Comares, la fortaleza sobre el filo
Comares se alza sobre una cresta escarpada, con barrancos alrededor y el paisaje de la Axarquía a sus pies. En ese relieve se entiende la imagen del «castillo en la altura» y comienza la historia de una fortaleza disputada y de las huellas que aún permanecen.
Panorámica de Comares sobre la cresta, con el cerro de Mazmúllar y las laderas de la Axarquía al fondo.
Desde lejos, Comares parece equilibrarse en lo alto de una montaña. El pueblo ocupa una cresta de fuerte pendiente, a 703 metros de altitud, y los barrancos descienden desde sus inmediaciones hacia un paisaje de cortijos dispersos. Esa posición da forma a la imagen que define el lugar: una población encaramada sobre el relieve. También ayuda a entender por qué la historia local asocia su nombre árabe, Qumaris o Hins Comarix, con «castillo en la altura». Mucho antes de los cambios de poder que marcarían su historia, el terreno ya ofrecía el escenario de una fortaleza.
La cresta de Comares sobre los barrancos
El núcleo se extiende sobre la loma, mientras el término municipal se abre en barrancos y laderas. El punto más alto es el cerro de Mazmúllar, con 721 metros. La diferencia de altura respecto al pueblo no es grande, pero permite distinguir dos referencias del mismo relieve: la cresta habitada y el cerro que la supera. En torno a ellos, el paisaje no forma una llanura continua; se fragmenta en pendientes, valles y asentamientos dispersos. La posición elevada es visible, y el nombre tradicional de Comares la convirtió también en parte de su identidad.
El agua sigue otros recorridos por este territorio quebrado. El río de la Cueva, llamado también Benamargosa, recibe los arroyos Cútar, Fuente Delgada y Solano, que suelen permanecer secos durante gran parte del año. Para abastecer al pueblo se citan las fuentes Delgá, Gorda, Caño Seco y Maroto. Son datos que sitúan a Comares entre dos realidades: una altura expuesta sobre barrancos y una vida local vinculada a puntos concretos de agua. El paisaje se entiende mejor al mirar a la vez la cresta y las bajadas que la rodean.
Un mosaico de rocas bajo el término
La clasificación geotécnica del término municipal da una medida de la variedad del sustrato. Las pizarras y los esquistos representan el 67,98 % de los materiales clasificados. A bastante distancia aparecen calizas, dolomías y mármoles, con un 8,11 %, y areniscas, conglomerados y flysch, con un 7,15 %. También figuran arenas finas y limos, y gravas y arenas compactas. Estos porcentajes describen el territorio municipal en conjunto: no identifican automáticamente la roca de cada muro o edificio del pueblo.
El dato principal, aun con esa escala, dibuja un territorio donde pizarras y esquistos dominan sobre otros grupos de rocas y sedimentos. El relieve escarpado de Comares forma parte de ese paisaje municipal, aunque la clasificación no permite atribuir cada barranco a un material concreto. Así, el sustrato aporta un marco para leer la forma del terreno, no una explicación única de cada ladera. Las rocas registradas conviven con sedimentos y materiales de distinta naturaleza; el mapa geotécnico reúne esa diversidad sin reducirla a una sola «piedra» bajo todo el pueblo.
El estudio geotécnico describe además formaciones generalmente impermeables o de muy baja permeabilidad, que pueden albergar acuíferos superficiales cuando la alteración o las fracturas facilitan la circulación y acumulación del agua. En general, esos acuíferos son poco extensos y de baja productividad, aunque pueden tener interés local. Para el término también señala áreas con movimientos actuales o potenciales, principalmente deslizamientos en formaciones blandas. Un deslizamiento desplaza materiales ladera abajo; en un paisaje de pendientes y barrancos, ese proceso ayuda a comprender que el terreno no es un fondo inmóvil. No identifica, por sí solo, un episodio concreto en la cresta del castillo.
El caserío de Comares se asoma al escarpe; la imagen acerca el relieve que rodea la población.
El castillo entra en la historia de Comares
La cronología municipal sitúa una fortaleza musulmana en Comares, al menos, desde el siglo VIII. También atribuye los orígenes del asentamiento a los griegos focenses que llegaron a las costas malagueñas en el siglo VII antes de nuestra era. Entre esas fechas y los siglos posteriores, Comares aparece como una posición fortificada en altura. Su relieve escarpado y su emplazamiento sobre la cresta hacen tangible el sentido del nombre; las fuentes, sin embargo, no detallan cómo cada rasgo del terreno intervino en la construcción de sus defensas.
La fortaleza adquiere un papel concreto durante la rebelión de Omar Ben Hafsún contra el Emirato de Córdoba. La historia de Comares lo incluye entre los baluartes defensivos del caudillo, cuya rebelión se extendió entre 880 y 918. La disputa no fue un episodio breve: durante cuatro décadas, Ben Hafsún desafió el poder omeya. En ese escenario de lucha, la fortaleza de Comares formaba parte de una red de posiciones que acabarían cambiando de manos. El conflicto enfrentaba a un poder rebelde con el emirato; la cresta era el lugar fortificado donde esa disputa se hacía local.
La derrota de Ben Hafsún cambia el control
El resultado de aquella pugna también alcanzó a Comares. Tras la derrota de Omar Ben Hafsún, Abderramán III se apresuró a ocupar los castillos de Comares y Santo Pitar. La fortaleza pasó así al control del poder que había combatido la rebelión. No hace falta imaginar un asedio concreto para reconocer el cambio decisivo: una posición que había estado ligada al baluarte de Ben Hafsún quedó en manos de Abderramán III. La historia del castillo no se reduce a su altura; también consiste en quién podía controlarlo en cada etapa.
El nombre del lugar conserva esa asociación entre altura y defensa, pero el paisaje actual muestra más que una fortaleza. En Comares se citan restos de murallas, la torre del homenaje de la antigua alcazaba y un aljibe árabe dentro del recinto del cementerio. Son huellas distintas de una arquitectura defensiva y de almacenamiento de agua, distribuidas en el núcleo actual. No todas cuentan el mismo momento ni permiten reconstruir cada fase del castillo, pero juntas sostienen una presencia histórica persistente: la fortificación no ha desaparecido por completo del pueblo que se levantó en la cresta.
En 1487, Comares cambia de alcaide
El 29 de abril de 1487, Comares se rindió a las tropas cristianas. El último alcaide moro citado, Mohammed el Jabis, fue sucedido por Pedro de Cuéllar. Las crónicas atribuyen a la fortaleza una capacidad de unas 15.000 personas y la describen como cuadrada; esa cifra pertenece al relato transmitido sobre el castillo, no a una medición actual del recinto. Lo esencial para la historia local es el cambio de mando: después de siglos de fortaleza musulmana y de disputas por su control, Comares quedó bajo una nueva autoridad.
La toma no cerró de inmediato las tensiones entre los vecinos y los nuevos pobladores cristianos. Los habitantes recibieron determinados privilegios que, según la historia municipal, propiciaron una convivencia pacífica. Esa convivencia se quebró cuando los primeros se sintieron cada vez más oprimidos y despojados de sus pertenencias. Intervino entonces Francisco de Coalla, alcaide de Comares. El territorio fortificado seguía siendo escenario de decisiones políticas, pero el conflicto ya no se expresaba solo como lucha por una plaza: también afectaba a la vida de quienes vivían en ella.
Mazmúllar conserva otras huellas
En 1512, la reina Juana I autorizó el trueque de la villa y fortaleza de Sedella por la de Comares, solicitado por Diego Fernández de Córdoba, alcaide de los Donceles. De esa operación nació el marquesado de Comares. La secuencia iniciada con la rendición de 1487 desembocó así en una nueva organización señorial: cambió la autoridad y cambió el marco político de la villa, mientras la posición elevada y los restos de la fortificación permanecieron en el paisaje. La historia pasó de la disputa militar a la administración de un territorio concreto.
Comares guarda también restos arqueológicos del siglo XI en la meseta de Mazmúllar, además del aljibe y las murallas vinculados a su pasado fortificado. Estas huellas corresponden a lugares y momentos distintos; juntas amplían la historia más allá del castillo principal. Hoy, el pueblo sigue ocupando la cresta, por encima de un término de laderas, barrancos y rocas diversas. La fortaleza cambió de manos, la villa cambió de autoridad y la altura siguió allí. Vista desde el paisaje, la expresión «castillo en la altura» ya no describe solo una posición defensiva: también reúne las distintas etapas que dejaron su marca en Comares.
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