Cañete de las Torres, figuras bajo el relleno
En La Haza de la Virgen, unas esculturas talladas en roca quedaron sepultadas bajo materiales de relleno. Alrededor de ese lugar, otros hallazgos dibujan una historia de ocupaciones y huellas que atraviesa siglos.
Una vista del centro de Cañete de las Torres, con el Ayuntamiento al fondo y la calle que conduce hacia él.
En Cañete de las Torres, algunas de las señales más antiguas no aparecen reunidas en un museo ni en un único edificio: están repartidas por parajes del término y por referencias a objetos encontrados en ellos. La Haza de la Virgen concentra una parte especialmente sugerente de ese recorrido. Allí se han localizado vestigios de distintas épocas y, en el Callejón de los Moros, varias esculturas talladas en la roca acabaron sepultadas bajo materiales de relleno arrojados por vecinos. El paisaje conserva así dos destinos opuestos: huellas que afloran y otras que quedaron ocultas.
La Haza de la Virgen, una pista en superficie
La historia comienza con hallazgos de superficie: objetos encontrados sobre el terreno, no una escena completa que permita reconstruir cada asentamiento. En Puentes Viejos, El Vilano, El Hornillo y Cabeza Lavada se han obtenido materiales significativos de la Edad del Bronce. La Haza de la Virgen destaca entre esos lugares por la abundancia de hallazgos que se le atribuye. El conjunto permite reconocer actividad humana antigua en distintos puntos del término, aunque cada pieza conserva su propio contexto.
Es una diferencia importante. Una moneda, una cerámica o una escultura puede señalar una presencia humana, pero no cuenta por sí sola cómo se distribuían las casas ni qué aspecto tenía el lugar. En Cañete, las evidencias aparecen a escalas diferentes: sitios con materiales de superficie, restos asociados a periodos históricos y objetos concretos cuya procedencia se vincula a un cortijo o paraje. Seguirlas exige cambiar de escala, desde el término municipal hasta el lugar preciso donde cada huella fue registrada.
El sustrato bajo las huellas
El suelo de Cañete no corresponde a una sola clase de material. La información geotécnica municipal agrupa un 75,37 % bajo las categorías «Calizas, Dolomías y Mármoles»; un 12,72 % como «Areniscas, Conglomerados y Flysch», y un 9,52 % como «Arenas finas y limos». Son nombres de materiales distintos: unos designan rocas, mientras que arenas y limos son sedimentos. La clasificación describe el término en conjunto; no identifica automáticamente la roca de una escultura ni la que hay bajo un edificio concreto.
Ese sustrato es el fondo físico de la historia, no una explicación automática de cada hallazgo. El registro patrimonial local menciona, por ejemplo, arcos de piedra en la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción y una portada de piedra en la ermita de Nuestro Padre Jesús Nazareno. Pero esos datos no permiten afirmar que la piedra de los edificios proceda de las mismas unidades recogidas en la clasificación municipal. Sí muestran que la roca aparece en dos aspectos de Cañete: como parte de las categorías geológicas del término y como material visible en algunas construcciones.
De los poblados a las huellas ibéricas
Antes de los restos romanos, el relato local retrocede hasta la actividad neolítica, vinculada a agricultores agrupados en poblados. Más tarde, los hallazgos de la Edad del Bronce amplían el mapa de lugares con presencia humana: no solo La Haza de la Virgen, también Puentes Viejos, El Vilano, El Hornillo y Cabeza Lavada. Las piezas de superficie no ofrecen una secuencia detallada de cada comunidad, pero sí señalan que la historia del término no se reduce a un único núcleo.
La proximidad de Obulco, la actual Porcuna, forma parte del contexto de la presencia ibérica en Cañete. De esa etapa se mencionan animales esculpidos en piedra, monedas y cerámicas; también un recinto fortificado en el Cortijo Real. Cada clase de resto deja una señal distinta: la cerámica y las monedas son objetos transportables; los animales tallados y el recinto pertenecen a otra relación con el espacio. En conjunto, muestran que las huellas humanas no son solo fragmentos dispersos: incluyen también formas trabajadas y estructuras.
Ese contraste prepara el paso a la época romana. El terreno ofrece restos de construcciones y tumbas, tuberías de plomo, monedas, molinos, útiles de labranza y cerámicas comunes y de lujo, tanto hispánicas como de importación. No son una lista uniforme: remiten a actividades y objetos variados, desde conducciones y molienda hasta recipientes. Lo que puede afirmarse es la diversidad de vestigios romanos en el término; su presencia, por sí sola, no demuestra que todos pertenecieran a una sola ciudad.
Fachada de una casa solariega de Cañete de las Torres. Sus sillares muestran el trabajo de la piedra en la arquitectura local.
Calpurriana y las figuras que quedaron ocultas
La Haza de la Virgen vuelve al centro cuando se plantea dónde estuvo la ciudad que algunas referencias llaman Calpurriana o Calpurniana. La identificación no es segura. La tradición de los más viejos del lugar situaba allí esa ciudad; la información histórica también registra, en el Cortijo El Alamillo, una tabla de bronce con inscripciones en latín. La diferencia entre una atribución y un objeto documentado importa: juntas orientan la búsqueda, pero no convierten una posibilidad en certeza.
En el Callejón de los Moros se tallaron varias esculturas en la roca. Después, materiales de relleno arrojados por vecinos las sepultaron. Ese es el cambio más tangible de esta historia: una forma hecha para permanecer visible quedó tapada por una acción humana posterior. No hace falta atribuirle una fecha que no consta para comprender el resultado. La roca fue trabajada, las figuras quedaron bajo el relleno y el lugar conservó una huella cuyo destino fue distinto al de las piezas que se encontraron en superficie.
La tensión entre lo visible y lo enterrado también cambia cómo se lee el conjunto arqueológico. Un hallazgo superficial puede orientar hacia una etapa; una pieza sepultada habla además de una transformación posterior del propio lugar. En La Haza de la Virgen conviven esas dos condiciones: los restos que sostienen la presencia de distintas épocas y la noticia de esculturas que el relleno ocultó. El paisaje no entrega toda su historia de una sola vez; guarda señales de acciones sucesivas, unas expuestas y otras cubiertas.
Ladrillos, documentos y nuevas jurisdicciones
Después de Roma, los ladrillos con rosetas en relieve o inscripciones en los bordes atestiguan la presencia visigoda. Para la época musulmana, los restos se distribuyen por distintas zonas del término y los documentos sobre el pueblo se hacen más abundantes, sobre todo a partir del siglo X. Cambia el tipo de huella que permite seguir la historia: a los objetos y restos materiales se suman referencias escritas. Ninguno borra al anterior; cada uno añade otra manera de reconocer la continuidad de la ocupación.
Durante la Reconquista, Cañete pasó varias veces de manos cristianas a musulmanas y viceversa, en un territorio de frontera. Finalmente quedó bajo la jurisdicción de Córdoba tras su conquista por Fernando III. En 1293, la ciudad cedió el señorío a Alfonso Fernández de Córdoba, con términos, dehesas, pastos, aguas y fuentes; Sancho IV confirmó después la donación. La mención expresa del agua y las fuentes muestra que el acuerdo ordenaba también el acceso a recursos del territorio, no solo el dominio de una villa.
El señorío cambió de manos hasta llegar al ducado de Medinaceli, que mantuvo el marquesado hasta la extinción de los señoríos en el siglo XIX. A la vez, el castillo medieval y las Tercias de los siglos XVII y XVIII conservan otras marcas de la historia construida: estas últimas reunían diezmos eclesiásticos y otras rentas de la Corona, y también sirvieron de cárcel. Son edificios de épocas distintas, como las huellas arqueológicas de La Haza: no explican el origen de las esculturas, pero prolongan la historia local en formas que aún se reconocen.
El Cañetejo y la memoria del lugar
El arroyo del Cañetejo atraviesa Cañete de norte a sur y es afluente del Guadalquivir. Es una presencia geográfica concreta dentro de un término que la información municipal sitúa en el Alto Guadalquivir, a 320 metros de altitud. En 1293, las aguas y fuentes quedaron nombradas entre los bienes cedidos con el señorío. Siglos después, en mayo de 2011, una inundación arrasó varias calles; una mujer murió y muchas viviendas resultaron afectadas. La documentación disponible no establece el mecanismo que produjo aquella inundación, pero sí deja claro su desenlace humano.
La historia de La Haza de la Virgen termina, por ahora, en una doble condición: hay hallazgos que permiten reconocer una larga presencia humana y hay esculturas que quedaron bajo materiales de relleno. Cañete no conserva una sola escena intacta, sino rastros desiguales, desde las rocas nombradas en la clasificación municipal hasta los ladrillos, cerámicas y construcciones de distintas épocas. En el Callejón de los Moros, la roca tallada sigue siendo el recuerdo de una forma que dejó de verse. Bajo el relleno, la historia no desapareció: cambió de lugar, de superficie a memoria.
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