Chucena, dos pueblos y un temblor
Alcalá de la Alameda perdió habitantes mientras Chucena crecía, pero sus caminos volvieron a cruzarse en una iglesia restaurada. Entre ambas historias quedó también el recuerdo del terremoto de Lisboa de 1755, que afectó a los templos de los dos pueblos.
Una calle de Chucena, entre fachadas blancas y balcones. El pueblo que fue ganando población comparte hoy su historia con Alcalá de la Alameda.
En Chucena, una iglesia parroquial lleva el nombre de Nuestra Señora de la Estrella; en la cercana Alcalá de la Alameda, la ermita de la Divina Pastora mantiene vivo otro centro histórico. Hoy ambas pertenecen a un mismo municipio. Pero esa unidad se formó con el tiempo: primero hubo dos poblaciones con historias y señoríos distintos; después, Alcalá fue perdiendo habitantes en favor de Chucena. Un terremoto dañó sus templos y, mucho más tarde, los vecinos de Chucena recuperaron la iglesia de Alcalá. El cambio de población no borró el vínculo: lo trasladó de las casas y los títulos a un edificio que volvió a reunir a la gente.
Alcalá y Chucena, dos nombres antiguos
La historia local sitúa los orígenes de la comarca en el Campo de Tejada, donde incluye a Chucena junto con Manzanilla, Paterna del Campo, Escacena del Campo e Hinojos. Tejada la Nueva aparece como centro neurálgico comarcal entre los siglos VIII y IV antes de nuestra era. La misma referencia atribuye a Chucena orígenes prehistóricos y sitúa la fundación de Alcalá de la Alameda alrededor del siglo VIII después de Cristo. Son momentos muy distintos: la mención del Campo de Tejada ofrece un marco antiguo para la comarca, mientras que Alcalá entra en su propia cronología siglos más tarde.
En 1253, el Libro del Repartimiento de Sevilla y su tierra ya menciona ambas poblaciones. No eran todavía una sola villa: Alcalá fue entregada por Alfonso X a Rui Sánchez en 1268, y Chucena pasó a Juan Martínez de Barrasa en 1374, por privilegio de Enrique II. Martínez consiguió una exención de tributos para veinte vecinos. Esa medida favoreció que Chucena se poblara; la historia de los dos lugares empezaba a tomar direcciones diferentes, aunque sus territorios volverían a quedar unidos bajo un mismo poder.
Los señoríos acercan las dos villas
En 1488, los Reyes Católicos confirmaron a Payo de Ribera como señor de Chucena. En 1514 se creó un mayorazgo a favor de Garci López Pacheco, hijo de Pedro Portocarrero, que fue adquiriendo tierras de Alcalá. Para 1550, la familia Portocarrero era dueña de Alcalá, y ambas poblaciones compartían ordenanzas y arbitrios. La vida administrativa empezaba a enlazarse antes de que desapareciera la diferencia entre los dos núcleos: compartir normas no significaba aún que uno hubiera sustituido al otro.
En 1571 Felipe II concedió a Alcalá el título de ciudad. Tres años después, Pedro López Portocarrero recibió el título de primer marqués de Alcalá de la Alameda y Chucena quedó anexionada a la villa. A mediados del siglo XVI, el matrimonio de Ana María Ribera de Portocarrero con Luis de la Cerda, duque de Medinaceli, unió el marquesado a la Casa Ducal. Los nombres de los señores cambiaban y el mapa del poder se ampliaba; Alcalá conservaba su rango, mientras Chucena quedaba incorporada a su señorío.
Chucena gana población y Alcalá pierde la suya
A partir del siglo XIX, el marquesado entró en declive y Alcalá se despobló progresivamente en beneficio de Chucena. No fue un cambio instantáneo: la relación entre las dos villas pasó de la anexión señorial a una transformación demográfica que fue desplazando el centro de vida hacia Chucena. El 24 de mayo de 1812 se creó el Ayuntamiento de Chucena, que englobó Alcalá de la Alameda y también Garruchena, Genís y Torralba. Garruchena había sido saqueada durante la invasión francesa; Genís y Torralba aparecen ya como haciendas.
Así se dibujó el municipio que reúne hoy lugares con trayectorias distintas. Alcalá no desapareció de golpe: fue perdiendo población, pero mantuvo su iglesia y un nombre que reaparece en la historia de Chucena. Ese desplazamiento explica por qué la villa que había tenido título de ciudad acabó vinculada a una vecina que crecía. En el relato local, el desenlace no es solo una nueva demarcación: es una comunidad que concentra su vida en Chucena sin desprenderse por completo de Alcalá.
El sustrato, visto a escala municipal
Debajo de esa historia humana, el estudio geotécnico de Chucena clasifica el 99,97 % de los suelos en la categoría «Calizas, Dolomías y Mármoles». Es una descripción municipal de los materiales, no una identificación de la piedra de cada edificio. La categoría reúne tres tipos de roca: calizas y dolomías, formadas principalmente por minerales carbonatados, y mármoles, que son rocas transformadas. El dato sitúa esos materiales en el panorama geológico del municipio, aunque no establece aquí la edad de las rocas ni reconstruye cómo se formaron.
El mismo estudio describe formaciones generalmente impermeables o de muy baja permeabilidad. Dicho de forma sencilla, el agua no suele atravesarlas con facilidad; sin embargo, la alteración o las fracturas pueden permitir acuíferos superficiales, por lo general poco extensos y de baja productividad, aunque localmente de interés. Esa característica ayuda a entender que el comportamiento del agua depende también de las grietas y zonas alteradas, no solo del nombre de una roca. No hay en estos datos una explicación que relacione el sustrato municipal con el daño de 1755; la historia de los templos sigue su propia secuencia documentada.
Una plaza de Chucena y las fachadas que la rodean. La vista sitúa el relato en el espacio urbano del municipio.
El terremoto de 1755 golpea los dos templos
El terremoto de Lisboa de 1755 afectó gravemente tanto a la iglesia de Alcalá como a la parroquial de Chucena. La coincidencia de daños en los dos pueblos hace visible una dificultad compartida en medio de sus destinos distintos. En Alcalá, el templo había sido levantado sobre las ruinas de otro anterior; en Chucena, la iglesia también necesitó una nueva construcción. El temblor dejó a ambas comunidades ante la tarea de reconstruir sus espacios de culto, pero los edificios que surgieron después no fueron idénticos ni se levantaron en el mismo año.
La iglesia parroquial de Chucena se construyó de nuevo en 1772, según los planos de Diego Antonio Díaz y bajo la dirección del alarife y maestro mayor de obras Andrés de Silva. En Alcalá, Ambrosio de Figueroa, maestro mayor de fábrica del Arzobispado de Sevilla, levantó en 1773 el templo sobre las ruinas del anterior. En pocos años, los dos lugares dañados tuvieron edificios renovados. En Chucena, el retablo mayor, realizado por Julián Giménez en 1788, añadió una pieza monumental al templo: mide 10,5 metros de alto por 8,4 de ancho.
La iglesia de Alcalá vuelve a reunir a Chucena
Con el progresivo despoblamiento de Alcalá, su iglesia quedó abandonada. A partir de 1958, el pueblo de Chucena se hizo con sus derechos, la restauró y la devolvió al culto. El templo estaba dedicado, al menos desde 1411, a la Inmaculada Concepción y Santa Ana. La restauración cambió el destino de un edificio que había atravesado el terremoto y el abandono: dejó de ser solo una huella de la antigua villa para recuperar una función compartida con la población que había prosperado al otro lado de aquella historia.
También viajaron de Alcalá a Chucena algunas imágenes. La talla de la Virgen de los Dolores de la parroquia de Chucena corresponde a la antigua Inmaculada titular del templo de Alcalá, una obra del siglo XVI. La mudanza de la población no borró, por tanto, todos los rastros del antiguo centro: parte de su memoria pasó a vivir en el templo de la villa que lo había ido sustituyendo. Desde 1547, Chucena contaba con una cofradía dedicada a la Virgen de la Estrella y mantenía un hospital de pobres; la vida religiosa también tenía allí una historia propia.
La iglesia de Alcalá sigue formando parte de esa relación. A mediados de mayo, la romería se celebra junto al templo y en el recinto ferial anexo; procesionan las imágenes de San Isidro Labrador y de la Divina Pastora, esta última realizada por Martínez Cerrillo en 1960. El antiguo pino que, según el cálculo recogido, tenía unos 650 años y fue testigo de la historia de los dos pueblos tuvo que cortarse en 1988, oficialmente por enfermedad. El árbol ya no está, pero la iglesia de Alcalá permanece como lugar de encuentro: el pueblo que perdió habitantes conserva allí una parte viva de su historia.
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