Cervera del Río Alhama, huellas bajo la roca
En Las Navillas, junto a Rincón de Olivedo, las huellas de dinosaurio no quedaron enterradas para siempre: la erosión volvió a descubrirlas. El camino desde un barro cretácico hasta una loma riojana explica por qué hoy podemos leerlas.
Vista elevada de Cervera del Río Alhama, con el caserío rodeado por las laderas del entorno.
En la loma del paraje Zorro Molinero, cerca de Rincón de Olivedo y junto al arroyo de Agua Vencejo, una superficie rocosa conserva un registro poco común: 305 huellas de dinosaurio en el yacimiento de Las Navillas. Algunas aparecen agrupadas en rastros, secuencias que permiten seguir el paso de animales antiguos sobre un terreno blando. El lugar está dentro del término de Cervera del Río Alhama, aunque llegar hasta él no resulta sencillo. Su historia, sin embargo, empieza mucho antes de que existieran los barrios de San Gil y Santa Ana, separados por La Peña y las ruinas del castillo.
Las huellas son el rastro de un encuentro breve entre patas y barro; su conservación, en cambio, dependió de una larga cadena de cambios. La llanura se encharcaba y se secaba periódicamente. En las zonas fangosas quedaban marcadas las pisadas, y después el barro se cubría con sedimentos nuevos. El conflicto estaba planteado desde el principio: el terreno podía borrar la marca al cambiar de consistencia, pero también podía sepultarla y protegerla de la erosión inmediata. Cada capa que la ocultaba acercaba a la huella a una conservación que iba a durar millones de años.
Las Navillas: un paso sobre el barro cretácico
Durante el Cretácico, la llanura encharcada de esta historia alternaba fases húmedas con otras de desecación. Cuando el agua se retiraba, quedaban superficies fangosas capaces de registrar el paso de dinosaurios. No hace falta imaginar una escena completa para reconocer la acción: la roca conserva marcas de animales herbívoros y carnívoros, y en algunos puntos la forma de la pisada permite advertir detalles de sus dedos.
Las diferencias son visibles en el tamaño y el dibujo de las huellas. Algunas pisadas atribuidas a dinosaurios carnívoros alcanzan hasta 50 centímetros de longitud; varias muestran una uña muy grande en el dedo central. Entre las huellas de herbívoros hay marcas de uñas que destacan por ser las primeras halladas en La Rioja de este tipo. El registro también indica que estos herbívoros caminaban a cuatro patas con paso amblar. Las huellas no son solo señales aisladas: cada una guarda la forma del contacto con el suelo, y un conjunto alineado conserva el orden de los pasos.
De las 305 huellas descritas en Las Navillas, 131 forman rastros de dinosaurios carnívoros y herbívoros. Esa cifra convierte el paraje en algo más que una roca con impresiones sueltas: hay recorridos que se pueden seguir sobre la superficie. Los rastros permiten reconocer desplazamientos, aunque no obligan a suponer que todos los animales pasaron al mismo tiempo. La llanura dejó un registro de pasos distintos, unidos por un mismo escenario de barro y sedimentos.
La huella podía durar mientras el barro conservara su forma. Después, nuevos sedimentos la cubrían. El peso de esas capas comprimía las inferiores y, con el paso de millones de años, los sedimentos se solidificaban hasta convertirse en roca. Así, una marca que había sido vulnerable a la lluvia y al desgaste quedó encerrada dentro de un material más resistente. El paisaje no guardó los dinosaurios enteros: guardó la señal de su contacto con el terreno.
Ese cambio convierte una pisada efímera en una icnita, es decir, una huella fósil preservada en la roca. No es un hueso ni una parte del animal: es la forma que dejó al pisar un sedimento suficientemente blando y que, al quedar cubierta y endurecerse, pudo sobrevivir. En Las Navillas, el antiguo suelo fangoso pasó a formar parte de estratos rocosos; la sucesión de capas conserva la transición entre superficie, enterramiento y consolidación.
Superficie rocosa del yacimiento de Las Navillas, en la loma de Zorro Molinero, cerca de Rincón de Olivedo.
Zorro Molinero: la erosión devuelve las huellas
El enterramiento no fue el final de la historia. Con el tiempo, la erosión desgastó las capas superiores y dejó visibles muchas formaciones rocosas con icnitas. El mismo proceso que puede desgastar una superficie también permite que una huella antes oculta vuelva a quedar expuesta. En la loma de Zorro Molinero, la roca muestra así dos tiempos a la vez: el instante remoto de la pisada y el lento trabajo que retiró parte del material que la cubría.
El arroyo de Agua Vencejo sirve para situar el paraje en el paisaje actual; la información disponible no atribuye a ese curso de agua la exposición concreta de las huellas. Lo que sí explica la secuencia geológica es el papel de la erosión: al rebajar capas superiores, permite observar formaciones que habían quedado enterradas. El barro ya no está allí como barro. Su huella persiste en la roca, y la loma que hoy se recorre reúne las etapas de una historia mucho más larga que cualquier camino local.
El sustrato de Cervera también tiene una escala más amplia que el afloramiento de Las Navillas. En la clasificación geotécnica del término municipal, el grupo denominado «Areniscas, Conglomerados y Flysch» representa el 60,66 %; aparecen además «Calizas, Dolomías y Mármoles» con un 9,55 %, «Arenas finas y limos» con un 2,40 % y «Gravas y Arenas compactas» con un 2,19 %. Esa variedad describe el municipio en conjunto, no identifica por sí sola la roca concreta que conserva cada icnita.
La diferencia entre escalas importa para entender el paisaje. Una categoría municipal ayuda a reconocer la diversidad del terreno, mientras que las huellas de Las Navillas cuentan un episodio preciso: un antiguo suelo fangoso fue cubierto por sedimentos, se consolidó y quedó expuesto de nuevo. En Cervera, La Peña separa los barrios de Santa Ana y San Gil y sostiene las ruinas del castillo sobre su meseta; es una presencia rocosa muy visible en la vida del pueblo. Las Navillas ofrece otra lectura del terreno, más antigua y distinta: no explica por sí sola la forma de La Peña, pero revela cómo los sedimentos también pueden guardar marcas de vida.
Otra vista del terreno rocoso de Las Navillas, el paraje que conserva las huellas fósiles descritas en el artículo.
De huella enterrada a Sitio Histórico
La historia humana de Las Navillas es, en parte, la de reconocer el valor de esa superficie. El yacimiento fue declarado Bien de Interés Cultural en la categoría de Sitio Histórico el 23 de junio de 2000. La protección le dio un lugar reconocido dentro del patrimonio de Cervera y de La Rioja: no solo importa la antigüedad del terreno, sino la posibilidad de observar las huellas y sus rastros en el lugar donde quedaron preservados.
El acceso difícil contrasta con la claridad de lo que el terreno conserva. Allí, una cifra —305 huellas— se vuelve una multitud de marcas; y 131 rastros convierten impresiones individuales en recorridos. Las pisadas de herbívoros y carnívoros, sus tamaños y algunos detalles de uñas muestran que no todas las señales son iguales. La llanura cambió, el barro se cubrió y la roca se formó; después, la erosión retiró parte del recubrimiento y permitió que el registro volviera a la superficie.
Ese es el desenlace que puede leerse hoy en Las Navillas: los animales ya no están, y el suelo que recibía sus pasos dejó de ser una llanura fangosa. Pero el enterramiento conservó sus huellas y la erosión las devolvió a la vista; desde 2000, el paraje cuenta además con la protección de Sitio Histórico. En la loma junto a Agua Vencejo, la roca no reproduce una escena completa. Conserva algo más concreto: el paso marcado, la capa que lo cubrió y el tiempo que finalmente lo hizo visible.
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