Cuevas Bajas y las terrazas del Genil que guardan huellas paleolíticas
En las terrazas del Genil aparecieron instrumentos que llevan la presencia humana de la comarca hasta el Paleolítico. ¿Qué relación tiene ese antiguo paisaje fluvial con la historia de Cuevas Bajas?
CUEVAS BAJAS DESDE EL MIRADOR DE LA ERMITA
En Cuevas Bajas, la historia más antigua reconocible no empieza en una plaza ni en una casa, sino en las terrazas del Genil. Allí, y también en los alrededores de la localidad, han aparecido instrumentos atribuidos al Paleolítico. La pregunta que dejan esas piezas es concreta: ¿qué ofrecía este valle para que hubiera presencia humana aquí hace unos 40 000 años a. C.?
El río dejó escalones en el paisaje
El pueblo se encuentra en la ladera norte de un cerro, junto al valle fluvial del Genil. A su alrededor se levantan multitud de cerros; frente a ellos, el valle abre una franja distinta, más baja y vinculada al curso del río. No es solo un contraste de formas. Es la escena donde el relieve y la historia humana se encuentran.
Una terraza fluvial es una superficie que quedó a una altura distinta del cauce actual cuando el río fue modificando su valle. Puede imaginarse como un escalón en el paisaje: el Genil ocupa hoy una parte baja, mientras otras superficies conservan señales de etapas anteriores del valle. Esa lectura ayuda a entender por qué las terrazas son relevantes para la historia local: allí se han encontrado instrumentos paleolíticos.
El estudio geotécnico municipal identifica arenas finas y limos como el grupo de terreno con mayor proporción en su clasificación, con un 39.87 %, y registra también calizas, dolomías y mármoles, con un 27.07 %. Esas cifras describen materiales presentes en el municipio, no una columna que permita asignar cada estrato a un momento concreto. Aun así, las arenas y los limos son compatibles con sedimentos finos que el agua puede transportar y depositar; en un valle con terrazas del Genil, esa relación ofrece una explicación geológica razonable del escenario.
Lo importante no es imaginar que cada herramienta apareció sobre una capa idéntica, sino reconocer el marco: cerros, valle y superficies asociadas al río. La geología sugiere que el Genil fue dando forma a un corredor donde distintas generaciones pudieron encontrar espacios de paso y ocupación. Es una interpretación del paisaje, no una prueba de cómo vivió cada grupo.
Un suelo hecho de historias distintas
El valle no cuenta toda la historia del terreno. La clasificación técnica registra también rocas calizas y dolomías, además de mármoles. Las calizas y dolomías suelen formarse en antiguos mares poco profundos, donde los restos y sedimentos se acumulan en el fondo; el mármol, por su parte, es una roca transformada por calor y presión. Son procesos muy diferentes de la acumulación de arenas y limos junto a un río.
Así, el subsuelo municipal reúne materiales que hablan de ambientes distintos, aunque los datos disponibles no los ordenan en una secuencia cronológica local. El relieve visible añade otra pista: Cuevas Bajas está en una ladera y junto a un valle, mientras el término cuenta con cerros. Desde el cerro de la Cruz, que alcanza los 768 metros, se distinguen territorios de tres provincias andaluzas. Ese mirador permite apreciar la escala del paisaje, pero la historia más antigua documentada sigue conduciendo hacia las terrazas del Genil.
En el relato geológico, las arenas finas y los limos acercan al lector a un terreno de sedimentos; las calizas, dolomías y mármoles, a una historia más profunda de rocas. No hace falta convertir cada material en una fecha para comprender la escena: el valle fluvial es una forma del relieve, y las terrazas guardan el vínculo local más directo entre ese relieve y los hallazgos humanos.
Las primeras huellas no dibujan una ciudad
Los instrumentos hallados en los alrededores y en las terrazas del Genil sitúan antecedentes humanos en la comarca desde el Paleolítico, en torno a 40 000 años a. C. No describen una población organizada como la actual, ni permiten reconstruir una vida cotidiana completa. Sí sostienen algo decisivo: la historia de la presencia humana en este entorno es mucho más antigua que la villa documentada en épocas posteriores.
¿Por qué importa que los hallazgos aparezcan en terrazas? Porque el lugar de una pieza aporta contexto. El Genil y las formas de su valle no son un telón de fondo añadido después: constituyen el paisaje donde se localizaron esas evidencias. Es razonable pensar que la configuración del valle influyó en cómo se recorría y habitaba el territorio; no se puede deducir de ahí una ruta concreta ni una continuidad de asentamiento durante milenios.
La diferencia entre una huella y una historia completa es enorme. Una herramienta no cuenta por sí sola quién la fabricó ni cuánto tiempo permaneció allí. Pero su presencia permite atravesar, con cautela, una distancia inmensa: desde las terrazas que hoy se leen en el relieve hasta quienes dejaron aquellos objetos en el entorno de Cuevas Bajas.
Después llegaron caminos y villas
Mucho después, en torno al siglo II a. C., una calzada romana pasaba cerca de Cuevas Bajas, según el recorrido registrado por el Itinerario de Antonino. También se han encontrado vestigios de numerosas villas en el término municipal. El dossier no establece que esas construcciones se levantaran sobre las terrazas paleolíticas ni que siguieran exactamente sus recorridos. Lo que sí muestra es que el territorio continuó formando parte de un espacio transitado y ocupado.
El paisaje, por tanto, no conserva una sola época. Primero aparecen las evidencias paleolíticas en el entorno y las terrazas; siglos más tarde, caminos y vestigios romanos; después, una villa cuya historia escrita se asocia a cambios políticos y a nuevos repartos de tierras. En cada caso cambia la escala: de una herramienta, a un camino, a una comunidad que vuelve a poblarse.
En 1426, Fernando de Narváez, alcaide de Antequera, conquistó la plaza. Tras la dominación árabe y los repartos de tierras, comenzó la repoblación gradual de la villa. La geología no explica por sí sola ese episodio histórico; permite, en cambio, reconocer el escenario físico en el que se sucedieron esas etapas: un núcleo asentado en la ladera de un cerro y un valle fluvial a su lado.
La villa se hace visible en la ladera
Los siglos posteriores dejaron señales más reconocibles para quien recorre Cuevas Bajas. La iglesia de San Juan Bautista se construyó en el siglo XVIII. La calle Real conserva fachadas antiguas, entre ellas la Casa de los Cristales y la Casa de Felipe Quintana; los poblados del Cedrón y La Moheda mantienen arquitectura tradicional. Son testimonios de una historia humana asentada en el relieve, no pruebas de que una roca determinada decidiera dónde se levantó cada edificio.
Las cifras de población también muestran que la villa cambió de tamaño: alcanzó 1300 habitantes en 1740 y 2900 en 1900. El dato no permite atribuir ese crecimiento al valle o a un tipo de suelo concreto. Pero ayuda a imaginar una comunidad que fue ocupando la ladera y organizando sus calles en el mismo paisaje que, mucho antes, había conservado las pistas paleolíticas.
Hoy, al mirar desde el pueblo hacia el Genil, se reconocen juntos el cerro, la ladera y el valle. La imagen no revela por sí sola cada episodio, pero sí reúne los elementos que sostienen esta historia: un relieve modelado en torno al río, terrazas donde aparecieron instrumentos paleolíticos y una villa que creció en ese entorno. Las primeras huellas de Cuevas Bajas no son las de sus calles: son las que el tiempo dejó en el valle, junto al Genil.
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