el proyecto, la cimentación y los costes. Conocíamos ya las condiciones del terreno y podíamos decidir qué conservar y a qué renunciar. Eliminamos una habitación, redujimos la terraza y dejamos el garaje para un futuro que ninguno de los dos se atrevía a ponerle fecha.

La casa terminó siendo bastante distinta de aquella que habíamos dibujado sobre las servilletas.

Pero era nuestra.

El día que comenzaron las obras, Marta llegó a la parcela con un pequeño cerezo en una maceta. Lo dejó junto a la vieja silla, que seguía allí, hundida entre las hierbas.

—¿No será pronto? —le pregunté.

—Pues que vaya acostumbrándose.

Han pasado cuatro años. La silla desapareció bajo los escombros de la obra, el garaje sigue sin existir y mi despacho es tan pequeño que, si abro demasiado la ventana, golpea la estantería.

El cerezo, en cambio, ha crecido.

A veces, cuando nos sentamos a desayunar bajo sus ramas, Marta me recuerda aquella noche en la que estuve a punto de abandonar el proyecto. Yo le recuerdo que fue ella quien quiso plantar un árbol antes de tener siquiera una casa.

Y nos reímos.

Supongo que hay cosas que solo se aprenden cuando uno empieza a construir. Por ejemplo, que la tierra que pisamos puede guardar sorpresas. O que los sueños, para llegar a buen puerto, necesitan algo más que entusiasmo.

Nosotros tuvimos que hacer nuestra casa un poco más pequeña para que cupiera en nuestra vida.

Y ahora no cambiaría ni un metro de ella.

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