Canillas de Aceituno, la sierra que daba metal
Entre la Rábita y la zona aún llamada Añada de la Mina, un nombre conserva el rastro de una antigua explotación. Para seguir su historia hay que recorrer también la Sierra Tejeda: un paisaje de pasos, cuevas y materiales distintos, donde el movimiento humano viene de muy atrás.
Canillas de Aceituno al pie de Sierra Tejeda, con la montaña dominando el horizonte.
Entre la Rábita y la zona que todavía se conoce como Añada de la Mina, Canillas de Aceituno guarda un nombre ligado a una actividad antigua. La historia local sitúa allí unas minas de metales abiertas por los cartagineses y explotadas después por los romanos. La explotación forma parte de un relato más amplio: el de una sierra que fue lugar de paso, espacio de asentamientos y territorio de trabajo. Para entender cómo encaja la mina en esa historia, conviene mirar primero el paisaje que la rodea: Sierra Tejeda, sus valles y sus caminos.
Sierra Tejeda abre caminos
Canillas de Aceituno se sitúa a unos 524 metros de altitud, al pie de Sierra Tejeda. Sobre el municipio se eleva La Maroma, que alcanza los 2.068 metros y es la cumbre más alta de la provincia de Málaga. La diferencia entre el pueblo y la cima da una idea del relieve montañoso que acompaña la vida local. Desde sus lomas se abren vistas hacia los valles del Vélez y del Rubite; la sierra, además, da paso a valles y planicies. Esa disposición convirtió el entorno en una encrucijada de caminos antiguos, vías pecuarias y comunicaciones.
La presencia humana en la sierra precede en mucho a las minas. En el término se han encontrado restos humanos y líticos atribuidos al Paleolítico Inferior y Medio, además de sílex. Varias cuevas del entorno sirvieron como cazaderos para grupos prehistóricos. No se trata de una sola escena inmóvil: el relato del paisaje describe desplazamientos entre la costa y la montaña, con actividades como la caza y la recolección. Cuando el entorno empezó a dejar atrás una fase glaciar, las comunidades subían por las sierras para buscar recursos.
Más tarde, en el Neolítico, a la caza y la recolección se sumaron el pastoreo y una agricultura todavía incipiente. La trashumancia —el traslado estacional del ganado entre pastos de montaña y de valle— forma parte de esa larga relación con el relieve. Las vías pecuarias más antiguas que aún se conservan se atribuyen al Neolítico y a la Edad del Bronce. Así, antes de que la extracción de metales aparezca en la historia local, ya había una red de movimientos que conectaba alturas y valles. La montaña podía ser obstáculo, pero también ofrecía pasos para cruzarla.
Fájara y las huellas de la montaña
La cueva de Fájara, a cuatro kilómetros de la villa, permite acercarse a otra dimensión de ese paisaje. En su interior hay galerías que alcanzan kilómetro y medio de recorrido. La información local también señala la abundancia de cuevas naturales en el término y el uso de muchas cavernas como cazaderos prehistóricos. La sierra no era solo una superficie que se atravesaba: sus cavidades y abrigos formaban parte del entorno conocido y utilizado por quienes vivieron en ella.
El movimiento no acabó cuando algunos grupos empezaron a establecerse de manera más estable. Según la historia del municipio, poblaciones ibéricas fueron asentándose paulatinamente por Sierra Tejeda. Canillas, junto al río Almanchares, aparece como uno de esos núcleos; la sierra conectaba valles y planicies y funcionaba como nudo de caminos. Esa combinación de asentamientos y rutas prepara el siguiente capítulo: una comunidad local integrada en intercambios más amplios, en los que los metales de la zona de la Rábita adquirieron un papel propio.
Vista del caserío de Canillas de Aceituno, entre las laderas del entorno serrano.
La Rábita, de la mina cartaginesa a la romana
El relato sitúa las minas entre la Rábita y la llamada Añada de la Mina. Las abrieron los cartagineses y las explotaron los romanos. Es una secuencia breve, pero importante: el trabajo minero atravesó un cambio de poder en la sierra. Los metales se sumaban a los productos y actividades de un territorio donde también se mencionan la agricultura, la ganadería, la caña, la cal y las plantas medicinales. La mina, por tanto, no aparece aislada de la vida de la montaña, sino dentro de un espacio recorrido y aprovechado de distintas maneras.
Los asentamientos ibéricos de Sierra Tejeda formaban parte, según la narración local, de un eje cultural y comercial entre Mainake —Málaga—, Ilíberis —Granada— y Basti —Baza—. Bástulos y bastetanos aparecen entre los pueblos que establecieron poblaciones en la zona. Los colonizadores púnicos y griegos, por su parte, extraían metales de la sierra. El intercambio llevaba productos de origen oriental y contribuía a conectar a las comunidades locales con otros puntos de la región. En ese paisaje de rutas, Canillas no era un extremo aislado: estaba junto al Almanchares y vinculada a una red de circulación.
La transición romana tampoco fue instantánea. Sierra Tejeda se mantuvo como territorio púnico hasta el 265 a. C.; desde entonces comenzó la penetración romana, que culminó con la conquista plena en el año 170 a. C. La mina tuvo continuidad bajo ese nuevo dominio: los romanos la explotaron después de que los cartagineses la abrieran. Ese es el desenlace que puede seguirse con claridad: no la desaparición documentada de la actividad, sino su paso de una etapa púnica a otra romana, dentro de una transformación política que se prolongó durante décadas.
Las rocas bajo el término municipal
El paisaje de Canillas tiene también un sustrato variado. A escala del término municipal, la clasificación geotécnica señala como materiales predominantes las pizarras y los esquistos; en proporciones menores registra areniscas, conglomerados y flysch, además de arenas finas y limos. Son nombres concretos para las rocas y sedimentos reconocidos en el municipio, no una descripción automática de cada parcela, edificio o antigua mina. La clasificación permite situar la historia en un territorio con distintos materiales, sin atribuir a la zona de la Rábita una litología específica que no está identificada en estos datos.
El mismo estudio registra formaciones carbonatadas muy karstificadas en su conjunto y señala áreas con hundimientos kársticos actuales o potenciales. Ese dato añade otro rasgo geológico al término, distinto del predominio de pizarras y esquistos. La cueva de Fájara y las demás cavidades conocidas forman parte del paisaje local, aunque la información disponible no permite asignarles aquí una roca concreta. Lo importante para recorrer la sierra es reconocer que bajo un mismo municipio conviven categorías geológicas diferentes, mientras cuevas, valles y cumbres construyen una geografía visible.
También el agua tiene nombres propios en ese mapa. Los ríos Almanchares, Rubite y Bermuza atraviesan el entorno, y las fuentes de la Gazuela y la Yedra aparecen entre los manantiales naturales de la zona. Dentro del pueblo hay dos fuentes alimentadas por un aljibe árabe situado bajo el ayuntamiento. Son datos distintos de la historia minera, pero completan la imagen de un municipio donde el relieve, los cursos de agua y las cavidades conviven con los caminos que permitieron recorrerlo. La sierra no se reduce a la roca que contiene recursos: es también un espacio de circulación y asentamiento.
Un nombre que sigue señalando la mina
La historia devuelve al lector a la Rábita y a la Añada de la Mina. Antes de las explotaciones, las comunidades prehistóricas recorrieron la sierra; después, los asentamientos ibéricos y las rutas enlazaron el entorno con otros centros. Los cartagineses abrieron las minas y los romanos las trabajaron tras la expansión de su dominio. La secuencia no convierte a toda Sierra Tejeda en una mina, pero sí muestra cómo un recurso local entró en una historia de caminos, intercambios y cambios de poder.
Hoy, el nombre de Añada de la Mina mantiene ese vínculo en el paisaje de Canillas. Al pie de La Maroma, entre valles y rutas, la sierra reúne huellas de épocas distintas: cuevas usadas por grupos prehistóricos, poblaciones junto al Almanchares y una zona minera recordada por su topónimo. Lo que empezó como un lugar de extracción queda así integrado en una historia mayor: la de una montaña que fue paso y territorio habitado, además de fuente de metales.
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