Fontanar, del carbón a las urbanizaciones
Hasta mediados del siglo XX, el monte de Fontanar produjo carbón de encina; décadas después, nuevas urbanizaciones cambiaron la escala de la localidad. Entre esas dos imágenes persiste la luminaria de San Matías, una tradición de leña que conserva la memoria del monte.
La Plaza Mayor y la torre de la iglesia muestran el núcleo urbano de Fontanar, el escenario de una localidad que fue creciendo con las nuevas urbanizaciones.
Fontanar, en la Campiña del Henares y a unos diez kilómetros de Guadalajara, ha vivido dos transformaciones que caben en una misma historia local. Durante generaciones, el monte fue una fuente importante de carbón de encina. Más tarde, tras un largo periodo de crecimiento reducido, llegaron nuevas urbanizaciones y familias, y el municipio aumentó su población. No hay que hacer que una cosa explique la otra: la producción de carbón pertenece a una etapa y la expansión residencial a otra. Lo que las une es el territorio, trabajado y habitado de maneras distintas.
Una costumbre de las fiestas de San Matías mantiene visible ese cambio de escala. En la luminaria se queman remolques de leña, una práctica que antiguamente representaba el tributo de los leñadores del monte a su patrón. La escena actual conserva una referencia concreta al trabajo forestal que sostuvo parte de la economía local hasta mediados del siglo pasado.
El monte de Fontanar sostuvo el carbón
El dato es breve, pero marca una época: hasta mediados del siglo XX, el monte de Fontanar fue una gran fuente de producción de carbón de encina. No se trata solo de un recuerdo asociado a las fiestas. El carbón sitúa el monte dentro de la vida económica del pueblo, como un lugar del que se obtenía un producto. La encina y la leña aparecen así en dos registros: como recurso de aquella actividad y como parte del tributo que todavía se evoca en la celebración de San Matías.
La información disponible no describe cada tarea de la producción ni permite dibujar una jornada de trabajo concreta. Lo que sí deja claro es la duración de esa relación: el monte mantuvo importancia productiva hasta mediados del siglo XX. Después, esa etapa dejó paso a otros modos de vivir Fontanar. El cambio no borra el pasado forestal, pero lo desplaza de la actividad económica hacia una huella cultural, reconocible en el vínculo entre los leñadores, la madera y el patrón.
San Matías conserva la luminaria
Las fiestas en honor a San Matías se celebran el fin de semana más próximo al 14 de mayo. La noche del viernes, la luminaria señala el comienzo de las celebraciones: durante el baile se queman varios remolques de leña. La tradición atribuía a ese gesto el sentido de un tributo de los leñadores del monte a su patrón. La leña no es, por tanto, un adorno añadido a la fiesta; es el elemento que enlaza una práctica pública con la antigua producción forestal de Fontanar.
El contraste con el carbón importa. La historia local registra una producción de carbón de encina hasta mediados del siglo pasado y una costumbre festiva que conserva la leña como símbolo. No afirma que la luminaria reproduzca el proceso de fabricar carbón ni que la actividad forestal acabara por causa de una decisión concreta. Su continuidad es otra: mantiene presente la relación entre el pueblo y el monte mediante un acto que acompaña cada año a la celebración de San Matías.
Un subsuelo de varias familias de roca
El monte cuenta la historia de la superficie; el estudio geotécnico ofrece otra escala, la del término municipal. En su clasificación aparecen areniscas, conglomerados y flysch, agrupados en una categoría que representa el 33,60 %. También incluye calizas, dolomías y mármoles, con un 11,21 %, y pizarras y esquistos, con un 7,31 %. Son conjuntos de materiales distintos, no el nombre de una única roca que pueda asignarse sin más a cada parcela, edificio o paraje de Fontanar.
Esta variedad permite describir un subsuelo municipal compuesto por varias familias de materiales, pero no convertirlas en la causa de la producción de carbón o de la expansión urbana. El mismo estudio caracteriza la permeabilidad como clase 1, litología A-1, y la describe como propia de acuíferos generalmente extensos, muy permeables y productivos. También recoge una peligrosidad baja a moderada para arcillas expansivas subordinadas o emplazadas en zonas climáticas sin déficit anual de humedad. Son datos geotécnicos del territorio; no señalan por sí solos qué material hay bajo un edificio concreto.
Piedras de molino de aceite fotografiadas en Fontanar: un objeto de piedra trabajado, a otra escala que las familias de materiales clasificadas para el término municipal.
Arroyo de las Dueñas frena la salida juvenil
En el siglo XIX Fontanar era una villa pequeña: hacia mediados de ese siglo tenía contabilizados 213 habitantes. Tras un largo periodo de crecimiento reducido, el municipio empezó a cambiar a comienzos de la década de 1980, cuando se construyó la primera urbanización. Allí se asentó un número creciente de familias procedentes del área de Madrid y del corredor del Henares. La expansión residencial hizo que el pueblo comenzara a recibir población de fuera, además de sostener a quienes ya vivían en él.
La respuesta local no fue solo construir viviendas. A comienzos de la década de 1990, la cooperativa de iniciativa municipal Arroyo de las Dueñas contribuyó a prevenir la migración de numerosos jóvenes nacidos en Fontanar. Ese esfuerzo afrontaba una dificultad distinta a la de atraer nuevas familias: que los jóvenes del propio municipio pudieran quedarse. La cooperativa aparece así en el centro de una etapa en que el crecimiento del pueblo dependía tanto de las nuevas llegadas como de mantener una comunidad local.
Los Alcores y la nueva escala del pueblo
A mediados de los años noventa, Los Alcores reforzó la tendencia de crecimiento. En la década siguiente se sumaron nuevos proyectos urbanísticos, entre ellos otra iniciativa de cooperativa de viviendas. La transformación fue acumulativa: una primera urbanización abrió una etapa, Arroyo de las Dueñas trabajó para evitar la salida de jóvenes y Los Alcores, junto con los proyectos de los años 2000, amplió el proceso. El relato disponible no atribuye esos cambios a una condición geológica específica; muestra decisiones residenciales que transformaron la localidad.
También cambió la composición de la población. El número de extranjeros residentes pasó de 10 en 1996 a 312 en 2011, en línea con el auge registrado en el conjunto del país; una buena parte tenía vivienda en propiedad. La cifra permite ver que el crecimiento no fue únicamente una suma abstracta de viviendas: Fontanar recibió nuevos residentes y hogares. En 2025, el municipio contaba con 2.630 habitantes, muy por encima de los 213 contabilizados hacia mediados del siglo XIX.
El resultado es un pueblo de otra escala, con urbanizaciones que se incorporaron a lo largo de varias décadas y una población que siguió creciendo. La historia del monte no desaparece por ello: permanece en la referencia al carbón de encina y en la luminaria de San Matías, mientras el estudio geotécnico distingue las familias de materiales del término. Una tradición mantiene viva la memoria del trabajo forestal; las urbanizaciones cuentan el capítulo más reciente de cómo Fontanar se hizo más grande.
En la luminaria, los remolques de leña reúnen esas dos edades sin confundirlas: el monte que fue fuente de carbón y el pueblo que hoy reúne a muchos más habitantes. La llama conserva un tributo antiguo; alrededor, Fontanar ha cambiado de escala.
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