Herrera de Pisuerga, tumbas junto al Burejo
En junio de 2016, unas obras de la calle Victorio Macho sacaron a la luz veinte tumbas visigodas. La pista conduce desde la ribera del Burejo hasta una historia que el terreno fue revelando poco a poco.
Un arco de piedra en el casco de Herrera de Pisuerga sitúa la historia en el tejido urbano actual.
En junio de 2016, la ampliación de la calle Victorio Macho dejó al descubierto un conjunto de veinte tumbas. Las obras, promovidas y ejecutadas por el Ayuntamiento de Herrera de Pisuerga junto con la unidad de Arqueología de IE University y el Instituto de Estudios Pisoraca, abrieron una nueva ventana a la necrópolis visigoda del sur de la localidad. El hallazgo no apareció aislado: estaba junto a la zona excavada en la década de 1930. Bajo una calle en transformación, el pasado funerario de Herrera volvía a cruzarse con el presente.
El Burejo marca el borde de la necrópolis
La necrópolis se encuentra próxima al río Burejo, a su paso por la ciudad, y junto al cementerio actual. Décadas antes de las primeras excavaciones oficiales, unas labores para crear huertas de regadío la habían sacado accidentalmente a la luz. El terreno que se destinaba a cultivar guardaba sepulturas. Esa cercanía al río sitúa el hallazgo en una parte reconocible de Herrera, en la confluencia del Burejo con el Pisuerga, aunque no permite atribuir al cauce la causa de los enterramientos.
El descubrimiento fortuito no puso fin a la historia del lugar; la convirtió en una investigación que avanzaría por etapas. En 1931 y 1932 comenzaron las excavaciones arqueológicas, dirigidas por Julio Martínez Santa-Olalla y patrocinadas por la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades. Además de las sepulturas, aparecieron restos constructivos que entonces se consideraron contemporáneos de la necrópolis. Desde el principio, por tanto, el subsuelo ofreció más de una clase de huella humana.
El subsuelo municipal reúne materiales distintos
Herrera se asienta a 844 metros de altitud, donde se encuentran los ríos Pisuerga y Burejo. El estudio geotécnico del municipio describe un terreno diverso: la categoría más extensa, el 49,68 %, agrupa areniscas, conglomerados y flysch; otro 26,45 % corresponde a gravas y arenas compactas. También registra arenas finas y limos, además de calizas, dolomías y mármoles. Son nombres de materiales distintos, no una única base uniforme bajo toda la localidad.
Esta descripción ayuda a imaginar el marco físico de la historia, pero su escala es municipal: no identifica qué material hay exactamente bajo cada sepultura ni permite explicar el origen de la piedra que las delimita. En la necrópolis sí se documentaron cantos rodados o piedras alrededor de las fosas. Su presencia cuenta cómo quedaron marcados los enterramientos; por sí sola, no dice de dónde se trajeron. La geología acompaña aquí a la arqueología como el escenario material de Herrera, sin reemplazar las evidencias de cada tumba.
El río, en cambio, sí forma parte directa de la geografía local que se puede reconocer. El Burejo atraviesa la ciudad y pasa cerca de la necrópolis; el Pisuerga se une a él en Herrera. Esta posición junto a dos cursos de agua explica la importancia del entorno fluvial en el paisaje, pero no autoriza a convertir cada episodio histórico en consecuencia del agua. En el caso de las tumbas, la relación documentada es espacial: el cementerio antiguo quedó junto a la ribera del Burejo.
La fuente de la Plaza Mayor de Herrera de Pisuerga, una imagen del agua en el espacio cotidiano de la villa.
Pisoraca añade una historia anterior
Herrera guarda también la memoria de Pisoraca, el asentamiento romano del término municipal. La Legio IV Macedónica estuvo acantonada allí entre el año 20 antes de nuestra era y el 40 de nuestra era. La participación del enclave en las guerras cántabras es discutida por algunos investigadores; lo que permanece claro en la secuencia local es la presencia de la legión durante el siglo I y el uso militar posterior del asentamiento.
Tras el traslado de la legión a Mogontiacum, ocupó el campamento el Ala Parthorum, una unidad auxiliar de caballería. Más tarde, después de que esta unidad fuese trasladada a Mauretania bajo Domiciano, el solar fue ocupado por la Cohors I Galica Equitata civium romanorum. Los materiales documentados incluyen cerámica común, terra sigillata hispánica, vidrio, armas y piezas relacionadas con arreos y estribos. Pisoraca aporta un pasado romano al término; no debe confundirse con la necrópolis visigoda, que es la protagonista de esta historia funeraria.
Las tumbas revelan una comunidad visigoda
Los objetos de adorno hallados en las sepulturas sitúan la necrópolis a finales del siglo VI y muestran que siguió en uso durante el siglo VII, después de la unificación. En la excavación, las fosas se encontraban a unos 80 centímetros de profundidad. La mayoría tenía orientación este-oeste y formaba alineamientos. Algunas estaban delimitadas con cantos rodados o piedras: marcas discretas que ordenaban el espacio funerario bajo el terreno.
En el interior de las fosas se depositaron ataúdes de madera, indicados por los clavos de hierro encontrados, o parihuelas. De las 52 sepulturas excavadas en aquella oportunidad, 19 contenían adornos personales. Entre los objetos conocidos figuran fíbulas, placas liriformes y una placa cruciforme. No son solo piezas aisladas: junto con la disposición de las tumbas, permiten reconocer una necrópolis visigoda descrita como clásica y de tradición germánica.
La historia de esos objetos también tiene una pérdida. Algunos ajuares fueron saqueados a partir de 1908 y citados después por Zeiss. Entre las piezas mencionadas aparecen tres fíbulas, tres placas liriformes, una placa cruciforme y una placa rígida con la escena de Daniel en la fosa de los leones. El saqueo dispersó parte de los hallazgos, pero los objetos registrados y las excavaciones posteriores permitieron conservar indicios de la comunidad enterrada allí. Tres de los ajuares más recientes seguían en estudio según la información disponible.
De las huertas a Victorio Macho
Tras las primeras campañas hubo nuevas excavaciones estivales en 1960, 1961, 1976 y 1983. La necrópolis fue declarada bien de interés cultural en 1993. Cada intervención añadió piezas a un conocimiento que había comenzado con el hallazgo accidental durante la creación de huertas. El lugar dejó de ser solo una sorpresa bajo el suelo: sus tumbas y objetos pasaron a formar parte de un yacimiento reconocido y estudiado.
En 2016, las obras de Victorio Macho encontraron otras veinte tumbas junto a la zona excavada en los años treinta. Sumadas a las 52 sepulturas anteriores, elevan a 72 las conocidas en ese conjunto, descrito como una de las necrópolis más extensas del norte de la península. La calle que debía ampliarse reveló así la continuidad del cementerio más allá del área ya investigada y dio un nuevo resultado a décadas de trabajo arqueológico.
El episodio tiene un desenlace concreto: las tumbas no desaparecieron de la historia de Herrera bajo la expansión urbana, sino que las sucesivas excavaciones ampliaron el conjunto conocido y lo situaron entre los más extensos de la zona. El Burejo sigue señalando el borde de aquella necrópolis; Victorio Macho conserva el recuerdo del hallazgo que la hizo crecer. Bajo el terreno de la ciudad, una obra cotidiana devolvió a la luz una comunidad enterrada siglos atrás.
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