Castellar de Santiago, del cerro a la loma
Entre el cerro Castellón y la loma tendida entre la Rambla y la Fontona se entiende una mudanza decisiva: el asentamiento dejó atrás la torre defensiva y encontró otro asiento. La forma del lugar, sus caminos y la historia de sus límites cuentan cómo Castellar fue construyendo su permanencia.
La plaza de Castellar de Santiago reúne algunos de los edificios más reconocibles del núcleo actual.
Castellar de Santiago se alza a 821 metros sobre el nivel del mar, pero su historia local guarda un movimiento hacia abajo: desde el cerro Castellón hasta una loma entre dos arroyos. No fue solo un cambio de posición. La torre que daba nombre al lugar perdió su función defensiva, mientras el asentamiento buscaba un emplazamiento adecuado para vivir y crecer. La Rambla y la Fontona, el relieve y los caminos forman el escenario de esa transformación. Seguir esa mudanza permite ver cómo las decisiones humanas fueron dando forma al pueblo sin separarlo del terreno que lo sostiene.
La secuencia histórica sitúa el primer núcleo, con cautela, junto a la torre o castillete del cerro Castellón. Su emplazamiento elevado cumplía una función de vigilancia y defensa. El lugar no era un punto aislado: la zona comunicaba la Meseta con Andalucía y enlazaba con rutas hacia el Mediterráneo. Mucho antes de que Castellar tuviera sus límites actuales, el paso y la posición ya importaban. El relieve no dictaba por sí solo la historia, pero ofrecía alturas, lomas y corredores que condicionaban dónde asentarse y cómo desplazarse.
El cerro Castellón pierde su torre
El año 1212 marca un cambio de contexto. Tras la victoria de las Navas de Tolosa, el arzobispo de Toledo permaneció en la fortaleza de Calatrava y, junto con los caballeros calatravos, afianzó posiciones al sur de Sierra Morena. La repoblación de los territorios recuperados formó parte de esa reorganización. En la comarca, las posiciones y los asentamientos estaban vinculados a un paisaje donde las fortalezas, los caminos y los pasos montañosos tenían un papel estratégico.
Después de aquel cambio, la torre de Castellar dejó de utilizarse como bastión de vigilancia y defensa. El relato histórico relaciona ese abandono con el descenso del asentamiento: el núcleo que probablemente se había protegido junto al castillete pasó del cerro Castellón a la loma de la Mata de Mencaliz. Allí quedó el asiento del pueblo, entre los arroyos de la Rambla y la Fontona. La defensa ya no organizaba del mismo modo la vida del lugar; el nuevo emplazamiento se ajustaba a otras necesidades de asentamiento.
Ese traslado no borra el cerro del nombre ni de la historia. Al contrario: ayuda a entender por qué Castellar conserva dos referencias distintas, una ligada a la antigua torre y otra a la Mata de Mencaliz, nombre primigenio del asentamiento. El protagonista de esta historia es el propio núcleo, obligado a cambiar de posición cuando su antiguo punto de protección dejó de cumplir la misma función. Su resultado fue permanecer en el paisaje, pero en otra forma: ya no como población junto a un puesto defensivo, sino como villa asentada en una loma.
La Rambla y la Fontona encuadran la loma
La descripción del emplazamiento recoge varias condiciones que se consideraban adecuadas para una población: proximidad a un curso de agua, posición en alto, protección frente a los vientos del norte y cercanía a un camino o a otra vía. También señala que la elevación favorecía la evacuación de las aguas de lluvia. En Castellar, esa relación se concreta en la loma entre la Rambla y la Fontona. Los arroyos delimitan el marco del asentamiento; el altozano ofrece una posición elevada sin devolverlo a la función de vigilancia del cerro.
Conviene distinguir esta elección del relieve de una explicación geológica que los datos no proporcionan. La historia local describe la forma del emplazamiento y los criterios asociados a él; no afirma que una roca concreta causara el traslado. Lo que sí deja claro es que la relación entre agua, altura y caminos ayudó a hacer comprensible la ubicación de la villa. El terreno aparece aquí como una condición práctica: ofrece una loma entre dos arroyos y un punto alto desde el que las aguas de lluvia podían evacuarse.
El sustrato del término municipal añade otra escala a la historia. La clasificación geotécnica identifica calizas, dolomías y mármoles en el 45,44 % de la superficie considerada; pizarras y esquistos representan el 42,14 %, y gravas y arenas compactas, el 3,27 %. No se trata, por tanto, de un municipio formado por una sola clase de material. Son grupos distintos de rocas y sedimentos, y su presencia recuerda que el paisaje local tiene una base geológica variada, aunque el dato municipal no determine qué material hay bajo cada calle o en la loma del asentamiento.
Vista general del pueblo. El asentamiento actual se sitúa en la loma entre los arroyos de la Rambla y la Fontona.
Estas categorías describen el suelo y el subsuelo a escala del municipio, no la piedra de un edificio concreto. Calizas, dolomías y mármoles forman un grupo diferente de pizarras y esquistos; las gravas y arenas compactas añaden materiales de otra clase. La información disponible no fecha esas unidades ni explica cómo se formaron, así que no es posible vincularlas a una etapa geológica precisa. Aun así, saber que coexisten aporta una imagen más fiel del territorio: bajo la historia de la loma no hay una superficie uniforme, sino un término con materiales diversos.
La geología no sustituye a la historia del traslado; permite situarla en un territorio concreto. El relato del asentamiento habla de un altozano, dos arroyos y vías de comunicación. La clasificación municipal, por su parte, documenta los materiales presentes en el conjunto del término. Son evidencias de escalas distintas: una explica por qué se describió aquel emplazamiento como adecuado; la otra muestra de qué tipos de materiales está compuesto el municipio. Mantener separadas esas escalas evita atribuir a una roca determinada una decisión que la historia relaciona con la posición y las necesidades del poblado.
Los caminos atraviesan el territorio
La conexión entre relieve y paso viene de antiguo. En la zona se registran numerosos asentamientos de la Edad del Hierro, y el lugar se describe como estratégico entre la Meseta y Andalucía. El llamado Camino de Aníbal se asocia con el paso por estas tierras durante la expedición contra Roma en la segunda guerra púnica. Más tarde, la influencia de las minas de Obulco y Cástulo impulsó una vía romana que, según la reconstrucción recogida, podría haber atravesado Sierra Morena por Aldeaquemada y el entorno del pueblo. Ese posible trazado debe distinguirse de una ruta confirmada con exactitud.
El movimiento de personas y ganados continuó vinculando Castellar con trayectos más amplios. La Cañada Real Conquense comunicaba Andalucía con las sierras altas de Cuenca y el Mediterráneo. Para el pueblo, un camino no era solo una línea que cruzaba el campo: conectaba el asentamiento con otras regiones y hacía de su ubicación una pieza dentro de un territorio mayor. La loma entre la Rambla y la Fontona no estaba separada de esos itinerarios. La historia del núcleo y la de sus comunicaciones se desarrollaron en el mismo paisaje de pasos y conexiones.
La villa fija sus límites en 1564
Tras el cambio de emplazamiento, la población creció con las repoblaciones impulsadas por la Orden de Santiago. En las postrimerías del siglo XV y comienzos del XVI, Castellar de la Mata prosperó junto a la Cañada Real. La historia del pueblo registra entonces un conflicto distinto del que había marcado el cerro: no se trataba de defender una torre, sino de dejar de depender del Señorío de la Torre de Juan Abad y definir el territorio propio de la villa.
La resolución llegó el 14 de septiembre de 1564, cuando Felipe II firmó la carta de independencia. El municipio pagó cinco mil ducados, destinados a sufragar las guerras contra los turcos. La villa contaba entonces con 360 vecinos, de los cuales 30 eran hidalgos. La carta no solo reconoció una nueva condición política: definió el término municipal con una legua de cinco mil varas a la redonda. Castellar obtenía límites propios sobre el terreno que hasta entonces compartía dentro de una relación señorial.
Ese cambio también afectó al paso de los ganados trashumantes. La carta desvió la Cañada Real Conquense, conocida como Vereda de los Serranos, hacia los límites con Torre de Juan Abad, por donde discurría el tránsito estacional en busca de pastos del sur. Así, el territorio alrededor de la villa quedó ordenado por dos necesidades relacionadas pero distintas: reconocer el término de Castellar y mantener una ruta para los rebaños. El paisaje de lomas y caminos se convirtió también en una geografía de jurisdicciones y lindes.
La historia termina, por ahora, con un pueblo cuyo emplazamiento y cuyos límites quedaron fijados después de varias transformaciones. La torre del cerro Castellón dejó de servir como defensa; el asentamiento descendió a la loma entre la Rambla y la Fontona; y, siglos después, la carta de 1564 estableció el término independiente. El terreno no explica por sí solo cada decisión, pero sí ofrece el marco que las une: una altura, dos arroyos y caminos que cruzaban el territorio. Desde el cerro hasta la loma, Castellar cambió de asiento y permaneció en el paisaje.
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