Historia geológica Localidad Castillo de Locubín

Castillo de Locubín vio a Cabeza Baja pasar del mundo ibérico al romano

En Cabeza Baja de Encina Hermosa, un poblado fortificado nacido al final de la cultura ibérica llegó a ser un gran centro en época romana. ¿Qué paisaje de sierras, valles y rocas acompaña esa larga historia?

Carretera de entrada a Castillo de Locubín desde el norte.

Carretera de entrada a Castillo de Locubín desde el norte.

Foto: Veinticuatro de Jahén, CC BY-SA 4.0 — commons.wikimedia.org

En Castillo de Locubín, el hilo de la historia conduce hasta Cabeza Baja de Encina Hermosa. Allí, un asentamiento fortificado surgido en una etapa tardía de la cultura ibérica alcanzó su desarrollo durante el dominio romano. La pregunta es qué puede contar el terreno sobre esa continuidad. La respuesta empieza en el relieve: un municipio montañoso, atravesado por ríos y situado en la cordillera Subbética, donde distintos materiales geológicos componen el escenario de los antiguos pobladores.

En Cabeza Baja, el mundo ibérico abrió paso a Roma

Cabeza Baja no fue una ocupación pasajera. El lugar se identifica con Ipolcobulcula y consta como un gran centro de población fortificado. Su fundación se sitúa en un momento tardío de la cultura ibérica; su desarrollo llegó más tarde, en la etapa altoimperial romana. Es un relevo de siglos, no una frontera limpia: el mismo paraje quedó ligado a dos mundos históricos sucesivos.

La fortificación es un dato; que el relieve ayudara a hacer estratégico el asentamiento es una interpretación razonable, no una explicación directa conservada en el registro. El municipio se alza entre sierras y valles, pero el dossier no fija la posición exacta de cada roca respecto a las estructuras del poblado. Lo que sí permite afirmar es que la historia humana de Cabeza Baja transcurrió dentro de un paisaje quebrado, muy distinto de una llanura abierta.

También otros puntos del término prolongan esa historia. La Torre de la Gorgolla fue otro asentamiento ibérico que se mantuvo en época romana. Y en Venta del Carrizal se localiza la villa romana del Cortijo del Baño. No forman una sola ciudad ni prueban una misma función, pero muestran que la presencia ibérica y romana no se reduce a un único lugar del municipio.

¿Qué cambia cuando se mira el relato desde el suelo y no desde la lista de pueblos? Cambia la escala. Cabeza Baja aparece como una concentración importante en un territorio de montañas y valles; a su alrededor, otros enclaves atestiguan ocupaciones en distintos momentos. La geología no aporta por sí sola el motivo de cada asentamiento, pero sí permite reconstruir el marco físico en el que esas comunidades vivieron.

Las rocas reúnen más de un paisaje antiguo

El relieve municipal está en el corazón de la cordillera Subbética. La sierra de Ahillo, la de San Pedro, el cerro del Agua y la sierra de Alta Coloma delimitan un territorio de alturas, mientras el río de San Juan discurre por un valle entre montañas. El pueblo se encuentra en ese valle; el río recoge aguas de numerosos arroyos y continúa hacia el Guadajoz. Montaña y cauce: dos formas del paisaje que acompañan la historia local.

El estudio geotécnico del municipio identifica como conjunto principal areniscas, conglomerados y flysch, y también una proporción importante de calizas, dolomías y mármoles. En sus datos, el primer grupo representa el 49.90 % y el segundo el 38.47 %. Son porcentajes de los tipos de terreno considerados para el municipio, no una descripción de la roca exacta bajo Cabeza Baja.

Esos nombres guardan pistas sobre ambientes muy distintos. Las areniscas pueden formarse con arena depositada en playas, deltas o ríos tranquilos; los conglomerados, con cantos acumulados por corrientes vigorosas, comparables a torrentes mediterráneos actuales. El flysch es una alternancia de capas de arena y arcilla depositadas al pie de una plataforma continental: imagina sucesivas láminas de sedimento que se acumulan donde el fondo marino empieza a descender.

Calizas y dolomías remiten a otro escenario: fondos marinos poco profundos, comparables a una plataforma de aguas claras y someras. Así, el conjunto geológico municipal conserva materiales vinculados a ríos, costas y mares. No hace falta convertirlos en una sola escena ni atribuirles una fecha que el dossier no proporciona: basta advertir que el paisaje de Castillo de Locubín se construyó con episodios y ambientes diferentes.

¿Cómo se enlaza ese pasado de sedimentos con Cabeza Baja? No mediante una afirmación de que una roca concreta determinara su fundación. La conexión sólida es más amplia: el centro fortificado y sus asentamientos vecinos crecieron en un término montañoso cuya composición y relieve son el resultado de una historia geológica prolongada. Al recorrer hoy el valle, se ve el escenario físico; al conocer sus materiales, se entiende que ese escenario no fue siempre igual.

Las cuevas y el poblado de La Campana alargan la historia

Mucho antes del gran centro ibérico-romano de Cabeza Baja, ya había presencia humana en el término. Los primeros testimonios citados se remontan al cuarto milenio antes de Cristo, en las cuevas del Plato y la Chatarra. Allí vivieron pastores que fabricaron cerámicas decoradas con incisiones. La mención de cuevas no autoriza a adjudicarles una formación geológica específica, pero sí sitúa una huella humana temprana dentro del paisaje municipal.

De la Edad del Bronce o del Cobre final procede el poblado de La Campana, cerca de la Venta del Charco. Después, el relato vuelve a Cabeza Baja y a otros asentamientos ibéricos que permanecieron en época romana. No es una marcha uniforme hacia una sola población: son lugares distintos y momentos sucesivos, unidos por una misma geografía de sierras, cauces y valles.

La lectura geológica ayuda a imaginar cuánto ha cambiado esa geografía en su historia profunda, pero la prueba humana está en los sitios y materiales arqueológicos recogidos en el relato local: las cuevas, la cerámica incisa, el poblado y los asentamientos. Aquí la aventura consiste en mantener juntas dos escalas sin confundirlas. La historia humana se cuenta en ocupaciones y culturas; la de las rocas, en antiguos medios de sedimentación y en la formación del relieve.

Hisn al-Uqbin heredó un territorio de frontera

Más tarde, durante la etapa islámica, Castillo de Locubín fue conocido como Hisn al-Uqbin. El nombre se traduce de dos maneras: Castillo de las Águilas o Castillo de las Cuevas. Esa doble lectura ofrece una imagen sugerente, aunque no demuestra por sí misma cómo se eligió el nombre. Lo documentado es que el municipio volvió a ocupar un lugar en una historia de fortificaciones y disputas.

En las últimas décadas del siglo IX y las primeras del X, Castillo de Locubín estuvo envuelto en la revuelta muladí. En 918, el califa Abd al-Rahman III aplastó la rebelión. Más tarde, tras la ruptura de la unidad del califato, el lugar pasó a manos de los ziríes de Granada y quedó dentro del distrito encabezado por Alcalá la Real. Su posición fronteriza hizo que cambiara varias veces de manos musulmanas a castellanas.

En 1341, poco antes de que Alcalá la Real se rindiera a Alfonso XI tras ocho meses de asedio, lo hizo Castillo de Locubín ante las tropas del infante don Enrique. Cuatro años después, el rey donó el pueblo y el castillo a Alcalá la Real. La larga dependencia de esa ciudad se prolongó hasta las primeras décadas del siglo XIX. Es otro capítulo de la historia local, no una consecuencia geológica demostrada; el relieve montañoso constituye el marco, mientras los cambios de poder están documentados por su propia cronología.

La independencia también tuvo sus avances y retrocesos: hubo reclamaciones, separaciones breves y nuevas dependencias antes de la emancipación definitiva en 1835. Desde Cabeza Baja hasta Hisn al-Uqbin y el municipio moderno, la historia cambió de nombre y de autoridad, pero permaneció ligada a este rincón montañoso de la Sierra Sur.

Por eso, al mirar el valle del río San Juan, la pregunta inicial encuentra una respuesta concreta: el paisaje no explica por sí solo quién fundó Cabeza Baja ni por qué prosperó, pero sí acompaña una historia local de ocupaciones, fortificación y cambios de época. Las rocas de Castillo de Locubín reúnen antiguos ríos, costas y mares; sobre ese relieve, Cabeza Baja convirtió el tiempo ibérico y romano en una huella que todavía da sentido al territorio.

Tipos de terreno en Castillo de Locubín

Suelos característicos de la zona, ordenados por relevancia.

  • Areniscas, Conglomerados y Flysch
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    Areniscas, Conglomerados y Flysch

    Rocas sedimentarias formadas por la cementación de fragmentos de otras rocas preexistentes. Incluyen areniscas (arena cementada), conglomerados (gravas cementadas) y la alternancia rítmica de arenisca

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  • Calizas, Dolomías y Mármoles
    Advertencia

    Calizas, Dolomías y Mármoles

    Rocas sedimentarias carbonatadas (y sus equivalentes metamórficos) de componente rígida. Típicas de los macizos montañosos de la Cordillera Cantábrica, Pirineos, Cordilleras Béticas y Baleares. Aunque

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