Benaoján, el río que desaparecía bajo la sierra
En los años veinte, una presa construida para guardar un torrente vio desaparecer el agua en pocos días. La explicación está en el relieve kárstico de Benaoján: el mismo terreno que abre sumideros conduce el río Gaduares desde Hundidero hasta la Cueva del Gato.
El valle de Benaoján queda enmarcado por laderas y sierras. El relieve que rodea el núcleo forma parte del paisaje kárstico del municipio.
En la entrada de la garganta de Hundidero, el agua debía quedar retenida tras una presa. Pero el fondo del embalse tenía otras salidas: en pocos días, el torrente se perdía por sumideros abiertos en el terreno. La obra, construida en los años veinte con la intención de embalsar el agua, encontró un obstáculo que no se veía como una pared ni como una corriente: la permeabilidad de la sierra.
La escena pertenece a un paisaje de contrastes. Benaoján se extiende entre sierras y cerros kársticos, con gargantas, cavidades y un río que atraviesa la montaña. Allí, el agua no siempre sigue el camino que la superficie parece ofrecerle. Para entender por qué la presa no consiguió retenerla, hay que mirar primero el terreno que sostenía sus aguas.
La presa frente a la garganta de Hundidero
La presa se levantó en la entrada de la garganta por la que circula el río Gaduares, también llamado Campobuche. El propósito era sencillo: aprovechar el torrente y formar un embalse. Sin embargo, cuando el agua se acumulaba, encontraba sumideros en el fondo y desaparecía a los pocos días. El problema no era que faltara una barrera en la garganta, sino que el agua podía escapar por debajo de ella.
En un relieve kárstico, las aberturas del terreno dan al agua rutas que no se distinguen a primera vista. El agua que se derrama sobre un suelo continuo puede quedarse en una depresión; en un sustrato muy permeable, parte se infiltra o se concentra en pasos subterráneos. En Hundidero, los sumideros daban salida al agua del embalse. La presa intentaba detener el torrente en la superficie, mientras la montaña ofrecía una vía de paso bajo ella.
El episodio no necesita una riada extraordinaria para explicarse: la propia estructura del terreno bastaba para frustrar el almacenamiento. El agua desaparecía en días, no porque se hubiera consumido, sino porque se infiltraba por los sumideros. Esa diferencia cambia la imagen de la garganta: no es únicamente un cauce que conduce agua hacia abajo, sino la entrada a una red que atraviesa la sierra.
Calizas, dolomías y mármoles bajo Benaoján
El relieve local tiene un sustrato concreto. En su clasificación del término municipal, el estudio geotécnico atribuye el 78,44 % a calizas, dolomías y mármoles. Son formaciones carbonatadas y aparecen descritas como muy karstificadas en su conjunto. En menor proporción, la clasificación incluye areniscas, conglomerados y flysch, con un 13,50 %, además de arenas finas y limos, con un 2,23 %. Estas cifras describen el municipio, no la roca exacta de cada cavidad o construcción.
La palabra «karst» ayuda a leer el paisaje: habla de un terreno en el que el agua se infiltra y puede circular por huecos y conductos. Los sumideros de Hundidero son una señal visible de esa circulación subterránea. La ficha geotécnica también recoge hundimientos kársticos actuales o potenciales en formaciones carbonatadas. A escala del pueblo y sus sierras, la roca no es solo un fondo firme: organiza las rutas del agua y ayuda a explicar por qué una presa podía llenarse y vaciarse sin que el torrente abandonara su camino.
El terreno municipal tampoco es una superficie uniforme. El Palo, su punto más alto, alcanza los 1.400 metros; el relieve, accidentado por las sierras de Líbar y Montalate, contrasta con los valles por los que se desplazan las aguas. Esa diversidad permite entender por qué las cuevas y las gargantas destacan entre los rasgos del lugar. No hace falta atribuir a cada una una historia idéntica: basta seguir el curso documentado del Gaduares para ver cómo el agua aprovecha la permeabilidad de los carbonatos.
Una gran boca se abre en el relieve de Benaoján. Las cavidades del sistema Hundidero-Gato permiten seguir el paso del agua bajo la sierra.
De Hundidero a la Cueva del Gato
El recorrido subterráneo tiene dos nombres reconocibles: Hundidero y Cueva del Gato. El río Gaduares o Campobuche entra por la garganta de Hundidero, atraviesa la sierra por la cavidad y reaparece en la Cueva del Gato. Las dos bocas están separadas por unos cuatro kilómetros. El sistema espeleológico Hundidero-Gato cuenta con diez recorridos y una longitud de cuatro kilómetros, una escala que da medida a la ruta que el agua toma bajo el relieve.
La boca de Hundidero se abre al fondo de una garganta de más de cincuenta metros de altura. Desde allí, el río desaparece de la vista durante su paso por la montaña. La Cueva del Gato marca la salida de ese trayecto: la corriente vuelve a mostrarse después del recorrido subterráneo. Las cuevas no son, por tanto, puntos aislados en el mapa, sino dos extremos de una conexión que hace comprensible la pérdida del agua en los sumideros.
Para la presa de los años veinte, ese camino invisible fue decisivo. Cada vez que el embalse reunía agua, los sumideros la desviaban hacia el subsuelo. El intento de retener el torrente y el curso del río bajo la sierra se encontraron en el mismo punto: la garganta. La montaña no cerró el paso al agua; lo trasladó de la superficie a una ruta subterránea que vuelve a emerger en el Gato.
La Pileta, otra huella en los cerros kársticos
En los cerros de Benaoján, la Cueva de la Pileta ofrece otra relación entre las cavidades y la vida humana. No forma parte del recorrido del río Gaduares descrito entre Hundidero y el Gato: es otra cueva, conocida por sus pinturas prehistóricas. Las galerías se sitúan a distintos niveles y alcanzan alturas de hasta quince metros; la nave central recorre sesenta. Es un espacio de dimensiones capaces de hacer palpable que el subsuelo local no se reduce a fisuras invisibles.
Las pinturas, atribuidas al Paleolítico superior, representan sobre todo animales. Entre ellos figuran caprinos, caballos, cérvidos, búfalos, bisontes y peces. En 1905, José Bullón, labrador de la zona, descubrió la cueva; W. Verner la dio a conocer y en 1912 se realizó un estudio profundo. Las excavaciones también aportaron restos de cerámica y un colgante de unos seis centímetros que representa de forma esquemática una figura femenina.
La Pileta hace visible otra clase de persistencia. Los habitantes prehistóricos dejaron imágenes en las paredes de una cavidad, mientras el relieve kárstico conserva galerías y accesos en los cerros. Las pinturas no explican por sí mismas cómo se formó cada espacio; sí muestran que las cuevas de Benaoján fueron lugares importantes para las personas mucho antes de que la presa intentara aprovechar las aguas de la garganta. El agua y la ocupación humana aparecen en etapas distintas, unidas por el paisaje de cavidades.
Los valles que ya usaban los primeros pobladores
La historia humana del término se remonta mucho más atrás que las pinturas de la Pileta. Las primeras evidencias de poblamiento se sitúan hace unos 250.000 años. Grupos de Homo heidelbergensis utilizaban los valles transversales de la Sierra Bética para desplazarse entre las costas y el interior de Andalucía; más tarde, estas sierras fueron pobladas por neandertales. El paisaje de valles y montañas era parte de un corredor entre regiones, no solo el escenario de las cavidades.
Hace unos 27.000 años llegó Homo sapiens, que habitó la Cueva de la Pileta durante más de 20.000 años y dejó cientos de representaciones pictóricas. Mucho después, al terminar la última glaciación, hace unos 10.000 años, cambiaron el clima y la fauna de grandes mamíferos de estas tierras; también cambiaron los modos de vida humanos. De ese periodo se conservan restos en la Cueva del Gato. Las cavidades enlazan así distintos momentos de presencia humana, aunque cada huella pertenece a su propio tiempo.
El agua siguió su camino bajo la sierra
La presa de Hundidero se enfrentó a una dificultad precisa: el agua que pretendía retener encontraba sumideros y desaparecía en pocos días. El embalse no consiguió imponerse a esa circulación subterránea. El río, en cambio, tenía un paso a través de la sierra y reaparecía por la Cueva del Gato, a cuatro kilómetros de la entrada de Hundidero. Ese es el resultado que permanece en la historia del lugar: la presa no detuvo el recorrido del agua.
En Benaoján, una garganta conduce la mirada hasta una abertura y luego obliga a imaginar el tramo oculto. La roca carbonatada, los sumideros y las dos bocas explican lo que la presa encontró: bajo la superficie, el río ya tenía camino.
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